Do de pecho

Tenía lo ojos abiertos desde hacía rato. La incertidumbre no le dejaba dormir. Desde hacía años se había acostumbrado a convivir con una perenne precariedad esperanzada que no le impedía descansar, pero de unos meses para acá, un pensamiento oscuro en su cabeza le quitaba el sueño. Era algo que no había conocido hasta entonces. Era el miedo al futuro. Amanecía cuando se encendió la radio. A golpes de cruda realidad, las noticias del informativo matinal, empezaron a echar de la habitación los últimos sueños que aún flotaban en el aire de la noche. Apagó la radio con desgana y poco a poco fue dejando que su cuerpo se estirara como queriendo encontrar los límites de sus extremidades. De la calle llegaba el bullir de la gente. Esperaban en la parada a que llegase un autobús atestado de personas. Desde la cocina, el olor a café recién hecho, le regalaba los ánimos que no tenía para levantarse. Al salir de la ducha se miró al espejo. Mantenía la mueca entrenada de la sonrisa, pero en el fondo de los ojos, entreverando los verdes del iris, se había hecho un hueco la tristeza.

Tomaba el café cuando saltó la alarma del teléfono móvil. Un pedido de cuernos de hojaldre y mantequilla que debía recoger y entregar. Otra vez la mañana arrancaba a golpe de pedal. Desde la semana pasada compartía bicicleta con Cucho. Un compañero ecuatoriano al que conoció en Almagro mientras ayudaba con las luces y cargaba cajas. A Cucho también le alquilaba por horas la licencia de trabajo. A cambio de un porcentaje por la bici y los pedidos, se evitaba estar atado a horarios de reparto más extensos y de paso se engañaba para convencerse de que esta actividad de meses era algo solo excepcional, un paréntesis temporal en su actividad que ya duraba más de lo imaginado.

Al mediodía coincidían en el Café del Faro. En sus primeros días en la ciudad, Tete, había dado trabajo a la mayoría y después de años todavía ejercían la fidelidad del agradecimiento, reuniéndose para hacer algo de gasto. Fue allí donde hace diez días le robaron la bicicleta. Un descuido y cuando quiso echar a correr, el «sprinter» ya iba calle abajo. Regresó sudoroso y con la respiración entrecortada. Arrastraba su sombra como si en esa carrera se le hubieran ido la luz de sus sueños y el sustento de sus esperanzas. Al entrar en el Faro, derrumbándose sobre la barra, dijo en voz alta «mi hanno fregato la bicicleta». Acostumbrados a la adversidad nadie dijo nada. Solo Miguel Ángel, desde el fondo y sin levantar la mirada del libro apuntó «De Sica, 1948. Joya del neo-realismo italiano». Andrés, la eterna joven promesa del teatro clásico, que ante la falta de oportunidades había vuelto a ponerse tras la barra para ayudar a Tete con los cafés, ajustándose la mascarilla dijo declamando como solo él sabía hacerlo…»Ser o no ser, ese es el dilema»…en el Farol se hizo el silencio. Se rumiaba la incerteza triste del ser o el no ser, hecha de angustia y desánimo cruel. Ensimismado en su lectura y ajeno a ello, Miguel Ángel apuntilló «Hamlet, príncipe de Dinamarca, del dramaturgo inglés William Shakespeare». Sobre el recién jubilado cayó una lluvia de servilletas de papel y El Farol se llenó de reproches cariñosos y risas. De pronto Lola, gritó «Danzad malditos, danzad». Rápidamente el espigado Javier sacó del bolsillo su pequeña armónica. Las palmas y la música acompañaban a la bailarina a la que se la unieron Cristina, Beatriz, María José y Lena. Al poco el Farol era un bullicio de alegría. Esperanza, Ivan, Yanire, Ramón y Herminio inmortalizaban el momento con sus miradas y Chucho, Laura, Carolina y Félix con el color de sus trazos. María y su milonga, José Luis, Elena, Joaquín, Luis, Mar, Germán, Isabel y Ángel, Susana, Carlos, Marta, Toñi y Pablo, Azucena, Pacho, María y Daniel con todo su equipo… todas y todos, tras sus mascarillas, cantaban y bailaban alegres queriendo rechazar la inactividad y el olvido.

Sin embargo, él solo pensaba en su bicicleta, en su casero y en la cuenta abierta y sin pagar desde hacía semanas, en la tienda de Luis. Tete se acercó a él y como si pudiera leerle el pensamiento, con su hablar dulce del sur le dijo «Recuerda que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor…y más culta, añadió». Junto a la taza de café dejó un billete de 50€…. «pibe, tómelo que ya me lo devolverá…peleen por lo suyo, la gente les necesita» y añadió, «hable con Cucho».

Al día siguiente, ya en casa, del altillo del armario bajó la maleta. La misma que le había acompañado durante tantos kilómetros de ciudad en ciudad. La abrió y poco a poco la fue llenando de rabia, incertidumbre y miedo pero también de sonrisas y de amor. Bajó al metro y allí, bajo tierra y rodeado por una muchedumbre de gente trabajadora que se dirigía a sus tareas, agarrado a su maleta, lloró. Y entre lágrimas y como si ese fuera el único antídoto contra la tristeza, abriendo su maleta y mostrando una intensa tela roja, empezó a cantar…

«Soñar, lo imposible soñar.
Vencer al invicto rival.
Sufrir el dolor insufrible.
Morir por un noble ideal.
Saber enmendar el error.
Amar con pureza y bondad.
Creer en un sueño imposible,
con fe una estrella alcanzar.
Ese es mi afán, y lo he de lograr
no me importa el esfuerzo, no importa el lugar
Saldré a combatir y mi lema será
‘Defender la virtud, aunque deba el infierno pisar’.
Porque sé que si logro ser fiel a tan noble ideal,
dormirá mi alma en paz al llegar el instante final.
Luchar por un mundo mejor.
Perseguir lo mejor que hay en ti.
Llegar donde nadie ha llegado
y soñar, soñar…y lo imposible lograr»
Musical «El hombre de la Mancha.Música Mitch Leigh, con letra de Joe Darion

Al terminar se hizo el silencio. Un círculo de personas le rodeaban. Paró un tren pero casi nadie subió. Alguien se acercó y dejó una moneda sobre la tela roja, siguieron algunas personas más. Él, agachó la cabeza y poniendo la mano en el corazón dijo GRACIAS. Alguien detrás de la mascarilla gritó «VIVA la VIDA. VIVA la CULTURA».

Desde entonces, cada día después de dejar El Farol, toma la maleta, su tela roja y como no hay otra, sale a la calle a ganarse el sustento cantando. La gente que pasa y le mira piensa, «Qué regalo. Qué bonito canta…» y a veces con la emoción en un puño, dejan una moneda. Él siempre da las GRACIAS con la mano en el corazón. En su nombre y en el de sus compañeras y compañeros que no pueden trabajar y necesitan hacerlo para poder vivir. En nombre del gran Tete. De Luis, su generoso tendero. Y lo agradece también en nombre de su casero, pues gracias a que él aún puede salir a la calle a compartir el regalo de su voz y su repertorio, gracias la ayuda de tantas personas que aman la cultura, todavía puede pagar el alquiler de su casa a fin de mes. Aunque a veces por la noche, cuando no puede dormir y recita párrafos enteros de las obras representadas se pregunta ¿Por cuánto tiempo?

Alfredo Jaso

Foto: Benedyk Geyer