Y yo con estos pelos

 

Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces nos vemos una vez al mes. Hablamos. Me escucha con paciencia y arregla los desvaríos de mi cabeza. No le pido milagros, solo que ponga orden en ella, que eso es ya mucho. Por si no lo saben, desde bien pronto empecé a pelearme contra mi propia naturaleza. Intentaron una y mil veces alisar el empeño de rebeldía sin causa. Hasta que un día me miré al espejo y comprendí que por mucho que nos empeñemos en estar siendo, hay que asumir la verdad de lo que somos. En eso Luisa siempre me dio la razón y nunca se puso en contra de mis remolinos. «Lo mejor es no pelearse con uno mismo. Fluir, dejar que el pelo siga su natural condición sin forzarlo y poco a poco ir comprendiéndolo hasta sacar virtud de ello». Luisa siempre destacó por su natural inteligencia y un don especial para manejar cabellos, peines y tijeras. Siempre se ha considerado una artista, efímera, pero artista. Acabados sus estudios obligatorios, se dejó un dinero que en su casa no sobraba, en una academia donde habrían de pulir su oficio. Allí acudía mucha gente a cortarse el pelo a un precio casi simbólico a riesgo de salir trasquilado. Pero eso a Luisa nunca le pasó, es más, aquello le sirvió para hacerse con una clientela que atendía a domicilio y ganarse un dinero con el que ayudar en casa. Sin embargo aquel dinero que entraba limpio pero se volvía negro, no le gustaba. Ella tenía otros sueños y otros compromisos. Quería tener su propio salón. Dar trabajo a algunas buenas compañeras y pagar sus impuestos, que como ella le gusta decir: «para eso están, verdad. Para que con el trabajo de todas y todos mejoren las cosas». Así es Luisa: una buena profesional de lo suyo y comprometida con lo de todas y todos y por eso, después de 7 años, sigo acudiendo a su salón a cortarme el pelo.

Durante estos 7 años de conversación y tijera, he asistido a la consolidación de su actividad profesional. He pasado por tiempos en los que se tenía que pedir cita con muchos días de antelación y en el salón había hasta 4 personas contratadas trabajando a pleno rendimiento, hasta estos de ahora, de penurias y duras incertidumbres. A Luisa es difícil borrarle la sonrisa de la boca. Ni la crisis, esta última que vino para quedarse lo ha conseguido. Conociéndolo o no, desde el comienzo hizo suyo ese dicho chino que recomienda a «quien no sepa sonreír que no abra una tienda». Nunca he visto a Luisa tan feliz, ni tan orgullosa de su éxito como en esos días. Sus redes sociales estaban llenas de fotos de su equipo de trabajo. «Estoy dando trabajo a 4 personas», me decía emocionada. Sin saberlo Luisa era una emprendedora, quizá por eso cuando empezó la gente dejó de arreglarse se aferró al negocio y como no le faltaba visión de futuro, invirtió en una máquina de Rayos Uva y otro de laser de diodos para la depilación. Al principio no le fue mal y parecía que con lo ganado se podría amortizar la inversión pero la apertura de varias franquicias de grandes centros de Depilación y Rayos terminaron por crear la tormenta perfecta y todo fueron pérdidas. Luego lo vio claro, sin que hubiera llegado aún Rosalía ni se le esperase, se dijo, vamos a trabajar la manicura. Y contrató a una especialista en el asunto. Al principio con lo ganado pagaba los seguros sociales y alguna clienta se quedaba para hacer el pelo, pero enseguida llegaron los anuncios de las «Nails» y recortaron su visión de negocio. Luisa me decía: «si yo le veo claro, pero no puedo con esa competencia tan desigual y lo peor es que tengo que aguantar al listo de mi cuñao, que no ha dado un palo al agua en su vida y me dice muy ufano…es el mercado y la globalización cuñada».

De un tiempo a esta parte Luisa no es la misma. Salvo una chica que le ayuda los viernes y sábados, está sola. Ya no sonríe y cuando me acerco a su salón solo escucho su queja. «Viene la gente y me pregunta que cuánto cobro por un corte o un tinte. Así como en los tiempos de mi abuelo, cuando «El corte de París» era la única tienda de precio fijo, el resto al regateo. Les enseño el panel de precios y me sueltan, más abajo me lo arreglan por 7€. Y yo les digo pero a usted le lavan la cabeza, le dan un café mientras espera. El tinte es de calidad y ecológico. Se toman su tiempo para hacer bien su trabajo…y sabes que me responden…7€ y se van.» Ella sabe que no son buenos tiempos para nadie y menos para quien quiere hacer bien su trabajo y vivir con dignidad de ello, por eso resuelve: «Me quedan dos opciones: la primera, competir por precio, bajando la calidad. Cobrar menos por hacer peor mi trabajo. La otra mantener un precio justo y seguir perdiendo clientes y clientas a sabiendas de que con  los más fieles no saco, ni para pagar los impuestos y las dos, como los mandamientos, se resumen en una: llegar a casa triste y derrotada». Y se le nota en la cara y en el animo. Las ojeras ya no se esconden bajo su sonrisa. Están ahí como la muestra de su compromiso con fe y nunca mejor dicho. Al fin y al cabo la fe es la confianza mantenida en algo que difícilmente se puede sostener. Por eso, cuando me pregunta con ingenua resignación que qué ha hecho mal. Me dan ganas de decirle, pregúntale a tu cuñado, ese que no ha templado un tirante en su vida y verás lo que te dice…»es el mercado y la globalización cuñada». Pero yo me calló, porque decirle eso me parece injusto con su tesón y cruel con su laboriosa verdad. Por eso enjugando una tímida lagrima de su rostro le digo lo que siento, Luisa, tú no lo has hecho mal y me responde…»pues eso creo yo. Lo he dado todo para mantener mi sueño en pie. Por darle una oportunidad a otras mujeres, que como yo necesitaban trabajar. He invertido lo ganado y cuando se me acabó, me he endeudado. Me he reinventado, reciclado, ajustado gastos sin perder la calidad de mi trabajo…y cada día llego a casa triste y derrotada. De mal humor, sin ganas de nada ¿Tendré que volver a trabajar en casa y en negro como cuando empecé?»  y entonces desde la cómoda vanidad del observador pienso que el mal de la precarización no es solo una enfermedad sistémica de origen económico, si no que es un mal, un cáncer que permeabiliza el humus social empobreciéndolo, desarraigándolo de valores sencillos que son fundamentales para la convivencia como la confianza y la alegría responsable y termino por creer que quizá ninguna de nosotras y nosotros tengamos soluciones para Luisa, pero sin duda, todas y todos tenemos nuestra parte de responsabilidad.

Luisa siempre se ha sentido una artista, efímera y por los pelos, pero una artista. Por qué no, dice ella. «Quizá con mi arte no cambie el mundo, pero yo puedo cambiar el día de muchas personas…y que no me digan a mi que eso no es compromiso con mi arte y el mundo». Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces y una vez al mes, ella se encarga de cambiar mi día.

 

Alfredo Jaso

Foto: AW Cretive