Un tipo del montón

El frágil vuelo de una voluta de humo delata su presencia en el balcón del cuarto piso. La pavesa del cigarro se enciende cada vez que una bocanada de humo llena sus pulmones. La ceniza, empujada por su dedo meñique, cae desde lo alto deshaciéndose en el aire. A la tercera bocanada como siempre le da la tos. Una tos ronca, seca, como de animal herido. Su pierna izquierda, en un movimiento nervioso y constante, no deja de moverse empujada por la punta de su pie. Estas horas de la tarde son las que peor lleva. Se le hacen eternas hasta que llegan las ocho y los balcones se llenan de gente. Por la mañana entre informarse de la actualidad con las «noticias del guasap», controlar las idas y venidas de los vecinos, mirar como barre la calle la portera del edificio de enfrente y la bulla de los avioncitos de los del tercero, se le va el tiempo. Luego llegan las risas de la hora del vermú virtual con los cuñados y enseguida la hora de comer. Una faria y un Fundador le abren el camino a la siesta. Una hora de reloj. Desde lo de los sellos no duerme bien. Aunque él no tuvo la culpa, le pesa en la conciencia haber dejado a toda ese gente que confió en él sin sus ahorros. Quizá por eso siempre se levanta de mal humor. Se atusa el pelo que le queda y se dirige al frigorífico. Allí se toma un vaso de agua helada, es su forma de quitarle las telarañas al sueño y la acedía a su mal humor. De la cocina se va al balcón. Enciende un pitillo y tose. Esa tos llama la atención de la niña del edificio de enfrente que juega con los aviones de colores. Él la saluda intentando ser amable, pero el gesto se le queda en una mueca tosca que la niña no comprende. «Hay que ver la que forman los vecinos con los avioncitos. Muchas palabras bonitas pero luego en cuanto suena el que «Viva España» se meten para dentro. Se conoce que a los especialitos les molesta que cante». Dolores, su mujer, que hasta ahora no le ha hecho mucho caso, le responde desde el salón «es que uno de ellos es catalán, como el médico del ático». Manuel asiente con la cabeza mientras el humo del cigarro se enreda entre su cabeza como oscureciendo sus ideas. «Menuda panda. Recuerdo cuando en este barrio vivía gente decente. Mira, ahí sale la loca de la mujer del vecino. Será boba, lleva una bolsa para disimular, pero ya es la cuarta vez que sale hoy. Parece que le molesta estar en casa. No me extraña que su marido luego se enfade con ella. Si es que va como ida, esa no está bien de la cabeza. Lola, tráeme el teléfono que la voy a grabar y luego se lo mandamos a tu cuñado a ver si le deja un recadito. Menuda panda de irresponsables. Cómo el médico del ático. ¿No podía irse a dormir a un hotel medicalizado? No, el héroe tiene que traernos los virus aquí y poner en riesgo la vida de todos. Ya he hablado con el presidente de la comunidad y hemos acordado poner un cartelito en la puerta de su casa recordándoselo, a ver si entra en razón.» Y llenando su pulmones con una puya de nicotina, parece que también se llena de razones en su injusta sinrazón. Mira su reloj. Ya queda poco para las ocho. La gente comienza a salir a los balcones. Los saludos van de un edificio a otro. Hay quien agita banderas. Los vecinos de abajo saludan a la niña que les muestra sus aviones de colores. Suena una canción que se ha convertido en un himno común de resistencia. Todas y todos aplauden. La emoción resuena en el aire como un aplauso común. Del edificio de enfrente unos jóvenes melenudos gritan «la sanidad no se vende, se defiende» y desde el balcón de enfrente hay gente que les abuchea. Él mira a Dolores y niega con la cabeza y les grita «perroflautas, que esto es una fiesta, no un mitin». De pronto, empieza a sonar la voz de coral de Manolo Escobar «Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació mi España, la tierra del amor…» él canta con todo el fuelle que le dan sus precarios pulmones. Su voz se vuelve ronca por la falta de resuello y por la emoción. Los vecinos de abajo se meten en casa. Él les señala con su dedo índice y Dolores echándole un brazo por encima de los hombros, le dice «Manuel, no les hagas caso, son unos separatistas y van a lo suyo. No ves que son especialitos y artistas…», mientras con el brazo libre agita una banderola roja y gualda de la selección de fútbol. Aquella del campeonato de Sudáfrica. La sesión termina con otro aplauso por toda esa gente que lo está dando todo por nuestra salud. Cada día y sin poderlo evitar, Manuel se emociona y termina llorando. Se abraza a Dolores y luego todavía emocionados, llaman a su hija Carmen, que lleva tres años trabajando en Londres. Él solo saluda, pregunta por la salud y por si necesita dinero y enviando un beso se despide de ella. Sale al balcón y enciende un cigarro. Aspira cada calada como si supiera que pudiera ser la última y deja que con el humo se vayan sus pesadumbres. En la calle, el vecino pasea con su perro. «Mucho sacáis al perrito para lo pequeño que es…» y entre labios musita una palabra que a estas alturas afea más a quien la dice que a quien la recibe. El vecino le ignora, finge no escucharle y Manuel se siente más ofendido que si le hubiese devuelto el «insulto». Sin haberlo apurado hasta el final pone la colilla entre sus dedos corazón y pulgar y la lanza al vació. Al caer, el cigarro va dejando una estela de estrellas rojas que Manuel no ve. Después de la cena un poco de televisión y en el sofá, la pelea diaria de Dolores contra el sueño. Él también termina rendido hasta que la apnea le saca del duermevela. Vamos a la cama le dice a Dolores. Bajo las sábanas Manuel no puede dormir y da vueltas. Carmen, le oye y le pregunta «¿No duermes? Manu, déjalo ya. No le des más vueltas, tú no tuviste la culpa». Pero él no la escucha. Solo presta atención al leve silbido de sus pulmones. Está asustado, le duele el pecho y en la cama parece que le cuesta respirar. «A ver si ha sido el médico que nos ha traído el bicho hasta el bloque» piensa. El miedo es la llave que abre el camino de la sinrazón. Levanta muros infranqueables y derriba barreras para la razón. Donde entra la oscuridad del miedo se apaga la luz del respeto y la llama del amor a la vida. El miedo a Manuel le come el sueño y no le deja cerrar los ojos. Le asusta acabar en el hospital y ya no salir de allí.

 

Alfredo Jaso

Foto: Abhishek Koli