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Heroes

 

 

Relajado tras la excitación de la entrega, su cuerpo está bañado en sudor. Se siente empapado en un mar de sensaciones encontradas. Sabe que ha dado todo de si mismo pero le vence la duda de si pudo hacerlo mejor. La satisfacción le inunda el corazón pero el cansancio le puede al deseo y una sensación de tristeza le baña el ánimo. Desnudo de cuerpo y alma se acerca a la ducha. Se queda un minuto sintiendo la caricia del agua caliente rozando su cuerpo. Por el desagüe se van las incertidumbres y sus miserias de hombre corriente. Cierra los ojos y aunque quisiera respirar profundo le asusta la libertad de  llenarse los pulmones de aire. A la oscuridad de sus ojos cerrados, se enfrenta el recuerdo clavado en el corazón de los ojos abiertos de Felisa. El miedo consentido de una mirada aceptando el adiós en soledad. Su mano fría implorando el roce de la despedida. La caricia cercana de un extraño que sabe que ya no puede hacer más por salvar su vida. Entonces, él baja la cabeza para que sus lágrimas se confundan con el agua caliente de la ducha. Llora como un niño, dejando que el hipo le atragante la angustia. Se viste lentamente, parece que le cuesta abandonar la UCI y dejar a los enfermos en manos de un destino contra el que no puede pelear. Sale a la calle un poco antes de las ocho. Sus colegas esperan a la entrada del hospital para devolver el reconocimiento de los aplausos. Es un momento emocionante que compensa el esfuerzo de 12 horas, pero no el abandono de años. Algunas compañeras lloran la emoción y la rabia. Otros, manteniendo la distancia, se buscan en los ojos y se abrazan con la mirada. Hace ocho años que trabaja en la UCI. Durante este tiempo siempre ha hecho su trabajo poniendo lo mejor de él mismo pese a que como ahora, no siempre los recursos fueron suficientes. Se despide con un animoso hasta mañana, sabiendo que solo un contagio podrá evitar que regrese a enfrentarse con la enfermedad. Vuelve a casa caminando. Sus pasos son pesados y lentos. En cada uno va dejando un recuerdo, una imagen y  un dolor que le aprieta el corazón. No puede tocarse la cara y deja que las lágrimas le corran por la cara. Como si la distancia le alejara del sufrimiento y se liberara de un peso insoportable, a medida que se aleja del hospital se siente más ligero y camina más deprisa. Paso a paso va dejando atrás la tristeza y comienza a pensar en las personas que han podido volver a respirar. Piensa en la emoción de su reencuentro con la vida. En su mirada sorprendida, como diciendo, estoy de vuelta. Aunque lleva ocho años dándolo todo, en este tiempo siente el calor de su agradecimiento como la energía que les impulsa a seguir dándolo todo. La gente aún celebra en los balcones. Piensa en si se acordarán de ellos cuando todo pase. Recuerda a sus padres, que llevan con la tienda cerrada dos meses y con el género echado a perder. En quienes tienen que seguir trabajando cada día pese al miedo y las dificultades. En los que queriendo, no tienen en qué trabajar y se agarran con miedo a un mañana como única vana esperanza. La gente canta queriendo creer que así espantan a un mal que a nadie respeta.  A veces, algunos le gritan o le escupen desde los balcones. Le amenazan por estar por la calle. Los primeros días enseñaba el pase del Hospital, pero ya ni siquiera se molesta. Un coche patrulla se acerca y se detiene a su lado. Ya le conocen. La agente le saluda con seriedad. Su compañero le explica que otra vez han recibido un reporte y le piden disculpas. Entre ellos hay una extraña camaradería fraterna, como la que sienten quienes están en la primera línea de batalla. Se despiden y cada uno sigue su camino. Al llegar a su casa se encuentra con la portera del edificio de enfrente recogiendo los cubos de basura y el vecino del tercero que está paseando a su perro Sultán. «Bona nit» le dice. «Moltes gràcies Jordi». No tiene muchas ganas de hablar y el médico responde asintiendo con la cabeza. Está deseando llegar a casa y volverse a duchar. Es como si todavía llevara pegado al cuerpo cada silencio de la UCI. Entra en el ascensor y con la llave aprieta el número ocho. Durante el tiempo que dura la subida mantiene la respiración. La puerta se abre. Su vivienda está justo enfrente del ascensor. Al salir se encuentra con dos folios pegados sobre la madera blindada de la puerta. El primero es de la comunidad, en él se le advierte de que por el bien de la salud de todos, se vaya a dormir a un hotel para sanitarios. El otro es un ofrecimiento de sus vecinos. Le dicen que si necesita algo, solo tiene que pedirlo y le dan la gracias por su trabajo. «Estamos orgullosos de tener en casa un héroe» es el final de la carta. Al salir de la ducha, le cae sobre el cuerpo todo el cansancio del día. Mientras preparada la cena piensa «Qué país de locos, unidos en el frente de la adversidad, y luego siempre un bando buscando el imponerse al contrario en lo sencillo y cotidiano». Está deseando llamar a casa. Montse está embarazada de 7 meses. Dos días antes de comenzar el confinamiento decidieron que lo mejor era que ella se fuera a Lleida a casa de su madre. Tiene que tomar fuerzas, no puede permitirse el lujo del alivió y la lágrima. Ni si tan siquiera el desahogo de la ira. Montse es una mujer alegre y tranquila. Hablar con ella es como un bálsamo entre tanta herida. Al final del día, tomando su cena fría, mira fijamente la televisión. La ve sin querer prestarle atención. Señores serios de corbata negra protestan doliéndose de España y sus muertos, como si hubieran perdido la memoria y ahora en ello les fuese la vida. El gesto preocupado de un ministro desarbolado que enfrenta sus errores ante lo inesperado, lo mejor que puede. La cara adusta de los que lo niegan todo para no ofrecer nada y los que ofreciendo casi nada, quieren sacar su rédito de todo. Datos y más datos que a él, que los enfrenta cada día, en la voz del periodista suenan fríos como su cena. Más allá, un debate tabernario donde todas y todos hablan al dictado como si tuvieran fáciles remedios, rápidas culpas, sencillas excusas y complejas soluciones y luego una gente encerrada en una isla que como en una distopía futura, lucha por sobrevivir. Jordí apaga la televisión y dice en voz alta «qué país complejo y maravilloso»… Piensa en Montse, en su sonrisa y en que ojalá su hija traiga su mismo ánimo, porque para lo que viene harán falta alegría, respeto, responsabilidad, honestidad y mucha generosidad para afrontar los tiempos difíciles. Tumbado sobre la cama, el sueño le va venciendo. De pronto en su duermevela, entre sus sueños atropellados, aparece la mirada de Felisa. Ahora es ella quien le roza la mano y sin saberlo explicar puede escuchar su voz como si estuviera a su lado. Él es una persona racional, sin embargo una liberación relaja el latido de su pecho al escuchar entre sueños como ella le dice: GRACIAS Héroe.

 

Alfredo Jaso

Foto: Daniel Squibb

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Un tipo del montón

El frágil vuelo de una voluta de humo delata su presencia en el balcón del cuarto piso. La pavesa del cigarro se enciende cada vez que una bocanada de humo llena sus pulmones. La ceniza, empujada por su dedo meñique, cae desde lo alto deshaciéndose en el aire. A la tercera bocanada como siempre le da la tos. Una tos ronca, seca, como de animal herido. Su pierna izquierda, en un movimiento nervioso y constante, no deja de moverse empujada por la punta de su pie. Estas horas de la tarde son las que peor lleva. Se le hacen eternas hasta que llegan las ocho y los balcones se llenan de gente. Por la mañana entre informarse de la actualidad con las «noticias del guasap», controlar las idas y venidas de los vecinos, mirar como barre la calle la portera del edificio de enfrente y la bulla de los avioncitos de los del tercero, se le va el tiempo. Luego llegan las risas de la hora del vermú virtual con los cuñados y enseguida la hora de comer. Una faria y un Fundador le abren el camino a la siesta. Una hora de reloj. Desde lo de los sellos no duerme bien. Aunque él no tuvo la culpa, le pesa en la conciencia haber dejado a toda ese gente que confió en él sin sus ahorros. Quizá por eso siempre se levanta de mal humor. Se atusa el pelo que le queda y se dirige al frigorífico. Allí se toma un vaso de agua helada, es su forma de quitarle las telarañas al sueño y la acedía a su mal humor. De la cocina se va al balcón. Enciende un pitillo y tose. Esa tos llama la atención de la niña del edificio de enfrente que juega con los aviones de colores. Él la saluda intentando ser amable, pero el gesto se le queda en una mueca tosca que la niña no comprende. «Hay que ver la que forman los vecinos con los avioncitos. Muchas palabras bonitas pero luego en cuanto suena el que «Viva España» se meten para dentro. Se conoce que a los especialitos les molesta que cante». Dolores, su mujer, que hasta ahora no le ha hecho mucho caso, le responde desde el salón «es que uno de ellos es catalán, como el médico del ático». Manuel asiente con la cabeza mientras el humo del cigarro se enreda entre su cabeza como oscureciendo sus ideas. «Menuda panda. Recuerdo cuando en este barrio vivía gente decente. Mira, ahí sale la loca de la mujer del vecino. Será boba, lleva una bolsa para disimular, pero ya es la cuarta vez que sale hoy. Parece que le molesta estar en casa. No me extraña que su marido luego se enfade con ella. Si es que va como ida, esa no está bien de la cabeza. Lola, tráeme el teléfono que la voy a grabar y luego se lo mandamos a tu cuñado a ver si le deja un recadito. Menuda panda de irresponsables. Cómo el médico del ático. ¿No podía irse a dormir a un hotel medicalizado? No, el héroe tiene que traernos los virus aquí y poner en riesgo la vida de todos. Ya he hablado con el presidente de la comunidad y hemos acordado poner un cartelito en la puerta de su casa recordándoselo, a ver si entra en razón.» Y llenando su pulmones con una puya de nicotina, parece que también se llena de razones en su injusta sinrazón. Mira su reloj. Ya queda poco para las ocho. La gente comienza a salir a los balcones. Los saludos van de un edificio a otro. Hay quien agita banderas. Los vecinos de abajo saludan a la niña que les muestra sus aviones de colores. Suena una canción que se ha convertido en un himno común de resistencia. Todas y todos aplauden. La emoción resuena en el aire como un aplauso común. Del edificio de enfrente unos jóvenes melenudos gritan «la sanidad no se vende, se defiende» y desde el balcón de enfrente hay gente que les abuchea. Él mira a Dolores y niega con la cabeza y les grita «perroflautas, que esto es una fiesta, no un mitin». De pronto, empieza a sonar la voz de coral de Manolo Escobar «Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació mi España, la tierra del amor…» él canta con todo el fuelle que le dan sus precarios pulmones. Su voz se vuelve ronca por la falta de resuello y por la emoción. Los vecinos de abajo se meten en casa. Él les señala con su dedo índice y Dolores echándole un brazo por encima de los hombros, le dice «Manuel, no les hagas caso, son unos separatistas y van a lo suyo. No ves que son especialitos y artistas…», mientras con el brazo libre agita una banderola roja y gualda de la selección de fútbol. Aquella del campeonato de Sudáfrica. La sesión termina con otro aplauso por toda esa gente que lo está dando todo por nuestra salud. Cada día y sin poderlo evitar, Manuel se emociona y termina llorando. Se abraza a Dolores y luego todavía emocionados, llaman a su hija Carmen, que lleva tres años trabajando en Londres. Él solo saluda, pregunta por la salud y por si necesita dinero y enviando un beso se despide de ella. Sale al balcón y enciende un cigarro. Aspira cada calada como si supiera que pudiera ser la última y deja que con el humo se vayan sus pesadumbres. En la calle, el vecino pasea con su perro. «Mucho sacáis al perrito para lo pequeño que es…» y entre labios musita una palabra que a estas alturas afea más a quien la dice que a quien la recibe. El vecino le ignora, finge no escucharle y Manuel se siente más ofendido que si le hubiese devuelto el «insulto». Sin haberlo apurado hasta el final pone la colilla entre sus dedos corazón y pulgar y la lanza al vació. Al caer, el cigarro va dejando una estela de estrellas rojas que Manuel no ve. Después de la cena un poco de televisión y en el sofá, la pelea diaria de Dolores contra el sueño. Él también termina rendido hasta que la apnea le saca del duermevela. Vamos a la cama le dice a Dolores. Bajo las sábanas Manuel no puede dormir y da vueltas. Carmen, le oye y le pregunta «¿No duermes? Manu, déjalo ya. No le des más vueltas, tú no tuviste la culpa». Pero él no la escucha. Solo presta atención al leve silbido de sus pulmones. Está asustado, le duele el pecho y en la cama parece que le cuesta respirar. «A ver si ha sido el médico que nos ha traído el bicho hasta el bloque» piensa. El miedo es la llave que abre el camino de la sinrazón. Levanta muros infranqueables y derriba barreras para la razón. Donde entra la oscuridad del miedo se apaga la luz del respeto y la llama del amor a la vida. El miedo a Manuel le come el sueño y no le deja cerrar los ojos. Le asusta acabar en el hospital y ya no salir de allí.

 

Alfredo Jaso

Foto: Abhishek Koli

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Cultura

En Metáfora sabemos que les necesitamos para saber sentir y poder vivir y por eso ahora y como siempre, en Metáfora queremos estar cerca de las personas que trabajan el mundo de la CULTURA. Para ellas y ellos, con pocos recursos y en remoto, pero con todo nuestro respeto, con la colaboración y el trabajo desinteresado de excelentes profesionales, de corazón y con todo nuestro afecto, hemos querido hacerles este este sencillo homenaje que también es un llamamiento en voz alta para quienes deciden y gobiernan y para todas y todos nosotros, para que cuando salgamos a la calle, también les apoyemos y les tengamos presentes. En Metáfora sabemos que la CULTURA es lo que queda tras la mirada asombrada. Es el eco que resuena tras una pregunta que busca respuesta. Es el paso valiente dado en un camino jamás hollado. La CULTURA es la brújula de lo que somos, esa que nos ayuda a intentar comprender el mundo en que vivimos. Pero además de un universo brillante de creadores y artistas, la CULTURA es una industria formada por trabajadores y trabajadoras de diferentes ámbitos que en estos momentos, como todas y todos nosotros, también sufre, sola y desasistida, el embate de una pandemia que arrasa con vidas y proyectos. Por ellas y ellas y para siempre.
https://vimeo.com/407965076

 

BSO: latido de corazón
A ellas y ellos
artistas, creadores, creativas, gestores
trabajadores y trabajadoras de la cultura
por entregarnos ahora y siempre
vuestra creatividad, vuestro talento,
vuestro esfuerzo y vuestro trabajo
Desvanece texto y centrado en grande
GRACIAS.
Audio: Entra BSO (música)
«Porque late al ritmo de nuestro corazón
y está tan pegada a nuestra piel
a veces nos olvidamos de que la cultura
es la brújula de lo que somos
y que la necesitamos para saber sentir
y poder vivir…
Lo vemos estos días en los balcones.
Navegando por las redes sociales.
En las casas donde las personas leen, piensan,
escriben, recitan,
pintan,
bailan,
cantan
y se emocionan…
porque todo eso que necesitamos
como la brújula de lo que somos
que está en el aire que respiramos
rozándonos la piel,
tocándonos el corazón
ayudándonos a saber sentir y poder vivir,
eso que forma parte de todas y todos nosotros,
no lo olvidemos nunca
es nuestra CULTURA»
Alfredo Jaso
Foto: Luke Insoll
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Confinados

En su casa huele a tomillo y lavanda. Se escuchan viejas canciones y se oyen antiguas palabras. El tiempo parece detenido en un reloj que rompe el silencio cada sesenta minutos. Es el aviso de que el día se va doblando la esquina de las horas. Acurrucada en la cama aprovecha el calor de la noche entre las sábanas para estirar el descanso. Hace tiempo que no sueña, quizá porque sus días están llenos de recuerdos. Lleva ya rato despierta. Despacio, sin prisas, se pone en pie y se dirige al baño. La radio la acompaña mientras desayuna. No le hace mucho caso, especialmente a las noticias, le cansan tantas cifras y malas noticias hablando siempre de lo mismo, pero cuando suena una canción de su época, enseguida la tararea. Un café descafeinado con leche y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada le dan fuerzas y alegría para empezar la jornada. Cada mañana temprano viene el panadero y le deja el pan en una bolsa, así tiene siempre pan fresco. El panadero es un buen muchacho. Luego retira un trapo que cubre la jaula de Pichí su canario, un timbrado español que salta de una barra a otra en cuanto ve que ella se le acerca. Lo trajo a casa Manuel, su marido, hace 8 años. A ella no le hizo mucha gracia, tenía siempre miedo a que se escapase. Así es el amor, decía Manuel, que necesita de barrotes para que no salga volando. Cuando él murió a ella le tocó limpiar su jaula cada mañana y descubrió que no hay que temerle a nada y que los barrotes no son buenos para nadie, tampoco para Pichí. A veces le gustaría dejarle volar, pero piensa en qué haría el pobre, solo, sin su alpiste y su pluma de calamar para afilar su pico. Ahora ella sabe como se siente Pichí. Encerrada en casa sin poder salir a dar su paseíto, ese que daba cada día, «atravesando el presente casi disculpándose por no estar ya más lejos». Sin poder tomar el café de media tarde con las amigas. Sin poder abrazar a su nieta. Se acuerda entonces de su padre que estuvo cinco años en la cárcel por las cosas de la guerra. Y así, después de perderse entre recuerdos, deja que el sueño le venza y en un duermevela llega la hora de la visita de su hija. Ella no vive lejos y cada cuatro días se acerca hasta el piso de su madre. Deja una bolsa con alimentos y con los guantes puestos toca el timbre. Al poco sale a la puerta. Las dos se quedan mirándose como con cara de sorpresa. Es raro. El cuerpo se les mueve como el de un cachorro que es incapaz de controlar sus impulsos ante una alegría breve e intensa. Se ríen y lloran a la vez. Disimuladamente se miran como escudriñando si ha habido algún cambio. Al poco se despiden y su vida queda detrás de esa puerta que se cierra con dos llaves y un cerrojo. Su mundo se ha ido haciendo pequeño. De la cama a la mesa, de la mesa a la silla, de la silla a la ventana, de la ventana al sillón y así hasta que el reloj suena dos veces y marca su hora de comer. Entre lo que no come porque no le sienta bien, lo que no prueba por si le sienta mal y su escasa pensión se ha acostumbrado a comer de forma muy frugal, eso si, siempre de postre una naranja. Recoge la cocina mientras escucha las noticias. Le conmueve el dolor ajeno y le emociona el esfuerzo de tantas y tantos trabajando por el bien de todas y todos. Aunque sabe que ella tiene el tiempo contado le preocupa el futuro que está porvenir. Su hija se ha quedado en paro y su hijo ha tenido que cerrar su pequeña comercio. Por eso le enfada tanto que los que más tienen no den la cara por los que tanto les han hecho ganar. Sinvergüenzas, dice en voz alta, mientras apaga la radio. La siesta no la perdona, es larga y de pijama y cuando se despierta se queda un buen rato bajo la colcha. Hace tiempo que no pone la calefacción por miedo a no poder pagarla, por eso se tapa bien y estando en casa nunca le sobra una rebequita para no pasar frío. Su hijo le dice que la ponga, pero ella responde que solo lo hará cuando ya no aguante más y su resistencia, a fuerza de años, nunca parece tener límite. Cuando se levanta de la siesta, se lava la cara como los gatos y se arregla un poco. Toma el teléfono y llama a su amiga Felisa. Lo hace todas las tardes para preguntar cómo ha llevado el día. Hoy no contesta y eso le preocupa. No quiere pensarlo mucho y por eso se convence de que seguramente, Feli, no hay escuchado su llamada. Cinco minutos antes de la hora se pasa un cepillo por el pelo, se pinta suavemente los labios, toma la jaula de Pichí y le dice, vamos al balcón, toda esa gente lo merece. Sale y le emociona sentir la unión que late en el corazón de las personas. Tira besos por el aire. En el balcón de enfrente está su hija y su nieta y el estirado de su yerno. El vecino del quinto se ha puesto a cantar y después todos aplauden, ella también lo hace. Luego recoge a Pichí, le pone un trapo por encima de su jaula y ella se sienta en el sillón del salón. Abre el álbum de fotos, las roza con la yema de sus dedos, dejando en cada una de ellas el peso del cariño.. Empieza la ronda de llamadas. Su hija, su hijo, su nieta y su nieto. Su cuñada Carmen y su sobrina Luisa. A todas les dice que está bien, que no se preocupen. Sin poderlo evitar, al colgar la última llamada, una lágrima recorre las arrugas que el tiempo y la vida le ha regalado. Felisa, no estaba en su balcón. Está asustada y aún queda mucho día.

AJV

Foto: Todd Cravens

 

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Ahora es el tiempo de mañana

Ahora es necesario mantener un aprendizaje positivo de lo que está sucediendo para poder afrontar lo que viene después de la pandemia, ese virus social y económico que desgraciadamente se llevará por delante tantas ilusiones y realidades. Sin embargo en nuestras manos está el conseguir que el resultado de todo este tiempo de reflexión, de acción contenida y de solidaridad plena sirva para una apartar hábitos, modos de trabajar y maneras de relacionarnos basados en el consumo irresponsable, la injusta precariedad, la prepotencia del poderoso, la arrogante ignorancia y la cómoda superficialidad y todas y todos juntos digamos NO a la fea enfermedad social, que sin querer darnos cuenta se estaba haciendo crónica entre nosotras y nosotros. Ojalá que este tiempo sirva para eso y no sea solo un paréntesis de dolor y miedo que traiga nuevos días de un atroz sálvese quien pueda. Es tiempo de reflexión y de acción. Es tiempo de solidaridad y de generosa FRATERNIDAD, de justa y necesaria IGUALDAD de oportunidades y de responsable LIBERTAD. Apoyémonos, ayudémonos, confiemos en la honestidad de las buenas personas, en su trabajo y en sus valores. Escuchemos a aquellas y aquellos que comparten su conocimiento sin pretender convencer y apartemos a quienes llevan tanto tiempo haciendo de su propio provecho dolor y sufrimiento de muchas y muchos. No volvamos a equivocarnos, no volvamos a permitirlo. En nuestras decisiones y nuestro corazón está que así sea. #AHORAESELTIEMPODEMAÑANA.

Es la hora de gobernantes pero también de los bancos y de tantas empresas patrióticas del Ibex35 que de manera ruin se llevan parte de sus beneficios a sus sociedades en paraísos fiscales. Ahora es su momento para destacarse de mostrarse como empresas y bancos con valores reales y no con una #RSE maquillada y de conveniencia. Todas y todos nosotros seguimos pagando nuestros impuestos, los servicios que usamos, incluso los que no podemos usar, haciendo un esfuerzo que pone en riesgo nuestros escasos recursos, mientras algunos siguen haciendo caja en nuestras dificultades. Por eso los que más tienen gracias a nosotras y nosotros, tienen la oportunidad de ponerse al lado de las personas y las empresas que ahora tanto les necesitan. Ahora no es tiempo de interesadas moratorias en las facturas, esas que permitirán a las multinacionales españolas seguir mejorando sus cuentas de beneficios a cuenta de la ruina futura. Cuando dentro de 5 meses sus clientes tampoco puedan pagarles. Ni de sacar pecho con créditos blandos y rentables avalados por el estado con los que seguir ganando dinero a costa de la necesidad de muchas y muchos. Ni de presumir de compromiso social cuando algunas empresas están doblando su producción o cobrando recibos mensuales o anuales. Es la hora de demostrar si creen en las personas y las empresas de este país, esas que tanto les han hecho ganar o si a los bancos y las empresas «patrióticas», las de las donaciones mediáticas e impuestos escondidos, las de cara bonita y corazón sucio, como ya pasó hace años, solo les interesa el trato mercantil, la suma de dividendos y ganar dinero con el dolor de la gente. Es la hora de pensar en las personas, la hora de esos que se dicen patriotas, es la hora de apoyar al país y a su gente. #Niunreciboentresmeses

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El pan nuestro de cada día

 

Sabemos diferenciar lo bueno de lo malo,incluso afinando aún más, lo bueno de lo excelente. Quien puede y a veces quien no debe permitírselo, está dispuesto a pagar más por el valor diferencial que propone un producto más caro, cuando este creemos que aporta una aparente distinción o un pretendido prestigio. ¿Quién no ha escuchado alguna vez decir, son caros pero…? pero esa calidad percibida y reconocida, ¿Se paga en productos de uso diario? No hace mucho conocí a Miguel, un tipo comprometido que decidió darle una vuelta al negocio familiar. Apostó por apoyar a productores locales. Decidió hacer una selección de materia prima basada en la calidad. Desarrolló su trabajo pensado en minimizar la huella ecológica de su actividad y orientó su negocio conforme a sus valores de responsabilidad ética. Miguel daba el tiempo justo de maduración a su masa madre, elegía la mejor madera para el horneado de su pan. Cuidaba la presentación del producto e incluso desarrolló un plan de comunicación que destacaba esos valores, que junto a su competente manera de trabajar, él consideraban que hacían la diferencia con otras ofertas, a la hora de comprar el pan nuestro de cada día.  De resulta de todo eso Miguel hacía un pan delicioso y sano pero necesariamente algo más caro. Miguel era un orgullo para el barrio. Salía en la prensa regional cada vez que se reconocía su mérito y su compromiso con un premio y su bonita panadería los fines de semanas tenía colas para comprar su producto. Cambié de ciudad y al volver de visita, 3 años después, vi cerrada la panadería de Miguel. La casualidad quiso que me lo encontrará en un parque cercano y al preguntar el por qué del cierre me dijo que al principio le iba bien, pero que al pasar el primer año, la mayoría volvió a comprar el pan en los supermercados donde lo regalaban como reclamo para otros productos y en la nueva gasolinera, donde vendían una barra de masa congelada por 0,40 y a cualquier hora del día. Así me fui quedando sin clientela y solo con los más fieles no cubría gastos. Me dijo, yo no quería competir de esa manera. No quería bajar la calidad de mi producto y llegar a casa triste y malhumorado por claudicar y pervertir mi compromiso, pero al final llegaba malhumorado y triste, porque por mantener mis valores éticos, cada mes me costaba dinero venir a trabajar. Al final, estaba haciendo pan para devolver lo que me prestó el banco por una ayuda que en realidad venía de unos fondos europeos de apoyo al emprendimiento. Estuve a punto de perder  mi casa, así que en dos meses cerré y volví al horno familiar. Entonces Miguel me miró y con gesto de preocupación me dijo: has engordado y tienes mala cara ¿Algo va mal? Le respondí, no duermo bien y ando con el estómago revuelto. Trabajo mucho, duermo poco y cada mes ganó menos, es el estrés y la responsabilidad, le dije. Entonces él tomó aire y con resignación y señalando hacia mi estómago sentenció… no te engañes, es el pan del Carrefour…y pensé, quizá nadie tenga respuestas pero todos y todas tenemos la responsabilidad.

Alfredo Jaso
Foto: Mae-Mu

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Sosteniblidad y rentabilidad

 

Nos gusta decir pretenciosamente que nuestro tiempo presente es más complejo y confuso que otros tiempos pasados. Pero no vale la pena andar en comparaciones. Ni agarrarse a las circunstancias para justificar miserias y temores. Mas allá de volver la vista para reconocer la fortuna del camino andado, no es bueno mirar hacia atrás más y comparar el ahora de hoy con días pretéritos. Al fin y al cabo, como dicen las personas mayores cuando alguien fallece a la edad que sea, «uno siempre está en lo mejor de la vida». Es cierto que no tenemos otro tiempo que vivir que este que nos ha tocado. Cierto es que vivimos un tiempo en el que se confunden valor y precio y nada se aprecia si no sabemos lo que vale. Vivimos días que enfrentan el valor de los valores, con el valor de lo que vale y hoy como siempre, parece que lo que más vale es lo que mejor se vende. Por eso imagino la pregunta que cualquier persona emprendedora se hace ahora, tras más de 40 minutos escuchándome hablar sobre la necesidad de afianzar nuestra identidad y nuestra creatividad sobre el valor de unos valores. ¿La creatividad con valores es sostenible y es rentable?
Como se ha visto hoy, yo creo en el valor de las palabras. Creo que cada persona tiene su propio nombre y hay que llamarla por su nombre propio. Por eso me incomoda ese neolenguaje de palabras de vieja apariencia y novedoso significado que proponen el disfraz de la innovación y el cambio para que en el fondo aceptemos una cruda realidad. El ejemplo más palmario de esto es la más reciente en llegar: Resiliencia. Una manera atractiva de decirnos: «Aguanten. No se quejen. Resistan, asuman como inevitable lo que ven a su alrededor y continúen». Las palabras tienen valor por lo que significan y por eso hay que estar muy atentos porque cuando esas palabras nobles y bellas se manosean mucho y se hace con manos sucias, las palabras pierden su rigor y su brillo y terminan por usarse interesadamente. De entrada vayamos con la definición de otra de las palabras de moda:sostenibilidad. La sostenibilidad vendría a ser todo aquello que no necesita de nadie y se sostiene por si mismo para existir. Convengamos que el modelo de sostenibilidad que se nos propone, se desarrolla dentro de un sistema económico y productivo controlado. En él los medios de producción están en manos de muy pocos. Estos grupos de interés controlan y condicionan el consumo y la demanda y por tanto, todo eso que llamamos sostenible está en manos de quien de manera irresponsable nos ha llevado a la crítica situación medioambiental actual. Por lo tanto, hablamos de una sosteniblidad de «cara lavada» que mantiene el beneficio de unos pocos gracias al necesitado consumo de muchos. No obstante, aceptada la cautividad y dependencia a la que nos lleva este modelo insostenible de interesada sosteniblidad, convengamos que minimizar nuestra fea huella ecológica es conveniente y necesario. Pero volvamos a la pregunta ¿Existe la creatividad sostenible? Si mantenemos el mismo criterio y como sostenible definimos aquella creatividad que depende de si misma para subsistir, la respuesta claramente es no. En la mayoría de los casos esa creatividad queda a expensas del mercado y de quien la compra. Admitamos pues que en la precariedad a la que este sistema económico dejamos que nos lleve, en la que cada vez más se prima lo barato sobre lo bueno y bonito, no hay sostenibilidad, solo hay subsistencia dependiente envuelta en buenas intenciones creativas. Si la lectura la hacemos desde el punto de vista medioambiental, sería sostenible aquella creatividad que en su desarrollo minimiza el impacto de su huella ecológica. Si juntamos estas dos visiones y respondemos con una mirada global, yo sostengo la teoría de que cuando la creatividad se expresa a partir de unos valores, es siempre buena y bonita y además en sí misma sostenible. ¿A la pregunta de si la creatividad por valores es rentable? Os diré que siendo una persona que todavía mantiene sus inquietudes, pienso aún y de manera convencida, que todo lo que se hace desde el respeto, la responsabilidad y el amor, todo lo que se incardina en unos valores, es sostenible y rentable. Quizá no siempre en resultados tangibles pero para mi, lo es siempre en intangibles muy valiosos. Valores que crean otro tipo de riqueza que va más allá de lo meramente mercantil.

No obstante a esa persona emprendedora que tiene un proyecto creativo, a quien quiere ser artista gráfico o sencillamente a quien quiere vivir una vida plena y consciente, le diría que dedique su tiempo a vivir observando atentamente, que aprenda a escuchar con humildad, que dude y se pregunte quién es y quién está siendo, que intente comprender y comprenderse sin prejuicios y que comparta lo vivido y aprendido sin miedo y que con esas herramientas en su mente y sus manos, dedique su tiempo al desarrollo de buenas ideas que tengan profundidad y aspiren a mejorar el tiempo que viven y no tanto, en pensar en los frutos que obtendrá de ellas, porque quién piensa que el dinero todo lo hace, terminará haciendo cualquier cosa por dinero…y no me refiero a nada ilegal, que sea pecado o engorde…a veces por dinero se pierde un bien  cada vez más escaso y preciado:la dignidad. En una ocasión, un compañero ante mi negativa a hacer un sustancioso trabajo cuyo fin no me gustaba, me respondió que con la dignidad no se come…y tenía razón…con la dignidad no se come, de dignidad nos alimentamos para seguir en pie y no vivir de rodillas.

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15AÑOS

 

En Metáfora, 3 QUINQUENIOS de buenos trabajos nos han reafirmado en que la creatividad y la atención a los procesos y tareas es uno de nuestros valores diferenciales. Sin embargo en Metáfora durante estos 15AÑOS siempre hemos creído que tan importante como la calidad y creatividad de los trabajos hechos, es el cómo se hacen esos trabajos y los VALORES que impregnan el día a día de las tareas hechas. Valores que nos diferencian y se nutren de compromisos y acciones diarias. Que nos reafirman en una manera de ser y de trabajar. Valores que compartidos por todas y todos, las y los que aquí trabajamos y por quienes nos buscan, se convierten en beneficios tangibles e intangibles que siempre ayudan a creer. Valores y trayectoria que durante estos últimos 3 QUINQUENIOS han sido avalados por premios autonómicos, nacionales e internacionales, no solo a trabajos hechos, sino también a cómo somos y actuamos a la hora de enfrentar cada trabajo. Trayectoria y valores sostenidos no solo por nuestro buen hacer, sino por el reconocimiento de aquellas empresas y clientes que durante estos últimos 15AÑOS con su confianza en nuestra creatividad y VALORES nos permiten seguir trabajando. 

En Metáfora 5 TRIENIOS has sido bastantes como para saber que la creatividad no es solo una ocurrencia que aparece difusa de la nada. La creatividad es el resultado del esfuerzo coordinado de un equipo, capaz de hacer de la esencia de una idea, prototipo y ponerlo al servicio de un mensaje emocionante y eficaz. La fusión de un proceso de trabajo inteligente, basado en la búsqueda de la originalidad y la experiencia. Esa que permite descubrir el hilo de una buena idea, entre un sin fin de ocurrentes bobadas. La que se aparta de poses de moda y toma de la sabiduría, esa mirada libre, ese saber estar como si nada y que es capaz de ir más allá del conocimiento para profundizar de manera sólida y permanente. En 15AÑOS en Metáfora hemos aprendido que ser creativos es ser competentes en el saber hacer las tareas con verdad, amor, conocimiento y entregando siempre lo mejor que se tiene a cada proceso. 

En Metáfora, estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que tener éxito en la vida, es sonreír mucho y saber reírse de lo que no tiene importancia y también de lo que la tiene, pero no tanto. Nos han enseñado a saber que la vida ha de tomarse a broma, pero que debemos vivirla muy en serio y no al revés. Tomarla en serio para vivirla medio en broma. Tener éxito en la vida, es aprender a descubrir que la belleza y el amor están en las pequeñas cosas, en las más sencillas, las que tenemos más cerca, pero también, en la manera que tenemos de mirarlas y en la libre y respetuosa relación que mantenemos con ellas. Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que tener éxito en la vida, es querer mantener el compromiso con la creatividad y el trabajo bien hecho, sabiendo disfrutar del paso de cada tarea, para convertir ese gozo en una oportunidad para aprender. Que tener éxito en la vida es comprender que es bueno confrontar para aprender del que más sabe y que se debe de escuchar siempre con la mente atenta, para luego compartir sin miedo, olvidando tontos prejuicios. Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que el verdadero éxito está en el conocimiento adquirido, tamiz crucial de lo vivido y liviano poso de la experiencia. En querer mantener la mano tendida y la puerta abierta, en compartir para crecer y en el modesto afán por ser cada día un poco mejores.

Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que la confianza ganada con el trabajo bien hecho es un tesoro que hemos aprendido a conservar y que GRACIAS es la palabra que más nos gusta pronunciar. En Metáfora sabemos que 15AÑOS no son casi nada, pero en este tiempo hemos aprendido que poder celebrar un nuevo aniversario, es también querer celebrar la vida compartida.
GRACIAS.

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Anteojos

 

Debemos de admitir que lo que queremos que sea no siempre es lo que está siendo. Tomar consciencia de ello forma parte de nuestro aprendizaje vital y nos prepara para la inevitable frustración de asumir que no todo es siempre como queremos que sea. Ya lo dijo Erich Fromm. “La mayoría de la gente no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es solo una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive”. En una sociedad jibariza intelectualmente, desarmada de conocimiento capaz de generar la herramienta del sentido común. Mal educada sin el norte de la responsabilidad y el respeto y agarrada a la vanidad del querer ser sin estar siendo, asumir la frustración de aquello que deseamos que sea, no es, resulta doloroso y por ello complicado. Para paliar ese desasosiego vital de lo inalcanzable y facilitar la construcción de ese imaginario social complacido, trabajan a destajo una patulea de opinadores sin miedo. Una horda de analistas a sueldo. Una grey de publicistas sin escrúpulos y creatividad sin remilgos. Toda una panda de mentores de lo fácil, unas y otros entregados al afán de apuntalarnos el ánimo, el deseo y la displicente disciplina. Para nuestro mejor conformar, nos rodea una banda de gurús del «sisequiere-sepuede». Nos acosa una basca de pregoneros de las pragmáticas realidades con soluciones de estraperlo. Nos aturde una horda de predicadores, iluminados ganapanes del consuelo de una fugaz vida mejor. Unos y otras, puestos al servicio de hacernos ver y convencernos de que aquello que queremos, en verdad está siendo o definitivamente, será así. Por eso, para apuntalar nuestra tesis vital y salvar el pellejo de nuestras circunstancias, nos engañamos o dejamos que nos engañen y lo que es peor, desenfocando la realidad para acomodarla a nuestro interés, con la perversa ingenuidad de la infancia malcriada, engañamos a otras y otros. Generamos así una secuencia de mentirijillas o grandes mentiras, que se expanden como un virus venenoso que nos adormece y que son el lenitivo que necesita nuestro ego para sobrellevar la frustración. Mejor eso que pararse a observar atentamente quienes estamos siendo. Preferimos eso a intentar comprender y comprendernos sin prejuicios, interesados intermediarios, ni expectativas. Aceptamos señalar la culpa en otras y otros, en lugar de aceptar la responsabilidad de nuestras decisiones por acción u omisión. Buscamos una salida a la luz, sin reparar si esta es solo una linterna que nos marca un camino que no es el nuestro. Como escribió el premio nobel José Saramago «El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: unas y otros mirando imágenes y creyendo que la virtualidad imaginada del mensaje, es la realidad». Todas y todos con los anteojos de ver de cerca, concentrados y entretenidos en las vueltas de la pelusa de nuestro ombligo pero fingiendo que un objetivo lejano de retóricas palabras vacías, es el que centra nuestra liviana y complacida atención. Pero en nuestra mano esta ser críticos con nuestra manera de enfocar y mirar la realidad que vivimos. Es bueno hacer del deseo creatividad que nos impulse, pero no parapeto tras el que esconder miserias. No es malo aprender de la frustración y su mensaje de humildad si nos observamos con compasiva generosidad. Con apoyo y ayuda, si es necesario, pero sin gestores de lo ajeno ni intermediarios de lo propio, hemos de ser nosotros los que nos quitemos las lentes desenfocadas para discernir entre lo que somos y lo que estamos siendo, lo queremos ser y en lo que quieren que nos convirtamos. Es urgente aprender a ser honestos y conscientes. A distinguir entre la sinceridad irresponsable de quienes se esconden haciendo ruido y la verdad comprometida de quien sin alardes, se muestra para compartir generosamente y sin miedo lo vivido. Aceptar no es conformarse. Fluir no es desentenderse. Es urgente actuar en nombre propio y de primera mano para que nadie nos lleve del brazo y decida en nuestro propio nombre. Porque ese y no otro es el ser o no ser de la cuestión.

 «Hijos de España»

Alfredo Jaso

Foto: Skeeze

 

 

 

 

 

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RyR

Dos palabras sencillas deberían bastar para conducir con bien nuestro paso por los días: respeto y responsabilidad.  El respeto hacia los demás y con nosotras y nosotros mismos y la responsabilidad sobre lo que hacemos y decimos, deberían ser los pilares sobre los que sustentar la convivencia entre personas y el desenvolvimiento profesional entre empresas, sus trabajadores y el mercado. Estas dos palabras deben de ser las columnas sobre las que sostenernos como personas respetuosas, responsables y libres. Sin embargo, pareciera que ambas, respeto y responsabilidad, suenan a palabras grandes, enormes quizá para los tiempos que corren de poses fingidas, ideologías confusas, sentimientos interesados, falsas verdades y creencias confrontadas. Mas si estamos atentos y atentas, responsabilidad y respeto son de esas palabras sin fisuras que se consolidan cada día con gestos y acciones pequeñas pero valiosas. El respeto se basa en la asunción natural y conveniente de no querer para nosotros  lo que  no deseamos para otros, es eso que llamamos dignidad. Respeto es actuar para no permitir con los demás, aquello que no toleraríamos hacia nosotras y nosotros y que no es más que solidario compromiso. Responsabilidad  es actuar tomando consciencia de  los deberes que rigen nuestros actos y consecuencias de nuestras acciones.  Esto no significa negar de plano la posibilidad del error y la falta, si no ser capaces de asumir de manera consciente, por anticipado o con carácter retroactivo, los efectos de nuestras palabras y actos, sin miedo y con rigor. Sin embargo, señalar siempre es más sencillo que exigir soluciones. Buscar culpables más fácil que asumir responsabilidades. Derribar al que destaca por pensar y actuar de manera diferente, es más cómodo que apreciar desde el respeto la enriquecedora diversidad de los distintos puntos de vista. Respeto y responsabilidad son dos palabras sencillas y fáciles de comprender, pero como género humano, tomados en la globalidad de la especie y asumiendo la injusticia de la generalización, pareciera que forman parte de un jeroglífico de difícil interpretación.  Si a ellas le añadimos el pleonasmo de la generosidad desinteresada. La actitud de la alegría consciente. La virtud de la duda y la crítica constructiva y  la herramienta de la comprensión compasiva y sin miedo, sin duda podríamos alzarnos en una sociedad más justa en el respeto hacia todas y todos, más libre en la responsabilidad, más generosa y solidaria en su compromiso y más creativa en su manera de afrontar el reto del regalo de los días. Más sin embargo cada día y viendo qué sucede con las pequeñas cosas, en ocasiones es más fácil comprender mejor el por qué nos comportamos así  en las decisiones más grandes.

Alfredo Jaso
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