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RyR

Dos palabras sencillas deberían bastar para conducir con bien nuestro paso por los días: respeto y responsabilidad.  El respeto hacia los demás y con nosotras y nosotros mismos y la responsabilidad sobre lo que hacemos y decimos, deberían ser los pilares sobre los que sustentar la convivencia entre personas y el desenvolvimiento profesional entre empresas, sus trabajadores y el mercado. Estas dos palabras deben de ser las columnas sobre las que sostenernos como personas respetuosas, responsables y libres. Sin embargo, pareciera que ambas, respeto y responsabilidad, suenan a palabras grandes, enormes quizá para los tiempos que corren de poses fingidas, ideologías confusas, sentimientos interesados, falsas verdades y creencias confrontadas. Más si estamos atentos y atentas, responsabilidad y respeto son de esas palabras sin fisuras que se consolidan cada día con gestos y acciones pequeñas pero valiosas. El respeto se basa en la asunción natural y conveniente de no querer para nosotros  lo que  no deseamos para otros, es eso que llamamos dignidad. Respeto es actuar para no permitir con los demás, aquello que no toleraríamos hacia nosotras y nosotros y que no es más que solidario compromiso. Responsabilidad  es actuar tomando consciencia de  los deberes que rigen nuestros actos y consecuencias de nuestras acciones.  Esto no significa negar de plano la posibilidad del error y la falta, si no ser capaces de asumir de manera consciente, por anticipado o con carácter retroactivo, los efectos de nuestras palabras y actos, sin miedo y con rigor. Sin embargo, señalar siempre es más sencillo que exigir soluciones. Buscar culpables más fácil que asumir responsabilidades. Derribar al que destaca por pensar y actuar de manera diferente, es más cómodo que apreciar desde el respeto la enriquecedora diversidad de los distintos puntos de vista. Respeto y responsabilidad son dos palabras sencillas y fáciles de comprender, pero como género humano, tomados en la globalidad de la especie y asumiendo la injusticia de la generalización, pareciera que forman parte de un jeroglífico de difícil interpretación.  Si a ellas le añadimos el pleonasmo de la generosidad desinteresada. La actitud de la alegría consciente. La virtud de la duda y la crítica constructiva y  la herramienta de la comprensión compasiva y sin miedo, sin duda podríamos alzarnos en una sociedad más justa en el respeto hacia todas y todos, más libre en la responsabilidad, más generosa y solidaria en su compromiso y más creativa en su manera de afrontar el reto del regalo de los días. Más sin embargo cada día y viendo qué sucede con las pequeñas cosas, en ocasiones es más fácil comprender mejor el por qué nos comportamos así  en las decisiones más grandes.

Alfredo Jaso
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Futurismo

Allá por los comienzos del siglo XX y en su exégesis del mundo moderno, Filippo Tommaso Marinetti, padre del movimiento futurista, elevaba un canto al imperio de la tecnología, la exaltación maquinista y el culto al progreso técnico como culmen liberador de un modelo de sociedad creado por el orden capitalista. Más allá de algún alarde artístico de vocación rupturista, tras su manifiesto pseudo-anarquista y de estética radical, Marinetti planteaba la pretenciosa fundación de un nuevo mundo para un hombre nuevo. Su doctrina, anhelaba alcanzar el enajenado sueño, de una sociedad en apariencia dirigida por máquinas eficientes, llamadas a tutelar las humanas voluntades con la superficial velocidad de la infalible inteligencia artificial. Esta libertaria invocación a la robotización de la sociedad, pronto cayó en manos de un ideario totalitario. Tras la aviesa pretensión del advenimiento de un nuevo orden tutelado por una élite, se pretendía sacar a la “masa amorfa” de su ignorancia, aleccionando a una “mediocre sociedad de masas” con el mazo de la infoxicación propagandística y pseudo-publicitaria de un nacionalismo autocrático y excluyente. El futurismo maquinista y robotizado que soñaba Marinetti, hecho de utopía, libertad, belleza, arte y velocidad, sin embargo creció en el menosprecio hacia toda aquella manifestación creativa que recogiendo el acervo de los tiempos pasados, se alzara libre sobre el presente y aportara su visión como legado para los nuevos tiempos. Por considerarlo ejemplo de femenina debilidad, atacó toda aquella expresión que al nacer de un corazón vivo y libre, buscase la comprensión de las emociones y sus sentimientos. Por eso mismo se hizo fuerte en la supremacía de género, en la prevalencia viril y en el desprecio por la vida sosegada y más cercana a la naturaleza. Hizo suyos el ideal del culto a la guerra y la superioridad del pensamiento único, mediante la eliminación del diálogo crítico. En fin, en la oda futurista de Marinetti, la primitiva retórica artística revolucionaria de corte pseudo-anarquista, quedó ligada paradójicamente a un sentimiento conservador y totalitario, políticamente reaccionario, fascista, de cariz burgués y de fuerte carácter individualista.

Pero hoy, más de 100 años después, si observamos atentamente a nuestro alrededor, quizá debamos convenir que no estamos tan lejos de esos tiempos futuros que soñaba Marinetti. Hoy es desde el control del consumo y la opinión, a partir de la gestión del flujo y el análisis de los grandes datos informáticos como se escruta, moldea y condiciona nuestro criterio consumidor.

Es hoy, desde la generalización y el control de un entramado de Redes Sociales colmado de discursos de escueta simpleza, infantil ingenuidad, adolescente soberbia e interesada manipulación, como desde el artificio de un “neolenguaje”, opaco y ambiguo, se construye una nueva realidad a menudo banal, levantada sobre opiniones sesgadas, poses fingidas y acalorados pareceres.

Es ya hoy, que por tan solo tener la opción de expresar una opinión y que esta pueda ser difundida masivamente entre seguidores, generando adhesiones entre iguales y discordia violenta entre los que piensan de manera distinta, que nos sentimos virtualmente libres y protagonistas. Sin pensar reflexivamente, ni importarnos si nuestras palabras aportan o suman, o si al contrario restan y separan o simplemente, sobran.

Es hoy, desde la digital infoxicación, el narcótico ruido sin sentido y el palabrerío mediático, que se nos mantiene enganchados a la liturgia del empacho informativo para entorpecer el sentido común, desorientar el poder de las ideas, y desbaratar la verdad hasta transustanciarla en falsedad y mentira complacida capaz de llenar papeletas y urnas.

Es ya hoy, desde un entramado de mercadeo publicitario y venta, basado en la administración de las experiencias como sublimación de las sensaciones, como se nos atrapa para mantenernos entretenidos, hipnotizados, sumisos consumidores, sujetos sujetados, en la tela de araña comercial de una deslumbrante realidad virtual.

Es hoy, desde que quien ha de decidir en ello, no fomenta el desarrollo del espíritu crítico en la programación educativa. Ni incentiva el afán de conocimiento humanístico y científico. Ni facilita la necesidad de compartirlo como vía para hacer crecer a seres humanos libres, como se mantiene bien abastecido de mano de obra cualificada, barata y bien domesticada el mercado laboral.

Es hoy y desde el apoyo al acelerado emprendimiento, fugaz panegírico a un tiempo de ilusionados compromisos, como se promueve el éxito de unos pocos para fomentar precarias promesas y baldías oportunidades tecnológicas y laborales para muchos.

Es ya hoy, desde quien controla la investigación científica, desarrollada con la interesada perspectiva de la rentabilidad y patrocinada por los grandes grupos empresariales se desarrollan intimidatorias armas para matar, se curan enfermedades o se condenan enfermos y se desmantelan equipos de trabajo para cerrar cauces de humana investigación.

Es hoy, desde esta nueva era de la robotización laboral y el automatismo doméstico, como se abaratan costes industriales, se aumentan los beneficios y al fin  se gestionan el ansia de ocio sin tiempo y la soledad sin roce, ni cariño.

Es hoy, cuando desde los medios de comunicación de masas, nos presentan en deconstruidos platos de diseño y disueltos en un anodino caldo de insípido sabor a irresponsabilidad, los que son sabrosos y rotundos éticos valores humanos de fraternidad, igualdad y libertad, para así mejor tolerar nuestra indiferencia ante la indigestión de la injusticia.

Es hoy, desde la difusión y el apoyo a las creencias religiosas, políticas o sentimentales como se auspicia la soberbia de la soberanía izada como bandera de la diferencia, que alzada sobre la interesada independencia individual, se impone sobre el bien común, encontrando razones sin motivos para negar libertades y derechos.

O en fin, es ya desde toda esa patulea de gurús amantes de la notoriedad. De todologos opinadores, mercachifles de ruidosas frases y lisa simpleza. Expertos de la analgésica palabra digital. Hacedores del cambio con remedio y rima fácil para todo, que con viejos mensajes y aparentemente nuevas maneras, procuran recetas en charlas de no más de 5 minutos, cura para nuestro mal de adolescente irresponsabilidad social.

Y es así como hoy avanzamos, sonrientes y jubilosos, ingenuos, ignorantes, narcotizados, entretenidos, inconscientes y pasmados hacia un remedo virtual de aquella enajenada visión futurista de principios del siglo XX.

Es alcanzado ese cómodo oblomovismo social, conformista y conformado. Complaciente y complacido en el activismo perezoso. Hecho de gestos elocuentes y donación publicitaria. De filantropía de escaparate y solidaridad de dorsal y paso rápido. Como repantigados al fin ante la pantalla que nos mira, nos sentimos poderosos en el coliseo del banal  me gusta. Compartiendo el bueno para mi y los míos en un alarde de significación etiquetada. En fin es así como dentro del establo digital y alimentados de barbitúricas  experiencias virtuales, nos sentimos más libres que nunca, siendo como siempre, esclavos sometidos a una “democrática estupidez organizada”, en la que todas y todos, como recua amansada, participamos bajo la atenta y controladora mirada de una élite que nos gobierna, tal y como soñó Marinetti, delegando el control en robots obedientes e infalibles y máquinas veloces con maneras de inteligencia.

Sin embargo, no se podrá negar que vivimos un tiempo de protección de los derechos y aumento de las libertades como nunca antes ha disfrutado la especie humana. Que avanzamos cada día en un innegable progreso de la técnica que permite una mejora de  nuestras condiciones de vida. Que la ciencia con su imparable adelanto hace aumentar la esperanza de alargar nuestros días como nunca habíamos soñado. Que existen cauces de comunicación, generosos y útiles para compartir el conocimiento y ponerlo al servicio de quien quiera usarlo como jamás habíamos tenido. Sin duda, el progreso sometido al avance tecnológico, es ejercicio de respetuosa civilización cuando se justifica para el universal bien común. Tenemos el conocimiento, las herramientas para que así sea. Por eso, cada día se hace más evidente que la supervivencia de la humanidad no ha de ser, en el fondo, un problema de avances tecnológicos y su consumación técnica, sino de las concepciones de los valores y objetivos de los individuos y las comunidades en las que estos se incardinan. El advenimiento de una nueva conciencia, debe asentarse sobre los pilares de la fraternidad entre seres humanos y de estos con el planeta que habitamos y los seres vivos que en él nos acompañan. La igualdad de oportunidades en la diferencia y la diversidad para el desarrollo de personas y pueblos y el respeto por la libertad propia y ajena. Solo así, mediante la observación atenta, la comprensión sin prejuicios y el afán de compartir generosamente y sin miedo, podremos tomarle el pulso real a la vida, para sin interesados intermediarios virtuales, hacer de la sonrisa consciente y la alegría responsable, herramientas creativas para el cambio. Instrumentos técnicos y maneras tecnológicas que junto al avance científico y maquinista, han de facilitar nuestro progreso y crecimiento como seres humanos libres, creativos, responsables, y comprometidos.

Ernst Gombrich, refiriéndose a la percepción hacia las vanguardias escribió: “nunca podemos separar limpiamente lo que vemos de lo que sabemos…hay que aprender a ver porque la visión es engañosa”. La corriente vanguardista que proclamó una nueva era de mayor libertad. Que aspiraba a levantar de suelo a un ser humano no esclavizado y consciente para poder elegir. Que proponía la democratización del arte. Que glorificaba el gusto por la velocidad y la tecnología. Que veía en la máquina y el robot herramientas del cambio al servicio del hombre. Terminó aferrándose a un ideario totalitario y Filippo Tommaso Marinetti, el hombre que soñaba con que el dominio de la técnica nos haría libres, acabó convertido en vasallo de fascismo de Benito Mussolini…

Quizá esta revolución revelada de inteligencias artificiales, nos mantiene acorralados, hipnotizados entre fotos y mensajes y sin quererlo saber del todo, toleramos un postfascismo que nos gobierna, moldeando criterios, creando opiniones, generando necesidades y miedo, planteando censuras, eliminando derechos…quizá vivimos ya esos tiempos futuros de Marinetti, sin embargo en nuestra cerebro está el poder de generar sinapsis creativas para despertar del narcótico letargo. En nuestra mano tenemos las herramientas para hacerlo. Uno a una y sumadas todos, tenemos el poder para conseguirlo. Solo hace falta encontrar en nuestro corazón la voluntad creativa que nos empuje decididamente a hacerlo.

 

Alfredo Jaso

Foto:Jose Ignacio Garcia Zajaczkowsk

 

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Valor y precio

En Metáfora sabemos que no conviene confundir valor y precio. Pero no porque sean dos caras opuestas de una misma moneda, si no simplemente porque no conviene tratar a uno y otro por igual. Hemos claudicado aceptando que uno y otro puedan de ir separados y de resultas de esa interesado parecer, hemos admitido como bueno el que aquello que mucho cuesta, también ha de valer mucho y lo que poco vale, es porque no cuesta casi nada. Es esta manera simplista de querer ver el valor y el precio de productos y servicios, la que lleva a medir el coste de los mismos en horas y recursos utilizados. Así, observando la realidad bajo esa perspectiva puramente mercantilista, hemos llegado a dar por hecho que algunas cosas no cuestan lo que valen y otras tantas, no valen lo que cuestan.

Alfredo Jaso

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Competencia

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Hay que ser valientes para proponer una manera distinta de mirar y poner nuestra atención en aquello que parece invisible a los ojos. Hay que tener valor para dirigir nuestra atención sobre lo que observamos y querer comprender la misma realidad de desde otra perspectiva. Eso es una Metáfora. La figura retórica del pensamiento por medio de la cual, una realidad o concepto, se expresan por medio de una realidad o concepto diferentes. Para lograrlo se necesita de una mirada libre y responsable capaz de proponer ideas distintas con palabras diferentes. Las palabras son conceptos precisos, pero precisamente es la personal mirada la que propone nuevos significados para sus significantes. En Metáfora de Comunicación siempre he tenido muy claro, que es necesario plantear una manera distinta de ver, para ser capaces de proponer una forma diferente de trabajar. Siempre he sabido que es el valor de la mirada valiente el que puede transmitir los valores que hagan la diferencia. Esa mirada que se dirige hacia el valor de los valores y que pone el acento en el trabajo hecho en libertad y desde la responsabilidad.

Esa es la decisión a tomar. Mirar como todxs o ver como unx mismo. Tomar esa decisión es comenzar a ponerse en marcha. Recorrer un nuevo camino que implica dar sentido a una nomenclatura diferente y capaz de expresar conceptos que se comprenden de distinta manera. Desde un primer momento quise definir claramente esas nuevas palabras. Competencia era una de ellas. Es una palabra de significado equívoco. En nuestro oficio, la gran mayoría la entiende como un motivador entorno de oposición o rivalidad. Sin embargo, en Metáfora nunca he visto a los demás compañeros como alguien a quien derrotar o con quien competir. Jamás he pretendido luchar contra otros. Siempre he creído que es mejor compartir para crecer que competir para derrotar. Para mi, la competencia es fundamentalmente la aptitud desarrollada como pericia para intervenir en un asunto de manera que suponga una resolución o proponga un avance . Pero para ser competente hace falta mucho más que una aptitud profesional, hay que saber sumar a la aptitud, una poderosa actitud. Sumar al conocimiento, una decidida voluntad para el aprendizaje compartido y una generosa disposición la continua mejora. Por eso ser competente es además de saber hacer, saber ser y también, saber estar. Saber estar es querer comprender y saber  respetar. El/La profesional competente no es aquel que derrota y resta, si no el que suma y multiplica. Un profesional competente no es el que compite para destacar deslumbrando, si no el que es capaz de brillar para iluminar un camino que otros siguen. Siempre he creído que la calidad del trabajo hecho depende de la actitud y la valía personal. El hacer no puede estar desgajado del ser y el saber estar. Al fin y al cabo, alguien dijo que somos lo que hacemos para intentar comprender aquello que somos. En Metáfora nos gusta tener una mirada distinta, por eso reforzamos cada día el compromiso con la excelencia en la actitud creativa, la calidad en la aptitud profesional y el respeto por el trabajo bien hecho. Nos gusta observa con atención. Comprender desde el respeto. Compartir para crecer. Crecer para estar más cerca. Aquí estamos. Así somos. Así trabajamos.

Alfredo Jaso

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