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Confinados

En su casa huele a tomillo y lavanda. Se escuchan viejas canciones y se oyen antiguas palabras. El tiempo parece detenido en un reloj que rompe el silencio cada sesenta minutos. Es el aviso de que el día se va doblando la esquina de las horas. Acurrucada en la cama aprovecha el calor de la noche entre las sábanas para estirar el descanso. Hace tiempo que no sueña, quizá porque sus días están llenos de recuerdos. Lleva ya rato despierta. Despacio, sin prisas, se pone en pie y se dirige al baño. La radio la acompaña mientras desayuna. No le hace mucho caso, especialmente a las noticias, le cansan tantas cifras y malas noticias hablando siempre de lo mismo, pero cuando suena una canción de su época, enseguida la tararea. Un café descafeinado con leche y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada le dan fuerzas y alegría para empezar la jornada. Cada mañana temprano viene el panadero y le deja el pan en una bolsa, así tiene siempre pan fresco. El panadero es un buen muchacho. Luego retira un trapo que cubre la jaula de Pichí su canario, un timbrado español que salta de una barra a otra en cuanto ve que ella se le acerca. Lo trajo a casa Manuel, su marido, hace 8 años. A ella no le hizo mucha gracia, tenía siempre miedo a que se escapase. Así es el amor, decía Manuel, que necesita de barrotes para que no salga volando. Cuando él murió a ella le tocó limpiar su jaula cada mañana y descubrió que no hay que temerle a nada y que los barrotes no son buenos para nadie, tampoco para Pichí. A veces le gustaría dejarle volar, pero piensa en qué haría el pobre, solo, sin su alpiste y su pluma de calamar para afilar su pico. Ahora ella sabe como se siente Pichí. Encerrada en casa sin poder salir a dar su paseíto, ese que daba cada día, «atravesando el presente casi disculpándose por no estar ya más lejos». Sin poder tomar el café de media tarde con las amigas. Sin poder abrazar a su nieta. Se acuerda entonces de su padre que estuvo cinco años en la cárcel por las cosas de la guerra. Y así, después de perderse entre recuerdos, deja que el sueño le venza y en un duermevela llega la hora de la visita de su hija. Ella no vive lejos y cada cuatro días se acerca hasta el piso de su madre. Deja una bolsa con alimentos y con los guantes puestos toca el timbre. Al poco sale a la puerta. Las dos se quedan mirándose como con cara de sorpresa. Es raro. El cuerpo se les mueve como el de un cachorro que es incapaz de controlar sus impulsos ante una alegría breve e intensa. Se ríen y lloran a la vez. Disimuladamente se miran como escudriñando si ha habido algún cambio. Al poco se despiden y su vida queda detrás de esa puerta que se cierra con dos llaves y un cerrojo. Su mundo se ha ido haciendo pequeño. De la cama a la mesa, de la mesa a la silla, de la silla a la ventana, de la ventana al sillón y así hasta que el reloj suena dos veces y marca su hora de comer. Entre lo que no come porque no le sienta bien, lo que no prueba por si le sienta mal y su escasa pensión se ha acostumbrado a comer de forma muy frugal, eso si, siempre de postre una naranja. Recoge la cocina mientras escucha las noticias. Le conmueve el dolor ajeno y le emociona el esfuerzo de tantas y tantos trabajando por el bien de todas y todos. Aunque sabe que ella tiene el tiempo contado le preocupa el futuro que está porvenir. Su hija se ha quedado en paro y su hijo ha tenido que cerrar su pequeña comercio. Por eso le enfada tanto que los que más tienen no den la cara por los que tanto les han hecho ganar. Sinvergüenzas, dice en voz alta, mientras apaga la radio. La siesta no la perdona, es larga y de pijama y cuando se despierta se queda un buen rato bajo la colcha. Hace tiempo que no pone la calefacción por miedo a no poder pagarla, por eso se tapa bien y estando en casa nunca le sobra una rebequita para no pasar frío. Su hijo le dice que la ponga, pero ella responde que solo lo hará cuando ya no aguante más y su resistencia, a fuerza de años, nunca parece tener límite. Cuando se levanta de la siesta, se lava la cara como los gatos y se arregla un poco. Toma el teléfono y llama a su amiga Felisa. Lo hace todas las tardes para preguntar cómo ha llevado el día. Hoy no contesta y eso le preocupa. No quiere pensarlo mucho y por eso se convence de que seguramente, Feli, no hay escuchado su llamada. Cinco minutos antes de la hora se pasa un cepillo por el pelo, se pinta suavemente los labios, toma la jaula de Pichí y le dice, vamos al balcón, toda esa gente lo merece. Sale y le emociona sentir la unión que late en el corazón de las personas. Tira besos por el aire. En el balcón de enfrente está su hija y su nieta y el estirado de su yerno. El vecino del quinto se ha puesto a cantar y después todos aplauden, ella también lo hace. Luego recoge a Pichí, le pone un trapo por encima de su jaula y ella se sienta en el sillón del salón. Abre el álbum de fotos, las roza con la yema de sus dedos, dejando en cada una de ellas el peso del cariño.. Empieza la ronda de llamadas. Su hija, su hijo, su nieta y su nieto. Su cuñada Carmen y su sobrina Luisa. A todas les dice que está bien, que no se preocupen. Sin poderlo evitar, al colgar la última llamada, una lágrima recorre las arrugas que el tiempo y la vida le ha regalado. Felisa, no estaba en su balcón. Está asustada y aún queda mucho día.

AJV

Foto: Todd Cravens

 

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Ahora es el tiempo de mañana

Ahora es necesario mantener un aprendizaje positivo de lo que está sucediendo para poder afrontar lo que viene después de la pandemia, ese virus social y económico que desgraciadamente se llevará por delante tantas ilusiones y realidades. Sin embargo en nuestras manos está el conseguir que el resultado de todo este tiempo de reflexión, de acción contenida y de solidaridad plena sirva para una apartar hábitos, modos de trabajar y maneras de relacionarnos basados en el consumo irresponsable, la injusta precariedad, la prepotencia del poderoso, la arrogante ignorancia y la cómoda superficialidad y todas y todos juntos digamos NO a la fea enfermedad social, que sin querer darnos cuenta se estaba haciendo crónica entre nosotras y nosotros. Ojalá que este tiempo sirva para eso y no sea solo un paréntesis de dolor y miedo que traiga nuevos días de un atroz sálvese quien pueda. Es tiempo de reflexión y de acción. Es tiempo de solidaridad y de generosa FRATERNIDAD, de justa y necesaria IGUALDAD de oportunidades y de responsable LIBERTAD. Apoyémonos, ayudémonos, confiemos en la honestidad de las buenas personas, en su trabajo y en sus valores. Escuchemos a aquellas y aquellos que comparten su conocimiento sin pretender convencer y apartemos a quienes llevan tanto tiempo haciendo de su propio provecho dolor y sufrimiento de muchas y muchos. No volvamos a equivocarnos, no volvamos a permitirlo. En nuestras decisiones y nuestro corazón está que así sea. #AHORAESELTIEMPODEMAÑANA.

Es la hora de gobernantes pero también de los bancos y de tantas empresas patrióticas del Ibex35 que de manera ruin se llevan parte de sus beneficios a sus sociedades en paraísos fiscales. Ahora es su momento para destacarse de mostrarse como empresas y bancos con valores reales y no con una #RSE maquillada y de conveniencia. Todas y todos nosotros seguimos pagando nuestros impuestos, los servicios que usamos, incluso los que no podemos usar, haciendo un esfuerzo que pone en riesgo nuestros escasos recursos, mientras algunos siguen haciendo caja en nuestras dificultades. Por eso los que más tienen gracias a nosotras y nosotros, tienen la oportunidad de ponerse al lado de las personas y las empresas que ahora tanto les necesitan. Ahora no es tiempo de interesadas moratorias en las facturas, esas que permitirán a las multinacionales españolas seguir mejorando sus cuentas de beneficios a cuenta de la ruina futura. Cuando dentro de 5 meses sus clientes tampoco puedan pagarles. Ni de sacar pecho con créditos blandos y rentables avalados por el estado con los que seguir ganando dinero a costa de la necesidad de muchas y muchos. Ni de presumir de compromiso social cuando algunas empresas están doblando su producción o cobrando recibos mensuales o anuales. Es la hora de demostrar si creen en las personas y las empresas de este país, esas que tanto les han hecho ganar o si a los bancos y las empresas «patrióticas», las de las donaciones mediáticas e impuestos escondidos, las de cara bonita y corazón sucio, como ya pasó hace años, solo les interesa el trato mercantil, la suma de dividendos y ganar dinero con el dolor de la gente. Es la hora de pensar en las personas, la hora de esos que se dicen patriotas, es la hora de apoyar al país y a su gente. #Niunreciboentresmeses

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Yo te apoyo

 

Anoche, haciendo recuerdos de un tiempo pasado, me recordaron un chiste de borricos, de esos que se contaban cuando éramos niños y niñas decía: «Qué pena mi borrico, ahora que se había acostumbrado a pasar hambre, va y se me muere». Es un chiste con vuelta, de esos que hacen pensar. Enseguida me di cuenta de lo oportuno del rebuzno chistoso. Pensé, en estos tiempos difíciles ¿Cuántas empresas y profesionales se sentirán como ese borrico, que se había acostumbrado al tiempo de la dura precariedad y que no ve más salida que tirar la toalla? Sin duda son más de las que creemos. Entre todas ellas estoy seguro de que hay muchas personas que han puesto todo lo que tenían en un sueño y que ahora despiertan en medio de una cruel e injusta pesadilla. Por eso ahora debemos plantear cadenas de apoyo y ayuda para juntos intentar salir a flote.  Se ha dicho siempre que la unión nos hace más fuertes, por eso en este tiempo de apuro y mientras se va solucionando lo urgente, es necesario que todas y todos estemos unidos y apoyemos y demandemos los servicios y productos de aquellos y aquellas que se esfuerzan por mantener el compromiso diario con la labor bien hecha. Es urgente que apoyemos a quienes hacen del amor puesto en cada tarea, modo de trabajo diario. Que confiemos en quienes saben que lo primero es antes y que siempre lo importante va primero que lo superficial. Es necesario apoyar a quienes crecen alzándose sobre sus valores humanos y éticos. A quienes creen que son los buenos medios los que construyen un mejor fin y apoyar a quienes ponen lo que son, al servicio de lo que hacen. Pequeñas empresas con creatividad y valores. Pequeñas tiendas cercanas que hacen un comercio más justo. Hosteleros que cuidan el detalle y trabajan con productores de cercanía. Profesionales y artesanos honestos y de ley.  Es crítico que cuando solucionemos lo urgente,  contemos con ellas y ellos y contratemos a profesionales y empresas valiosas y con valores, para que después que pase la pandemia, unidas y unidos todos, dejemos de ser como ese borrico hambriento y precario que trabaja sin más esperanza que sobrevivir y podamos crecer de otra manera más justa, más equitativa y armónica, más sostenible y menos precaria para así dedicarnos a lo importante, mantener vivo y fuerte el libre latido de la vida. Porque acabar con la pandemia es cuestión de una vacuna, recuperar la salud de nuestra sociedad, tiene que ver con nuestras decisiones, nuestros hábitos y nuestros compromisos con la vida.

AJV
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Y yo con estos pelos

 

Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces nos vemos una vez al mes. Hablamos. Me escucha con paciencia y arregla los desvaríos de mi cabeza. No le pido milagros, solo que ponga orden en ella, que eso es ya mucho. Por si no lo saben, desde bien pronto empecé a pelearme contra mi propia naturaleza. Intentaron una y mil veces alisar el empeño de rebeldía sin causa. Hasta que un día me miré al espejo y comprendí que por mucho que nos empeñemos en estar siendo, hay que asumir la verdad de lo que somos. En eso Luisa siempre me dio la razón y nunca se puso en contra de mis remolinos. «Lo mejor es no pelearse con uno mismo. Fluir, dejar que el pelo siga su natural condición sin forzarlo y poco a poco ir comprendiéndolo hasta sacar virtud de ello». Luisa siempre destacó por su natural inteligencia y un don especial para manejar cabellos, peines y tijeras. Siempre se ha considerado una artista, efímera, pero artista. Acabados sus estudios obligatorios, se dejó un dinero que en su casa no sobraba, en una academia donde habrían de pulir su oficio. Allí acudía mucha gente a cortarse el pelo a un precio casi simbólico a riesgo de salir trasquilado. Pero eso a Luisa nunca le pasó, es más, aquello le sirvió para hacerse con una clientela que atendía a domicilio y ganarse un dinero con el que ayudar en casa. Sin embargo aquel dinero que entraba limpio pero se volvía negro, no le gustaba. Ella tenía otros sueños y otros compromisos. Quería tener su propio salón. Dar trabajo a algunas buenas compañeras y pagar sus impuestos, que como ella le gusta decir: «para eso están, verdad. Para que con el trabajo de todas y todos mejoren las cosas». Así es Luisa: una buena profesional de lo suyo y comprometida con lo de todas y todos y por eso, después de 7 años, sigo acudiendo a su salón a cortarme el pelo.

Durante estos 7 años de conversación y tijera, he asistido a la consolidación de su actividad profesional. He pasado por tiempos en los que se tenía que pedir cita con muchos días de antelación y en el salón había hasta 4 personas contratadas trabajando a pleno rendimiento, hasta estos de ahora, de penurias y duras incertidumbres. A Luisa es difícil borrarle la sonrisa de la boca. Ni la crisis, esta última que vino para quedarse lo ha conseguido. Conociéndolo o no, desde el comienzo hizo suyo ese dicho chino que recomienda a «quien no sepa sonreír que no abra una tienda». Nunca he visto a Luisa tan feliz, ni tan orgullosa de su éxito como en esos días. Sus redes sociales estaban llenas de fotos de su equipo de trabajo. «Estoy dando trabajo a 4 personas», me decía emocionada. Sin saberlo Luisa era una emprendedora, quizá por eso cuando empezó la gente dejó de arreglarse se aferró al negocio y como no le faltaba visión de futuro, invirtió en una máquina de Rayos Uva y otro de laser de diodos para la depilación. Al principio no le fue mal y parecía que con lo ganado se podría amortizar la inversión pero la apertura de varias franquicias de grandes centros de Depilación y Rayos terminaron por crear la tormenta perfecta y todo fueron pérdidas. Luego lo vio claro, sin que hubiera llegado aún Rosalía ni se le esperase, se dijo, vamos a trabajar la manicura. Y contrató a una especialista en el asunto. Al principio con lo ganado pagaba los seguros sociales y alguna clienta se quedaba para hacer el pelo, pero enseguida llegaron los anuncios de las «Nails» y recortaron su visión de negocio. Luisa me decía: «si yo le veo claro, pero no puedo con esa competencia tan desigual y lo peor es que tengo que aguantar al listo de mi cuñao, que no ha dado un palo al agua en su vida y me dice muy ufano…es el mercado y la globalización cuñada».

De un tiempo a esta parte Luisa no es la misma. Salvo una chica que le ayuda los viernes y sábados, está sola. Ya no sonríe y cuando me acerco a su salón solo escucho su queja. «Viene la gente y me pregunta que cuánto cobro por un corte o un tinte. Así como en los tiempos de mi abuelo, cuando «El corte de París» era la única tienda de precio fijo, el resto al regateo. Les enseño el panel de precios y me sueltan, más abajo me lo arreglan por 7€. Y yo les digo pero a usted le lavan la cabeza, le dan un café mientras espera. El tinte es de calidad y ecológico. Se toman su tiempo para hacer bien su trabajo…y sabes que me responden…7€ y se van.» Ella sabe que no son buenos tiempos para nadie y menos para quien quiere hacer bien su trabajo y vivir con dignidad de ello, por eso resuelve: «Me quedan dos opciones: la primera, competir por precio, bajando la calidad. Cobrar menos por hacer peor mi trabajo. La otra mantener un precio justo y seguir perdiendo clientes y clientas a sabiendas de que con  los más fieles no saco, ni para pagar los impuestos y las dos, como los mandamientos, se resumen en una: llegar a casa triste y derrotada». Y se le nota en la cara y en el animo. Las ojeras ya no se esconden bajo su sonrisa. Están ahí como la muestra de su compromiso con fe y nunca mejor dicho. Al fin y al cabo la fe es la confianza mantenida en algo que difícilmente se puede sostener. Por eso, cuando me pregunta con ingenua resignación que qué ha hecho mal. Me dan ganas de decirle, pregúntale a tu cuñado, ese que no ha templado un tirante en su vida y verás lo que te dice…»es el mercado y la globalización cuñada». Pero yo me calló, porque decirle eso me parece injusto con su tesón y cruel con su laboriosa verdad. Por eso enjugando una tímida lagrima de su rostro le digo lo que siento, Luisa, tú no lo has hecho mal y me responde…»pues eso creo yo. Lo he dado todo para mantener mi sueño en pie. Por darle una oportunidad a otras mujeres, que como yo necesitaban trabajar. He invertido lo ganado y cuando se me acabó, me he endeudado. Me he reinventado, reciclado, ajustado gastos sin perder la calidad de mi trabajo…y cada día llego a casa triste y derrotada. De mal humor, sin ganas de nada ¿Tendré que volver a trabajar en casa y en negro como cuando empecé?»  y entonces desde la cómoda vanidad del observador pienso que el mal de la precarización no es solo una enfermedad sistémica de origen económico, si no que es un mal, un cáncer que permeabiliza el humus social empobreciéndolo, desarraigándolo de valores sencillos que son fundamentales para la convivencia como la confianza y la alegría responsable y termino por creer que quizá ninguna de nosotras y nosotros tengamos soluciones para Luisa, pero sin duda, todas y todos tenemos nuestra parte de responsabilidad.

Luisa siempre se ha sentido una artista, efímera y por los pelos, pero una artista. Por qué no, dice ella. «Quizá con mi arte no cambie el mundo, pero yo puedo cambiar el día de muchas personas…y que no me digan a mi que eso no es compromiso con mi arte y el mundo». Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces y una vez al mes, ella se encarga de cambiar mi día.

 

Alfredo Jaso

Foto: AW Cretive

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El pan nuestro de cada día

 

Sabemos diferenciar lo bueno de lo malo,incluso afinando aún más, lo bueno de lo excelente. Quien puede y a veces quien no debe permitírselo, está dispuesto a pagar más por el valor diferencial que propone un producto más caro, cuando este creemos que aporta una aparente distinción o un pretendido prestigio. ¿Quién no ha escuchado alguna vez decir, son caros pero…? pero esa calidad percibida y reconocida, ¿Se paga en productos de uso diario? No hace mucho conocí a Miguel, un tipo comprometido que decidió darle una vuelta al negocio familiar. Apostó por apoyar a productores locales. Decidió hacer una selección de materia prima basada en la calidad. Desarrolló su trabajo pensado en minimizar la huella ecológica de su actividad y orientó su negocio conforme a sus valores de responsabilidad ética. Miguel daba el tiempo justo de maduración a su masa madre, elegía la mejor madera para el horneado de su pan. Cuidaba la presentación del producto e incluso desarrolló un plan de comunicación que destacaba esos valores, que junto a su competente manera de trabajar, él consideraban que hacían la diferencia con otras ofertas, a la hora de comprar el pan nuestro de cada día.  De resulta de todo eso Miguel hacía un pan delicioso y sano pero necesariamente algo más caro. Miguel era un orgullo para el barrio. Salía en la prensa regional cada vez que se reconocía su mérito y su compromiso con un premio y su bonita panadería los fines de semanas tenía colas para comprar su producto. Cambié de ciudad y al volver de visita, 3 años después, vi cerrada la panadería de Miguel. La casualidad quiso que me lo encontrará en un parque cercano y al preguntar el por qué del cierre me dijo que al principio le iba bien, pero que al pasar el primer año, la mayoría volvió a comprar el pan en los supermercados donde lo regalaban como reclamo para otros productos y en la nueva gasolinera, donde vendían una barra de masa congelada por 0,40 y a cualquier hora del día. Así me fui quedando sin clientela y solo con los más fieles no cubría gastos. Me dijo, yo no quería competir de esa manera. No quería bajar la calidad de mi producto y llegar a casa triste y malhumorado por claudicar y pervertir mi compromiso, pero al final llegaba malhumorado y triste, porque por mantener mis valores éticos, cada mes me costaba dinero venir a trabajar. Al final, estaba haciendo pan para devolver lo que me prestó el banco por una ayuda que en realidad venía de unos fondos europeos de apoyo al emprendimiento. Estuve a punto de perder  mi casa, así que en dos meses cerré y volví al horno familiar. Entonces Miguel me miró y con gesto de preocupación me dijo: has engordado y tienes mala cara ¿Algo va mal? Le respondí, no duermo bien y ando con el estómago revuelto. Trabajo mucho, duermo poco y cada mes ganó menos, es el estrés y la responsabilidad, le dije. Entonces él tomó aire y con resignación y señalando hacia mi estómago sentenció… no te engañes, es el pan del Carrefour…y pensé, quizá nadie tenga respuestas pero todos y todas tenemos la responsabilidad.

Alfredo Jaso
Foto: Mae-Mu

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Sosteniblidad y rentabilidad

 

Nos gusta decir pretenciosamente que nuestro tiempo presente es más complejo y confuso que otros tiempos pasados. Pero no vale la pena andar en comparaciones. Ni agarrarse a las circunstancias para justificar miserias y temores. Mas allá de volver la vista para reconocer la fortuna del camino andado, no es bueno mirar hacia atrás más y comparar el ahora de hoy con días pretéritos. Al fin y al cabo, como dicen las personas mayores cuando alguien fallece a la edad que sea, «uno siempre está en lo mejor de la vida». Es cierto que no tenemos otro tiempo que vivir que este que nos ha tocado. Cierto es que vivimos un tiempo en el que se confunden valor y precio y nada se aprecia si no sabemos lo que vale. Vivimos días que enfrentan el valor de los valores, con el valor de lo que vale y hoy como siempre, parece que lo que más vale es lo que mejor se vende. Por eso imagino la pregunta que cualquier persona emprendedora se hace ahora, tras más de 40 minutos escuchándome hablar sobre la necesidad de afianzar nuestra identidad y nuestra creatividad sobre el valor de unos valores. ¿La creatividad con valores es sostenible y es rentable?
Como se ha visto hoy, yo creo en el valor de las palabras. Creo que cada persona tiene su propio nombre y hay que llamarla por su nombre propio. Por eso me incomoda ese neolenguaje de palabras de vieja apariencia y novedoso significado que proponen el disfraz de la innovación y el cambio para que en el fondo aceptemos una cruda realidad. El ejemplo más palmario de esto es la más reciente en llegar: Resiliencia. Una manera atractiva de decirnos: «Aguanten. No se quejen. Resistan, asuman como inevitable lo que ven a su alrededor y continúen». Las palabras tienen valor por lo que significan y por eso hay que estar muy atentos porque cuando esas palabras nobles y bellas se manosean mucho y se hace con manos sucias, las palabras pierden su rigor y su brillo y terminan por usarse interesadamente. De entrada vayamos con la definición de otra de las palabras de moda:sostenibilidad. La sostenibilidad vendría a ser todo aquello que no necesita de nadie y se sostiene por si mismo para existir. Convengamos que el modelo de sostenibilidad que se nos propone, se desarrolla dentro de un sistema económico y productivo controlado. En él los medios de producción están en manos de muy pocos. Estos grupos de interés controlan y condicionan el consumo y la demanda y por tanto, todo eso que llamamos sostenible está en manos de quien de manera irresponsable nos ha llevado a la crítica situación medioambiental actual. Por lo tanto, hablamos de una sosteniblidad de «cara lavada» que mantiene el beneficio de unos pocos gracias al necesitado consumo de muchos. No obstante, aceptada la cautividad y dependencia a la que nos lleva este modelo insostenible de interesada sosteniblidad, convengamos que minimizar nuestra fea huella ecológica es conveniente y necesario. Pero volvamos a la pregunta ¿Existe la creatividad sostenible? Si mantenemos el mismo criterio y como sostenible definimos aquella creatividad que depende de si misma para subsistir, la respuesta claramente es no. En la mayoría de los casos esa creatividad queda a expensas del mercado y de quien la compra. Admitamos pues que en la precariedad a la que este sistema económico dejamos que nos lleve, en la que cada vez más se prima lo barato sobre lo bueno y bonito, no hay sostenibilidad, solo hay subsistencia dependiente envuelta en buenas intenciones creativas. Si la lectura la hacemos desde el punto de vista medioambiental, sería sostenible aquella creatividad que en su desarrollo minimiza el impacto de su huella ecológica. Si juntamos estas dos visiones y respondemos con una mirada global, yo sostengo la teoría de que cuando la creatividad se expresa a partir de unos valores, es siempre buena y bonita y además en sí misma sostenible. ¿A la pregunta de si la creatividad por valores es rentable? Os diré que siendo una persona que todavía mantiene sus inquietudes, pienso aún y de manera convencida, que todo lo que se hace desde el respeto, la responsabilidad y el amor, todo lo que se incardina en unos valores, es sostenible y rentable. Quizá no siempre en resultados tangibles pero para mi, lo es siempre en intangibles muy valiosos. Valores que crean otro tipo de riqueza que va más allá de lo meramente mercantil.

No obstante a esa persona emprendedora que tiene un proyecto creativo, a quien quiere ser artista gráfico o sencillamente a quien quiere vivir una vida plena y consciente, le diría que dedique su tiempo a vivir observando atentamente, que aprenda a escuchar con humildad, que dude y se pregunte quién es y quién está siendo, que intente comprender y comprenderse sin prejuicios y que comparta lo vivido y aprendido sin miedo y que con esas herramientas en su mente y sus manos, dedique su tiempo al desarrollo de buenas ideas que tengan profundidad y aspiren a mejorar el tiempo que viven y no tanto, en pensar en los frutos que obtendrá de ellas, porque quién piensa que el dinero todo lo hace, terminará haciendo cualquier cosa por dinero…y no me refiero a nada ilegal, que sea pecado o engorde…a veces por dinero se pierde un bien  cada vez más escaso y preciado:la dignidad. En una ocasión, un compañero ante mi negativa a hacer un sustancioso trabajo cuyo fin no me gustaba, me respondió que con la dignidad no se come…y tenía razón…con la dignidad no se come, de dignidad nos alimentamos para seguir en pie y no vivir de rodillas.

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Cuentos por Cuentas

 

Debemos convenir que elevar a categoría de extraordinario aquello que debería de ser común, es un fraude. Una estafa que busca igualar en la medianía, quizá para hacer destacar aquello que debería ser natural y cotidiano y que sin embargo, en estos tiempos que nos ha tocado habitar, interesa que se  convierta en excepcional. En este cambalache de valores sin valor, de genial retruécano de ideas y actos geniales, se banalizan unos y otras, desprestigiando el significado esencial de palabras y actos nobles. Así, cualquier ocurrencia pasa a tener categoría de idea. Un folletín interminable y por capítulos se convierte una serie de culto y prestigio. Una actividad deportiva, en arte que conmueve emociones y encierra identidades. Un debate mundano entre voces e insultos, se define como un ejercicio de uso y libertad democrática. Una cita gastada, en un destello fugaz de inteligencia o un comentario ingenioso, pasa a ser una genialidad digna de difusión, admiración y aplauso. Pero con todo, esto no es lo peor. En esa generalizacion,  las palabras y actitudes bellas y generosas, que deberían ser de uso y conducta cotidiana y utilizarse sin admitir amaños ni trampantojos,  se diluyen en la impostura y la pose hueca del ego bobo y simplón y la mercadotecnia más interesada y ramplona para desarmar la solidez de esos valores humanos y disolverlos en su esencia.

Ser responsable y respetuoso y tomar consciencia de las repercusiones que nuestras palabras y obras tienen en la vida que compartimos con otros y otras, debería formar parte de la educación vital. Adquirir ese conocimiento humano que nos ayude a crecer como personas es fundamental. Pero tendemos a confundir instrucción y formación con educación. Nos preparan para nuestro futuro pero no para vivir de manera plena nuestro presente. Educar es entregar a cada persona las herramientas necesarias para que puedan decidir de manera consciente, responsable, respetuosa y libre. Así, llenaríamos el mundo de personas que tienen el compromiso de asumir sin necesidad de trápala ni embuste, las consecuencias de sus actos. Seres humanos que no son infalibles y se equivocan, pero que en la medida de lo posible, se apoyan en la creatividad y la experiencia para procurar aprender y mejorar. Y lo que es más importante, personas que educadas en esos valores de respeto y responsabilidad, asumen de manera natural e inteligente esa actitud responsable y respetuosa en cada una de sus palabras y actos. Sin precisar de un certificado que califique su comportamiento. Sin que para ello sea necesario pasar por un altavoz que publicite su respetuosa manera de actuar. Sin echar cuentas en el debe ni contar cuentos que despistan. Sin que ellos y ellas fuercen la pose, finjan el gesto y flaqueen en el compromiso. Sin duda que de esa manera, una a uno, personas conscientes de su responsabilidad y comprometidas en el respeto,  harían del mundo un lugar mejor sin necesidad de alardes ni alaracas.

Lo que los expertos y expertas en la materia llaman  Responsabilidad Social Empresarial o Responsabilidad Social  Corporativa, se presenta como un alto compromiso y una misión ineludible que manejando un neolenguaje comercial, sitúa en el ámbito de lo heroico aquello que debiera ser natural y cotidiano en el devenir de los negocios y las empresas. Bajo una panoplia de conceptos manidos y vacuas ideas, se nos habla de la Sostenibilidad en los procesos , de la Ética en las manera, de la Proactividad como un equilibrio entre la visión de vanguardia y un enfoque pragmático… Conceptos que lucen en páginas webs y documentos de empresa con la fatua pretensión de mostrar que el beneficio industrial, se obtiene de manera honesta, cuidadosa y revierte en la sociedad de forma equitativa y justa. Palabras puestas en tantas ocasiones al servicio de un cuento, tras el que se esconde la ruda pretensión de mejorar las cuentas. Gestos exagerados y palabras huecas que a menudo consiguen que cualquier actividad anodina a la que se le aplica una vistosa pátina de carácter social, cobre brillo y relumbrón, por mostrarse como un gran logro empresarial.  Así, vemos e continuo y publicitado con gran pompa como a cuenta de cambiar las bombillas o sustituir botellas de plástico por jarras de cristal, eso si, convenientemente serigrafiadas con la identidad corporativa de la empresa y subidas inmediatamente por el gestor de redes a la plataforma social más adecuada, se defiende la RSE como ejemplo a seguir e imitar.  Por algo se empieza, si. Pero cuando poco se habla de igualdad de oportunidades, de la conciliación, del trabajo estable y de calidad, respeto entre empleadores y empleados… querer sacar partido de un gesto tan endeble como estos u otros parecidos por arrimarse al ascua de la RSC/RSE, es feo y venderlo como ejemplo de compromiso responsable, suena como poco, a aprovechado.

Para la actividad de cualquier empresa o  profesional es importante desarrollar un Plan Social que defina honestamente una manera de actuar socialmente respetuosa y responsable. Resulta crítico que esos valores impregnen la «filosofía» de la empresa de manera vertical y horizontal como un compromiso a mantener. Urgente que se difundan y conozcan entre las personas que desempañan sus tareas en ella. Necesario que todos y todas la asuman como un compromiso ineludible y una manera de actuar responsable y beneficiosa para el común de los «afectados». Sin embargo, rara vez vemos que la RSC se convierta en un compromiso real más allá de gestos elocuentes y palabras de ringorrango. En contadas ocasiones vemos que su aparición en las empresas sea  la consecuencia responsable de una decisión consciente al tomar conciencia de la huella, que para bien y para mal, deja la actividad en su entorno. En contadas ocasiones se refleja en ese Plan Social la relación de respeto que ha de fraguar como el armazón sólido que sostenga las relaciones laborales. Así en demadiadas ocasiones ese Plan Social es un propósito de puertas afuera. Un compromiso que tiene como referencia la palabra de moda: «sostenibilidad» y que más allá de gestos para la galería no aclara de manera responsable que es lo que se ha de sostener. Pondré varios ejemplos de ello. Uno de nuestros clientes desarrolla una interesante actividad profesional en el ámbito de la educación. Su proyecto de éxito propone la posibilidad palpable y real de una transformación social de gran impacto a corto, medio y largo plazo. Contactamos con una industria con gran implantación en un entorno geográfico y social deprimido, que tiene a gala presentarse como una empresa socialmente responsable. Se les propone que con un bajo coste en recursos y una gran repercusión transformadora entre los trabajadores y trabajadoras de la empresa, sus familias y el entorno geográfico más cercano, apoyen esta iniciativa basada en la educación que es claramente transformadora y socialmente responsable. La actuación se compromete a incrementar el retorno positivo de la inversión durante décadas y vincularlo,  generación tras generación,  a la imagen favorable de la empresa en el entorno de su actividad industrial. Pues bien, llega la respuesta. En ella se alaban las bondades del proyecto, pero esta empresa tiene otra manera de interpretar la RSE. Se prefiere apoyar proyectos en el tercer mundo, vinculados a ONGS bien implantadas en el territorio y con redes de colaboración con asociaciones locales. El compromiso es repartir algunos de sus productos como una acción social en comedores infantiles. Se consiguen así cuatro objetivos: liberar excedentes defectuosos difíciles de colocar en un mercado que exige unos parámetros de calidad en la producción. Abrir mercado llevando sus productos a nuevos consumidores, creando una cuota de demanda. Al tiempo se establecen contactos comerciales con empresarios y administraciones locales, con la idea de poder abrir en un futuro fábricas. Y cuarto, la acción se publicita en medios de comunicación nacionales e internacionales como parte de la filosofía de Responsabilidad Corporativa de la empresa y se vende como un buen ejemplo de solidaridad con los más desfavorecidos. Paralelamente se negocia con los sindicatos, peores condiciones laborales y se amenaza con externalizar parte de la producción industrial. La pregunta es sencilla ¿Es lícito que este tipo de acciones se entienda como un ejemplo de apoyo al desarrollo del tercer mundo? ¿Esta empresa debe de ser aplaudida como socialmente responsable? Pero vayamos con otro ejemplo más cotidiano. Con el beneplácito de la empresa que arrienda nuestra oficina se procede a tomar medidas para sustituir uno de los elementos de acceso y seguridad. El encargo se realiza a una empresa que en su publicidad aporta como valor diferencial su compromiso con la RSE. Se presenta como una empresa respetuosa con el medio ambiente y la gestión del reciclado de sus recursos, algo a lo que ya obliga la ley. Anuncia que una parte de su flota está compuesta por vehículos híbridos, comprados en parte gracias a una subvención. Dice con gran énfasis que en sus instalaciones se consume café de comercio justo y desde hace tiempo, se apoya a un equipo de deporte femenino al que ademas aporta su nombre comercial. Interrumpo al operario en sus labores para preguntarle que si en lugar de sustituir el elemento en cuestión por uno nuevo, no sería suficiente con sustituir la pieza defectuosa. El compañero trabajador se gira y me responde con displicencia: «¿Sería mejor para quién? Yo le respondo, que seria mejor para todos, se recicla, se fabrica menos y desciende la huella ecológica que todos dejamos. Además en Metáfora, no ofrecemos productos o servicios que nuestros clientes no necesiten. Es bueno tener unos valores y ejercer nuestra responsabilidad social. Además, le digo, su empresa así lo defiende en su publicidad comercial. El abnegado trabajador, sin dejar de tomar medidas, concluye con sobranza. Pero usted ¿En qué mundo vive? El encargo de mi jefe es vender el producto como sea. Mi obligación es hacerlo así y de paso llevarme la comisión. Y si hacemos bien nuestro trabajo, para alegría de todos, así será por muchos años. Esa responsabilidad de la que habla está bien para la empresa mientras nos ayude a vender, si no es así… y yo esos valores, que quiere que le diga, los tengo para mi casa. Entonces mi pregunta es sencilla ¿De que sirven esos valores de Responsabilidad social si son una mera añagaza para vender más? ¿Merece un premio esta empresa por sus supuestos valores responsables? En Metáfora siempre hemos pensado que hacer las cosas bien debería ser el premio y no nos parece que deba premiarse aquello que de natural por compromiso, respeto, responsabilidad y en muchas ocasiones ya, por obligación legal, se ha de hacer bien siempre y para el bien de todas y todos.

Por eso elevar a categoría de extraordinario aquello que debe de formar parte de la manera de actuar de todas y todos, no solo desvirtúa y pervierte el significado de palabras bellas y nobles, si no que tiene viso de pretender el fraude y el engaño.  Si una empresa se dice socialmente responsable , pero mediante técnicas de «contabilidad creativa legal» maquina para pagar menos impuestos o desarrolla un entramado empresarial en paraísos fiscales, o en sus relaciones laborales no respeta las condiciones de calidad  en el trabajo, podrá patrocinar equipos deportivos o colaborar con Ongs en el tercer mundo, pero está ensuciando la palabra RESPONSABILIDAD.  Si una entidad financiera se dice socialmente ética, pero apoya el negocio de la especulación de productos perecederos generando hambrunas y muertes o respalda o participa en el negocio armamentístico de la seguridad y la guerra, está pervirtiendo la palabra ÉTICA. Si una empresa se dice socialmente respetuosa, pero con su actividad colabora a establecer cadenas de pobreza y explotación y a deforestar pulmones verdes del planeta, puede apoyar eventos solidarios y realizar donaciones millonarias, pero está desprestigiando la palabra RESPETO. Si en el ejercicio de una actividad profesional alguien se dice honesto pero en su quehacer diario, se suceden prácticas abusivas o desleales, podrá pagar campañas de publicidad para destacar su compromiso, pero estará vulgarizando la palabra HONESTIDAD. Si una sociedad se dice solidaria pero mira hacia otro lado cuando se recortan derechos humanos, empeoran las condiciones laborales o se tolera la violencia contra él o la distinta y más indefensa, sin duda podrá alzarse como solidaria pero está tribializando el significado de la palabra SOLIDARIDAD.

Educar para que la mayoría de las personas asuman de manera natural unos valores que promuevan la Responsabilidad y el Respeto entre las personas y dentro de las empresas, debería de ser lo común. Cumplir con unas normas y ser Respetuosos y Responsables con lo que exige la ley, debería ser lo habitual. Sin embargo, alzar, presumir y publicitar aquello que debiera de ser cotidiano, para darle una aparente categoría de algo extraordinario y excepcional y justificarlo como una ventaja comercial, deberemos de convenir que  supone avanzar en esa vulgarización y rebaja de los valores, buscando igualar en la chocarrera medianía. Ya lo dijo Discèpolo en su conocido tango Cambalache «Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio… Generoso o estafador. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! …Interesados y mediocres nos han igualao»… quizá esa sea la estratagema, que entre tanto cambalache y tanto disfraz, terminen por convertirse los bonitos cuentos en suculentas cuentas.

Alfredo Jaso

Foto: Laura Ockel

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15AÑOS

 

En Metáfora, 3 QUINQUENIOS de buenos trabajos nos han reafirmado en que la creatividad y la atención a los procesos y tareas es uno de nuestros valores diferenciales. Sin embargo en Metáfora durante estos 15AÑOS siempre hemos creído que tan importante como la calidad y creatividad de los trabajos hechos, es el cómo se hacen esos trabajos y los VALORES que impregnan el día a día de las tareas hechas. Valores que nos diferencian y se nutren de compromisos y acciones diarias. Que nos reafirman en una manera de ser y de trabajar. Valores que compartidos por todas y todos, las y los que aquí trabajamos y por quienes nos buscan, se convierten en beneficios tangibles e intangibles que siempre ayudan a creer. Valores y trayectoria que durante estos últimos 3 QUINQUENIOS han sido avalados por premios autonómicos, nacionales e internacionales, no solo a trabajos hechos, sino también a cómo somos y actuamos a la hora de enfrentar cada trabajo. Trayectoria y valores sostenidos no solo por nuestro buen hacer, sino por el reconocimiento de aquellas empresas y clientes que durante estos últimos 15AÑOS con su confianza en nuestra creatividad y VALORES nos permiten seguir trabajando. 

En Metáfora 5 TRIENIOS has sido bastantes como para saber que la creatividad no es solo una ocurrencia que aparece difusa de la nada. La creatividad es el resultado del esfuerzo coordinado de un equipo, capaz de hacer de la esencia de una idea, prototipo y ponerlo al servicio de un mensaje emocionante y eficaz. La fusión de un proceso de trabajo inteligente, basado en la búsqueda de la originalidad y la experiencia. Esa que permite descubrir el hilo de una buena idea, entre un sin fin de ocurrentes bobadas. La que se aparta de poses de moda y toma de la sabiduría, esa mirada libre, ese saber estar como si nada y que es capaz de ir más allá del conocimiento para profundizar de manera sólida y permanente. En 15AÑOS en Metáfora hemos aprendido que ser creativos es ser competentes en el saber hacer las tareas con verdad, amor, conocimiento y entregando siempre lo mejor que se tiene a cada proceso. 

En Metáfora, estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que tener éxito en la vida, es sonreír mucho y saber reírse de lo que no tiene importancia y también de lo que la tiene, pero no tanto. Nos han enseñado a saber que la vida ha de tomarse a broma, pero que debemos vivirla muy en serio y no al revés. Tomarla en serio para vivirla medio en broma. Tener éxito en la vida, es aprender a descubrir que la belleza y el amor están en las pequeñas cosas, en las más sencillas, las que tenemos más cerca, pero también, en la manera que tenemos de mirarlas y en la libre y respetuosa relación que mantenemos con ellas. Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que tener éxito en la vida, es querer mantener el compromiso con la creatividad y el trabajo bien hecho, sabiendo disfrutar del paso de cada tarea, para convertir ese gozo en una oportunidad para aprender. Que tener éxito en la vida es comprender que es bueno confrontar para aprender del que más sabe y que se debe de escuchar siempre con la mente atenta, para luego compartir sin miedo, olvidando tontos prejuicios. Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que el verdadero éxito está en el conocimiento adquirido, tamiz crucial de lo vivido y liviano poso de la experiencia. En querer mantener la mano tendida y la puerta abierta, en compartir para crecer y en el modesto afán por ser cada día un poco mejores.

Estos últimos 15AÑOS nos han enseñado que la confianza ganada con el trabajo bien hecho es un tesoro que hemos aprendido a conservar y que GRACIAS es la palabra que más nos gusta pronunciar. En Metáfora sabemos que 15AÑOS no son casi nada, pero en este tiempo hemos aprendido que poder celebrar un nuevo aniversario, es también querer celebrar la vida compartida.
GRACIAS.

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Anteojos

 

Debemos de admitir que lo que queremos que sea no siempre es lo que está siendo. Tomar consciencia de ello forma parte de nuestro aprendizaje vital y nos prepara para la inevitable frustración de asumir que no todo es siempre como queremos que sea. Ya lo dijo Erich Fromm. “La mayoría de la gente no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es solo una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive”. En una sociedad jibariza intelectualmente, desarmada de conocimiento capaz de generar la herramienta del sentido común. Mal educada sin el norte de la responsabilidad y el respeto y agarrada a la vanidad del querer ser sin estar siendo, asumir la frustración de aquello que deseamos que sea, no es, resulta doloroso y por ello complicado. Para paliar ese desasosiego vital de lo inalcanzable y facilitar la construcción de ese imaginario social complacido, trabajan a destajo una patulea de opinadores sin miedo. Una horda de analistas a sueldo. Una grey de publicistas sin escrúpulos y creatividad sin remilgos. Toda una panda de mentores de lo fácil, unas y otros entregados al afán de apuntalarnos el ánimo, el deseo y la displicente disciplina. Para nuestro mejor conformar, nos rodea una banda de gurús del «sisequiere-sepuede». Nos acosa una basca de pregoneros de las pragmáticas realidades con soluciones de estraperlo. Nos aturde una horda de predicadores, iluminados ganapanes del consuelo de una fugaz vida mejor. Unos y otras, puestos al servicio de hacernos ver y convencernos de que aquello que queremos, en verdad está siendo o definitivamente, será así. Por eso, para apuntalar nuestra tesis vital y salvar el pellejo de nuestras circunstancias, nos engañamos o dejamos que nos engañen y lo que es peor, desenfocando la realidad para acomodarla a nuestro interés, con la perversa ingenuidad de la infancia malcriada, engañamos a otras y otros. Generamos así una secuencia de mentirijillas o grandes mentiras, que se expanden como un virus venenoso que nos adormece y que son el lenitivo que necesita nuestro ego para sobrellevar la frustración. Mejor eso que pararse a observar atentamente quienes estamos siendo. Preferimos eso a intentar comprender y comprendernos sin prejuicios, interesados intermediarios, ni expectativas. Aceptamos señalar la culpa en otras y otros, en lugar de aceptar la responsabilidad de nuestras decisiones por acción u omisión. Buscamos una salida a la luz, sin reparar si esta es solo una linterna que nos marca un camino que no es el nuestro. Como escribió el premio nobel José Saramago «El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: unas y otros mirando imágenes y creyendo que la virtualidad imaginada del mensaje, es la realidad». Todas y todos con los anteojos de ver de cerca, concentrados y entretenidos en las vueltas de la pelusa de nuestro ombligo pero fingiendo que un objetivo lejano de retóricas palabras vacías, es el que centra nuestra liviana y complacida atención. Pero en nuestra mano esta ser críticos con nuestra manera de enfocar y mirar la realidad que vivimos. Es bueno hacer del deseo creatividad que nos impulse, pero no parapeto tras el que esconder miserias. No es malo aprender de la frustración y su mensaje de humildad si nos observamos con compasiva generosidad. Con apoyo y ayuda, si es necesario, pero sin gestores de lo ajeno ni intermediarios de lo propio, hemos de ser nosotros los que nos quitemos las lentes desenfocadas para discernir entre lo que somos y lo que estamos siendo, lo queremos ser y en lo que quieren que nos convirtamos. Es urgente aprender a ser honestos y conscientes. A distinguir entre la sinceridad irresponsable de quienes se esconden haciendo ruido y la verdad comprometida de quien sin alardes, se muestra para compartir generosamente y sin miedo lo vivido. Aceptar no es conformarse. Fluir no es desentenderse. Es urgente actuar en nombre propio y de primera mano para que nadie nos lleve del brazo y decida en nuestro propio nombre. Porque ese y no otro es el ser o no ser de la cuestión.

 «Hijos de España»

Alfredo Jaso

Foto: Skeeze

 

 

 

 

 

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Libros y caminos

En Metáfora sabemos que no todo está en los libros. Pero no tenemos ni una sola duda al respecto de que lo más importante está impregnando sus páginas. Enhebrando palabras podemos encontrar, el fulgor de sueños e ideas. No todo está en los libros pero recorriendo el camino de la ficción, ahondado en el conocimiento de los ensayos o dejándose llevar por el sonido profundo del poema, un ser humano alzado sobre la fraterna emoción puede encontrar ejemplos, preguntas, apuntes para respuestas, reseñas para sus dudas, esbozos para certezas, caminos por tierras oscuras, luces audaces para la espera.

La vida es un libro abierto con muchas de sus páginas en blanco. Leer bien el libro de la vida, escribirlo despacio y con buena letra es una invitación a observar atentamente. A comprender sin prejuicios. Escribir y leer el libro de los días, nos enseña a compartir generosamente lo aprendido y entregar la alegría sin miedo a que ni una ni otro vuelvan de regreso. En Metáfora sabemos que vivir y leer el libro de las horas, dedicando el tiempo a la consciente lectura, nos ayuda a para crecer libres y responsables y eso, necesariamente, hace que nuestras propuestas y trabajos tengan el brillo de una mirada más creativa y la consistencia de las páginas leídas con el deseo de aprender. En Metáfora sabemos que no todo está en los libros pero sin duda, en los libros está el camino.

Alfredo Jaso

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