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Producto interior brutísimo

 

Llevamos semanas viendo a los amos del Producto Interior Bruto, utilizar en su favor el amenazante mantra del tanto por ciento. Empatando valor y precio y con la fuerza bruta de una cifra que envilece, la automoción saca su 11%, el turismo su 15%, la hostelería el 12%… y con ese tanto por ciento tan bruto, acogotan al gobierno amenazando con cerrar sus negocios y dejar en la calle a una brutísima cantidad de trabajadores, si no se les permite libremente socializar sus pérdidas y que sea la caja común del estado la que pague sus cuentas. Resulta curioso comprobar que muchos de los que alzan la voz y tuercen el ceño reclamando la ayuda estatal, son los mismos que no hace mucho, decían muy ufanos que el estado estaba de más y en aras del mercado globalizado y libre exigían que se dejase al mercado regularse por sí solo, sin intervenciones ni injerencias. Estos a los que nunca nadie antes les dio tanto y que no se cansan de preguntar, qué hay de lo mío y para mí mientras amenazan con su tanto por ciento bruto, son los mismos que ponen el grito en el cielo y niegan las «paguitas» para otros y otras que tanto lo necesitan. Al parecer y según ellas y ellos, la renta básica desincentiva la búsqueda de empleo y adormece las conciencias. Sin embargo tienen flaca memoria para recordar que buena parte de estas industrias viven subvencionadas y que sus vivas conciencias están alertas para en cuanto pueden, birlarnos la parte sus beneficios para llevarselos al oculto paraíso. Estos que tanto piden para ellos enarbolando la amenazante bandera del tanto por ciento bruto, son los mismos que no abren la boca cuando lo que se discute y menosprecia el valor de lo público y lo que se pone en cuestión y en peligro, es el bienestar de las personas: su salud, que depende de disponer y dotar con recursos suficientes a la sanidad pública universal y la investigación científica que no dependa de las cada vez más escasas inversiones para seguir con su imprescindible trabajo. Su educación laica, de calidad, gratuita y obligatoria. El derecho a un trabajo y a una vivienda digna. La responsable y honesta transparencia en la gestión de lo público y que es de todas y todos. La urgencia de la igualdad de oportunidades entre personas, independientemente de cual sea su género o condición o el necesario acceso y apoyo a la cultura… ahí su respuesta pasa por la indiferencia a golpe de cacerola o la alusión a la injusta meritocracia de los que mejor lo tuvieron y lo tienen. Por eso vemos trenes y autobuses que recorren kilómetros sin límite de aforo, para llevar a quienes trabajan, a sus centros de actividad laboral. Hoteles esperando turistas nacionales e internacionales, para con las ayudas gubernamentales «salvar» la temporada. Pueblos y ciudades tomadas por mesas y sillas aprovechando de balde el espacio público para el beneficio privado. Lo cierto es que mientras todos lloran su aportación al PIB, para sacar el cuartillo para lo suyo, son las trabajadoras y los trabajadores esenciales de la CULTURA, que fueron los que antes pararon y son quienes más difícil lo tienen para regresar, los que menos piden y los que de momento, meno ruido arman. A veces parece que habiéndose acostumbrado a la silenciosa y dura precariedad, hubieran asumido el papel secundario de su importancia. Y no es así. Nos han demostrado que el suyo es también un trabajo esencial. Vital para encontrar lo que somos y señalar lo que estamos siendo. Útil para soportar lo que pasó y necesario para poder levantarnos en las dificultades que aún están por venir. Alguna vez he leído a personas mucho más capacitadas que yo, alzar el peso de la CULTURA dentro de ese ámbito de lo productivo, para justificar en grado bruto la importancia económica de este sector vital. Aunque teatros y museos van perdiendo su buen nombre a cambio de añadirles una coletilla comercial, no sé si es buena cosa enfrentar la dramaturgia con la automoción para demostrar la prevalencia de la CULTURA sobre los motores de explosión. No sé si como hacen los amos del PIB, es bueno empatar tantos por ciento y bruterío. Al final, interesadamente se confunde lo sonante con lo cantante y lo contante con lo con lo vulgar. Así es fácil olvidar que en contra de lo medible y comprable, lo inmaterial e intangible puede que para algunos tenga escaso precio, pero si tiene un enorme valor. Porque no siempre y solo el brutísimo producto interior tiene que ser el fiel con el que medir la fortaleza y el valor de un país. Conviene recordar que los productos brutos, por muy interiores que sean, no pueden servir para evaluar el poder y la calidad de vida de una sociedad…y en definitiva, que el PIB no puede ser la amenaza de unos cuantos para imponer su propio interés a las necesidades y la salud de los demás. Así, mientras algunos buscan arrimar el ascua del beneficio a su sardina llorando y llorando, pidiendo y pidiendo en un inagotable qué hay de lo mío (porque se consideran la gallina de los huevos de oro, un oro que si se pregunta a los trabajadores del turismo o de la hostelería, dirán que no es de buena ley), para sacar el máximo rendimiento a la cartera de los consumidores y la teta del estado, otros y otras, como los trabajadores y trabajadores de la #cultura, con menor peso en el PIB, aguardan sin más perspectiva que la espera. Pero si hablamos de CULTURA no podemos perder el tiempo tomando en cuenta tontos por ciento, ni productos brutos. Porque si le ponemos precio industrial a la CULTURA y a la vez no se la apoya decididamente desde las diferentes administraciones (o al menos y de entrada para le recuperación no se le ponen las cosas más difíciles que a otros sectores productivos) y todas y todos también la apoyamos desde los patios de butacas, las librerías, las salas de exposiciones, los conciertos, apoyando a los y las artesanas… lo que nos jugamos no es un punto del PIB, si no nuestra esencia como seres humanos con espíritu crítico y valores, como sociedad más justa y como país formado por personas respetuosas y libres.

Durante estas últimas semanas, hemos constatado con tristeza que aquí sigue valiendo la interesada lágrima y la abusadora presión del PIB para sacar el  máximo rédito, pero reconociendo que conviene ayudar a unos y otros, tengamos en cuenta también el valor fundamental de la CULTURA, apoyando el trabajo esencial de las mujeres y de los hombres que son el pilar sobre el que se asienta. Porque es nuestra CULTURA, VÍVELA.

Alfredo Jaso

Foto: Felix Mooneeram

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Marea baja

Vivimos un tiempo de marea baja, que deja al aire nuestras piernas débiles y flacas y muestra las vergüenzas que tapaban el mar de la abundancia. Días en los que se descubren debilidades de los que presumían de ser mucho y no eran tanto. Horas de cruda y precaria realidad que se resuelven en preguntas que muy pocos se hacen. ¿Acaso no sabíamos quienes eramos y dónde estábamos? ¿No tenemos de ni idea de dónde veníamos y hacia dónde vamos? Santos Discépolo, Enrique dejó escrito en su conocido tango «Cambalache» que el siglo XX fue un tiempo de «maldad insolente». Aún está por ver si este nuevo siglo, en la cuestión malvada, no dejará pequeño a su predecesor, pero si una cosa queda clara, es que el siglo XXI le hubiera brindado al genio bonaerense la posibilidad de escribir otro tango genial llamado «Paradoja». Vivimos tiempos de oscura confusión. Tiempos de extrañas paradojas. Hoy la potencia comunista que se candidata a liderar la economía mundial se ha convertido paradojicamente en un edén del capitalismo más despiadado. Cualquier Pope del neoliberalismo económico, tendría a China como el ejemplo. En las últimas décadas, combinando un sistema político comunista capaz de ejercer un control dictatorial sobre la población y apoyàndose en el recorte de libertades que permite explotar a sus trabajadores, China se ha convertido en una nación imperial que le disputa a Estados Unidos la supremacía mundial en términos del Producto Interno Bruto y producción de bienes. Sin embargo en esa pelea por el poder, paradójicamente los dos imperios antogónistas se apoyan. El imperio de occidente coloca en China sus industrias por la mano de obra barata; China aprovecha la industria financiera estadounidense y coloca en las empresas del amigo americano sus inversiones. Como ha sido siempre a lo largo de la historia, las dos potencias hegemónicas al tiempo que se enfrentan, se necesitan.

En el nuevo mapa de interés geoestratégico, China busca posicionarse como un nuevo imperio de orden mundial. Su funcionamiento es similar a imperios anteriores, pero adaptando la manera de conquista a los nuevos tiempos. Impone su prevalencia en el mercado desarrollando una táctica de tierra quemada que se basa en anegar los mercados apoyándose en una producción masiva y a bajo precio.  Si pudiéramos utilizar esa comparación, se podría decir que el mercado chino es un gran bazar 360º. Allí, en condiciones normales y sin estrés pandémico, el comprador puede encontrar en todos los productos fabricados, todo tipo de precios y calidades. Como es natural en cualquier transacción comercial, la calidad está condicionada por el precio. Así y en general, suele ser el importador, llevado por la demanda en origen, quien decide qué calidad lleva su mercado nacional.  Los mercados se inundan de productos chinos. Unos fabricados a  un precio más bajo para grandes marcas de lujo que se benefician de la transacción. Otros de baja calidad y a precio de saldo, se destinan para el consumo general. Nadie repara en el coste real que implica trabajar bajo condiciones cercanas a la esclavitud, ni de la repercusión que los escasos controles de calidad sobre procesos y productos, tiene sobre nuestra salud y la del planeta. A todas y todos parece complacernos ese modo de producir del que todos y todas pueden sacar su beneficio.

Ahora descubrimos que nos tapábamos con una manta corta y solo ahora, que se cae el trampantojo de la opulencia, nos sorprende la debilidad precaria de la estructura sobre la que nos alzamos. Pero permitanme usar mi despiadada memoria para repasar de manera sucinta, algunos hechos históricos vividos de primera mano, esto es, acaecidos durante los últimos 45 años. Como bien dijo Borges, el relato será fiel a la verdad, o al menos a la memoria de lo vivido, lo cual viene a ser lo mismo. El precio a pagar por la entrada en el mercado común europeo fue el desmantelamiento de una parte importante de nuestra industria más competitiva. Fue lo que se llamó de manera pomposa y cruel la «reconversión industrial». Por nuestro clima favorable, nuestros socios europeos nos asignaron para su solaz y mejor esparcimiento, el papel de hoteleros y camareros del sur. De aquella escabechina realizada en algunas de nuestras empresas productivas, se salvó parte de la industria automovilística, quizá porque ya estaba en manos del capital alemán o francés.  El dinero llegado de ese trueque, llamado fondos europeos, en lugar de ser usado con cierta perspectiva de futuro, se dedicó casi íntegro a gastarlo en grandes infraestructuras, necesarias muchas, otras quizá no tanto. Es cierto que esas infraestructuras aliviaban las cifras del paro pues creaban un gran números de puestos de trabajo, eso si siempre temporales, pero que se convertían rápidamente en motor económico. Tampoco hay que olvidar que esos dineros fueron a enriquecer a grandes empresarios ligados al poder, al nuevo y también al viejo. Entonces no se tuvo la visión o el interés de destinar una parte de esos fondos a crear un nuevo tejido industrial más sostenible y menos dependiente. Se perdió la oportunidad de generar valor en investigación y desarrollo, palabras que por entonces ya empezaban a sonar. Llegó pronto la necesidad de hacer caja y se hizo como desde los «Think Tank» del poder economico-financiero se nos dijo: descapitalizando el estado y vendiendo sus empresas más rentables a manos privadas. Fue lo que se conoció como «capitalismo de amiguetes». Los gobiernos de González y Aznar fueron vendiendo Telefónica, Respsol, REE, Argentaria…empresas que hoy están en poder de grandes fondos especuladores de matriz «fuereña». Fueron días de corrupción, blanqueo en paraísos fiscales, Sicav al 1% y «cultura del pelotazo».

Luego vino el gran negocio de la «globalización». Una oleada económica y mediática avalada por los gobiernos y auspiciada por los grandes poderes economico-finacieros, nos convenció de que lo bueno era eliminar las fronteras para producir de manera más barata para llegar a nuevos mercados. La solución hacerlo allí donde los derechos de los trabajadores y trabajadores de cualquier edad, son tan bajos como los salarios. Las barreras desaparecieron para la circulación de la producción y los capitales pero se hicieron más altas para las personas. Así las empresas más grandes, se agigantaron al tiempo que se cargaban todo un tejido industrial de proveedores e industrias auxiliares. Otros empresarios que por su tamaño no podían producir fuera, ante la bicoca globalizadora, decidieron cerrar sus fábricas productivas mandando al paro a cientos de operarios y operarias. Comenzaron a funcionar con media decena de trabajadores y se hicieron meros distribuidores de lo que se fabricaba fuera. Fue el jolgorio millonario de la globalización económica y las cuentas de las grandes empresas «patrióticas y benefactoras», en paraísos fiscales para evadir impuestos que debían de estar en la caja común del estado.

Llegó luego la crisis financiera. Hubo que salvar a las Cajas de ahorro y a algunos bancos. El coste de pagar la deuda se saldó con la transustanciación constitucional y poniendo en primer término de interés, el pago de la deuda contraída no evaluada. Los desmanes de unos pocos los pagaron los de siempre. Y se consolidó la rebaja de inversión pública en salud, educación, investigación y ciencia, en derechos sociales y laborales, en la pérdida de empleo y viviendas, en una bajada de precios en el sector primario en manos de grandes distribuidores y en un hachazo a cultura. Fue el tiempo de los náufragos del desempleo y el desahucio. Nos acostumbraron a hacernos fuertes en la precariedad.  Pasamos del «poco a poco, algo es algo» del desgraciado mileurista, al desesperanzado «es lo que hay» del trabajo precario y mal pagado. Así fuimos arrojando a la generación de nuestros jóvenes mejor preparados al mercado de la emigración. Lejos, algunos y algunas encontraron acomodo  liderando proyectos de investigación, coordinando grandes responsabilidad pero la mayoría sobreviven, con el deseo de regresar en el corazón y los pocas ganas de volver a España en la cabeza.

Con la zanahoria de la crisis aún rondando delante de nuestra narices, nos topamos con una pandemia de carácter mundial. Nos confinan para salvar nuestra salud y nos encontramos con un país, en el que los servicios públicos, especialmente el de salud, se enfrentan al embate con la  fragilidad propia de tantos años de interesados recortes. Más allá de la solidaria responsabilidad de casi todos y la creatividad de algunos, nos mostramos como un país incapaz de hacer frente a la demanda de los equipos necesarios para parar a la pandemia y enfrentar la debacle económica que está porvenir. Nuestra capacidad productiva está mermada por los años de reconversión, el paraíso de la globalización o la desafectación del inversor foráneo, que no tiene reparo ni escrúpulos en abandonar el botín dejando el barco en medio del temporal. En ese momento, como antes lo hicieron otros imperios «salvadores», emerge China como el gigante que tiene en su mano la sartén y el mango de la solución. Nos encontramos de golpe con la realidad del imperio, ese que ofrece respuestas siempre al mejor postor ávido de una salida como sea. Ese es el monstruo que hemos dejado que creciera con nosotros. Productos de calidad no testada a precio de oro. Entregas perdidas a pie de escalera de avión. Mascarillas y test defectuosos. Nada nuevo, pero que salta a la luz ahora y en tan mal momento. Conozco empresas que compran habitualmente en China. Ellos llevan años conviviendo con esa realidad. En partidas grandes, una parte del producto suele venir defectuoso. Lo asumen como normal en ese mercado en el que ellos prefieren eligir precio bajo a calidad final. Dependiendo de la situación,  deciden presentar una reclamación en china o esperar a la queja del cliente final. La primera opción en país burocratizado es compleja. ¿Nos extraña? No es nada nuevo. Lo llevamos sufriendo aquí cada vez que presentamos una reclamación ante una operadora de telefonía, aseguradora o entidad financiera, otro regalo de la globalización. La segunda pasa por la paciencia y el nivel de enfado del cliente final, si este aguanta la protesta y amenaza con ir al tribunal de arbitraje,  se le cambia el producto o devuelve el dinero. En fin, hacen lo mismo que tanto afeamos a los proveedores chinos y que aquí ya sufrimos como práctica comercial habitual de las grandes empresas y en ocasiones de las que no lo son tanto. Nos lo hace nuestro frutero de confianza cuando entre los 3 kilos de manzanas nos cuela dos «marcadas» y lo justifica diciendo que no se las va a quedar él y las tendrá que ir repartiendo entre todas y todos. Allí y aquí, se aprovechan de su prevalencia en el mercado, para sacar el máximo provecho con el mínimo costo, porque al final de la cadena, el desaguisado lo pagan los de siempre. Así pues y a la vista de este somero repaso histórico, tenderemos que convenir que la culpa no es  solo del imperio chino, que con sus cosas, a la fin y a la postre, se comporta como anteriores sedes imperiales. Quizá sería bueno pensar si cada uno de nosotros y nosotras no hemos sido «cómplices» de nuestra historia mirando para otro lado. Siendo meros espectadores entretenidos en otras cosas y dispuestos a asumir de manera sumisa e interesada lo que estaba pasando, como si el asunto no fuera con nosotras y nosotros. Ahora nos sorprende que hayamos llegado hasta aquí en estas precarias condiciones, pero la culpa no es toda de los Chinos… igual que cuando los bancos decidieron cobrarnos por las operaciones de banca en línea que hacíamos nosotros y lo admitimos convencidos de que eso era parte del progreso ¿Recuerdan? Aquella revolución tecnológica de las finanzas se saldó con una reconversión que pagamos entre todas y todos, que se resumió en coste económico, en cierre de oficinas, en el cambio de un trabajador experto por dos jóvenes dispuestos a comerse el mundo «preferentemente» y en la pérdida de la calidad del servicio, justo allí donde este era más necesario pero menos rentable. Es eso que algunos dan en llamar progreso, mientras estamos despistados jugando con otras cosas.

Alfredo Jaso

Foto: Aaron Reenwood

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Sálvese quién pueda

En Metáfora sabemos que somos fuertes gracias a nuestros valores. Sin duda estos son los que nos han llevado a ser, por nuestro compromiso con ellos, una gran empresa sin haber querido nunca ser, por tamaño y facturación, una empresa grande. De manera modesta nos gusta sentir que con el apoyo de nuestras ideas y acciones, nuestros clientes y colaboradores han sabido transformar positivamente su entorno cercano.  Nos gusta creer que destacamos no solo por la efectiva creatividad de nuestras ideas, si no fundamentalmente por la sinceridad de nuestros valores.  Ser respetuosos, responsables, honestos y generosos también nos hace ser fuertes. Fuertes sin necesidad de competir contra nadie. Colaborando y estando cerca para juntos llegar más lejos. Fuertes más allá de la cuenta de resultados y los premios conseguidos. Fuertes a la hora de desarrollar nuestro trabajo poniendo siempre lo mejor que tenemos en cada tarea hecha. Nos es algo de ahora. En este tiempo, en el que ante la adversidad, todo el mundo quiere mostrar su nueva cara limpia, en Metáfora mostramos nuestra cara de siempre. Desde hace más de 16 años llevamos haciendo del amor por el trabajo bien hecho hastial de nuestra identidad. Durante más de 16 años apoyamos a empresas que tienen un proyecto capaz de transformar su entorno, facilitándoles herramientas de comunicación de calidad sin que ello tenga que suponer un gasto que acabe con sus recursos. Son nuestro proyectos «Metáfora». Algunos puede que aparentemente no tengan ni una repercusión mediática, ni una rentabilidad económica  pero para nosotros los intangibles que nos ofrecen como retorno son siempre rentables. Esos proyectos son los que nos hacen más fuertes, porque sentimos que desde nuestro trabajo, también podemos aportar modestamente a ese proceso de transformación y cambio en el que siempre, las personas están primero. Nuestros valores nos han traído hasta aquí y pese al a dificultad , confiamos en el futuro, Ojalá que este tiempo sirva para hacer ver al mercado que hay que apoyarse en ideas sólidas, que aporten valor positivo y que es hora de dejarse ya de propuestas sin fuste, superficiales y presentadas desde la impostura.

Sin embargo, vemos como desde hace ya tiempo, se ha aceptado como verdad irrefutable el que la economía es la que salva a las personas, (de qué manera más cruda lo vemos ahora en estos tiempos de pandemia «salud sin economía es media enfermedad» escuché no hace mucho). Entiendo que es complejo congeniar de manera armónica ambos intereses, pero no obstante creo que es posible. Se puede volver esa «verdad» aceptada y poner el poder económico-financiero, al servicio del bienestar de las personas y hacerlo rentable. Para ello es urgente una toma de consciente conciencia para cambiar las cosas. Abrazar valores de respeto y responsabilidad en nuestras personales decisiones diarias. Impulsar con ello cambios políticos que lleven a la cima de quienes nos representan a las personas más valiosas por respetuosas, responsables,honestas y generosas capaces, más allá de creencias que cualquier tipo,  de poner el bienestar de las personas en el centro de su interés: su salud, con una sanidad pública de calidad. Su educación laica e universal. El apoyo a la investigación y la ciencia. El trabajo digno. El respeto por el entorno natural y el acceso a la vivienda y la cultura…personas valiosas que escuchen, comprendan el valioso sentido de su trabajo y sepan hablar sin pretender convencer. Debemos cambiar hábitos de consumo para disminuir nuestra huella ecológica. En lo posible, acortar la onerosa cadena de distribución. Reutilizacion y reciclado.Compras más responsables con el consumo y más respetuosas con la naturaleza. Esta podría ser la primera parte de un camino en el que la generosa fraternidad, la equidad respetuosa en la diversidad y la responsable libertad guiarán nuestras decisiones como personas y como humanidad. Quizá así y mientras no haya soluciones más drásticas, las familias que gobiernan el mundo caigan en la cuenta de que es más rentable cambiar el modelo y poner en el centro de interés de sus negocios a las personas.

Si realmente queremos el cambio hacia un modelo de vida más respetuoso y responsable es prioritario dejar el tiempo impersonal de nuestras preguntas y pasar a realizar nuestras demandas desde la primera persona de plural y singular. Ser actores protagonistas de nuestras vida y no contentarnos con ser meros espectadores que aplaudimos la obra mientras otros hablan y deciden por nosotros. Desde el desarrollo de nuestra actividad vital y profesional, todas y todos tenemos cierta responsabilidad sobre lo que sucede y siempre podemos aportar alguna solución. Si permitimos que la salida de esta crisis vuelva a aprovecharse, como ya pasó,  para darle una vuelta de tuerca más a la precariedad (ya se vuelven a manejar términos como flexibilidad), esto será un cruel «sálvese quien pueda», en el que solo sobrevivirán los más taimados tahúres. Aquellos que mejor sepan aprovechar de las circunstancias para sacar tajada en la debilidad ajena. Si es así, sin duda viviremos rodeadas de «gente lista» «flexible» pero sin ética ni valores. De ser así, habremos dado un nuevo paso atrás y todas y todos seremos más pobres en todo, económicamente y como sociedad.

Como trabajadores y empresarios de la comunicación también tenemos nuestra responsabilidad ¿Quién es capaz de decir que NO a buen contrato aunque sepa, de manera fehaciente, que la actividad diaria de esa empresa no es responsable, ni respetuosa, ni honesta? Para poderlo llevar sin vergüenza nos decimos: «yo no voy de héroe, no aspiro a cambiar el mundo». «Mi política es el trabajo y si no lo hago yo, lo hará otro y se llevará el contrato». «El mensaje que vendo de esta marca es positivo». «Todos cometemos errores, mi trabajo no es consiste en dar lecciones a nadie». «Ese trabajo que lo haga el consumidor que es quien elige, no vamos a ser más papistas que el papá» Si nos llenamos de razones, siempre podemos encontrar excusas para llenarlas de sinrazones y no afrontar la verdad. ¿Volveremos a tragar con presupuestos más cortos? ¿Nos veremos «obligados» a realizar recortes en equipos y ofreciendo salarios menguantes y flexibles? ¿Volveremos a la dentellada por las migajas?  Es solo una reflexión en alto sobre nuestra responsabilidad y nuestro trabajo, la mía también. A veces un NO sumados a muchos no, son más valiosos y más sonoros que un si a regañadientes. ¡Ay! como me acuerdo de «El verdugo» de Berlanga.

Alfredo Jaso
Foto: Sam Manns

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Avioncitos

 

Se despierta con el correr bullicioso de los pájaros haciendo carreras entre las copas de los árboles. El primer día que los escuchó le asustó ese piar raro. Nunca antes lo había escuchado. Seguro que estaban ahí pero no había reparado en ello. Con los ojos aún cerrados se queda un rato en la cama escuchando su canto alegre. Le gusta estar ese rato en la cama, abrir despacio los ojos y sorprenderse con las sombras que el sol, cruzando la persiana, hace sobre la pared. El desayuno está sobre la mesa. Como de lunes a sábado un zumo de naranja, una rebanada de pan y junto al microondas un vaso de leche con Cola-Cao. Enciende la radio. Desayuna despacio. La música le hace compañía mientras moja las galletas en la taza de cacao. Le gusta mucho escuchar las canciones alegres y bailar a su ritmo mientras lleva la taza al fregadero. Luego se asoma al balcón. Le gusta ver la calle vacía. No sabe por qué, pero eso le da una sensación de agradable tranquilidad. Mira los balcones de enfrente. Al señor del cuarto, que como casi siempre, está asomado fumándose un cigarrillo, mirándolo todo pero como sin ver nada. Pilar, la portera de edificio sale a barrer la acera. Hasta la calle llega la música que sale del salón de la casa de los vecinos del tercero, la voz de una mujer que canta muy bonito. Cierra los ojos y deja que esa música le llegue hasta los oídos. Luego, sin saber por qué, siente como una alegría en el corazón que  la hace mover la cabeza al ritmo de la música. Vuelve a la habitación. Estira las sabanas y hace la cama sin prisas. Le gusta poner cuidado en lo que hace, eso le recuerda a su abuela, que cuando la veía hacer las cosas a la carrera, le decía: «Vísteme despacio que tengo prisa». Suena el teléfono. Es su madre que la llama desde el trabajo para recordarle que a las nueve y media tiene que conectarse para sus clases del colegio. Ella se enfada. A pesar de sus 12 años es una persona responsable y no le gusta que le recuerden sus tareas. Cuando termina los asuntos del colegio llama a su padre. Aunque ya no vivan juntos le gusta hablar con él. Le echa de menos y está deseando que llegue el verano para subirse al tren y bañarse en el mar. Luego, como cada día, poco antes de las doce sale al balcón. Espera a que se asomen los vecinos. Le gusta ver cómo los aviones de colores vuelan sobre la calle vacía. No sabe muy bien por qué, pero le da alegría verlos surcar el cielo azul con sus alas de colores. A veces alguno se posa en su balcón y es como un regalo que cae del cielo. Entonces cuando eso sucede, mira a los vecinos y les saluda. Ellos también la saludan con una sonrisa que también vuela de un balcón a otro. No sabe por qué, pero le gusta ver sonreír a la gente. Su abuela siempre dice que los días son un regalo que merecen nuestra sonrisa. Quizá por eso parece que la abuela siempre sonríe, incluso cuando se enfada con ella. En la cocina vuelve a sonar la música. Baila mientras pone los vasos, los platos y los cubiertos sobre la mesa. Luego toma las servilletas de lino y una jarra de cristal llena de agua del grifo. En su servilleta la abuela bordó su nombre: Laura.

Pasadas las tres llega su madre del trabajo. Su madre siempre está preocupada y de mal humor. Trabaja mucho y gana poco. Dice que «es lo que hay y que no queda otra». Antes se consolaba diciendo «algo es algo, poco a poco…» pero ya ha perdido la esperanza y sabe que cuando esto acabe, revisarán a su nómina. Hace años hubiera protestado, pero sabe que si lo hace ahora le recordarán que fuera hay mucha gente en paro dispuesta a trabajar aún por menos de lo que ella cobra. Después de recoger la cocina se sientan en el salón. Su madre se queda dormida viendo la televisión y ella aprovecha para leer un libro. Una de las tareas de la semana. Le gusta leer. Es como viajar pero con la imaginación. Cuando su madre se despierta hablan de lo que han hecho durante la mañana. Le gusta escuchar a su madre. Le dice que quizá puedan salir el domingo a dar un paseo de una hora, pero a ella no le apetece. «¿Tienes miedo a salir?» le pregunta su madre. Pero no le da miedo, es solo que prefiere a que vuelva su abuela para salir de su mano. La tarde se deshace entre tareas y cariños. Su madre está triste desde hace días. Una pena hecha de dolor y miedo. Una pena honda y callada de días, le oscurece el corazón. Además, por la empresa de limpieza corre el rumor de que enviaran a gente al paro y sabe que ella tiene todas las papeletas para quedarse en la calle. Lo han vuelto a hacer, piensa, tanto que decíamos que esto tenía que cambiar, pero ya verás como esto será otra vuelta de tuerca más, para que los que tenemos menos.

Poco antes de las ocho, como casi todas las tardes, toma sus aviones y junto a su madre sale al balcón. Saluda a los vecinos del tercero que le sonríen. A la señora mayor que está sola y que le tira un beso por el aire y a los vecinos de al lado, uno chicos muy simpáticos que le guiñan el ojo y le preguntan como lleva las tareas del cole. Luego hablan con su madre y le dicen que si la niña necesita algo que se lo digan. A Laura le incomoda que la llamen niña. A la hora en punto la gente aplaude a manos llenas, queriendo que ese momento les una en la adversidad inesperada. Empiezan cantar a la resistencia pero enseguida la magia se pierde. Los vecinos gritan «la sanidad no se vende, se defiende» y los del cuarto les muestran el dedo corazón en alto, como si lo dicho pudiera molestar a alguien. Comienza a sonar una canción pachanguera. Los vecinos del tercero se recogen. Los del cuarto les señalan y le hacen un corte de mangas mientras comienza a sonar la voz de Manolo Escobar. Entonces su madre le dice: «nosotras también nos vamos para dentro Laurita, que esto se ha convertido en un teatro».  Laura es una niña con suerte, su vida está llena de cosas que le gustan, sin embargo en menos de un minuto, ha enfrentado dos que no le gustan nada. La gente maleducada que cuando se siente ataca en su razón, ofende llenándose de sinrazones y que la llamen por el diminutivo de su nombre. Ella ya no sé siente una niña y no quiere que la traten como si lo fuera. En casa empiezan a preparar la cena. No hay mucho que elegir. Unos macarrones con tomate y un yogur de postre. Laura y su madre se acurrucan en el sofá. Ven una película. A Laura le gusta sentir cómo su madre se va quedando dormida. No sabe que cae rendida por un cansancio pesado y triste, sin esperanza de futuro. La película ha terminado. Le gusta ver a su madre dormida. Como dice su abuela, Laura es una niña afortunada, está rodeada de cosas que le gustan y personas que la quieren. Laura acaricia a su madre. Le da un beso en la mejilla que la saca de un sueño feo. «Cariño, me quedé dormida. Menos mal que me has despertado. Estaba teniendo un sueño muy feo. Me despedían del trabajo y nos volvían a echar a la calle, como cuando el banco se quedó con nuestra casa y tuvimos que regresar a la casa de la abuela». Laura se acuerda mucho de su abuela Felisa. Según le dijeron, hace 20 días que se fue al pueblo. «Mamá, echo mucho de menos a la abuela Felisa» Y su madre, con los ojos húmedos por la emoción, la abraza con fuerza y acariciando su pelo. Le dice, «cariño, tengo que contarte algo de la abuela». Y Laura, que aunque no le guste que se lo digan, sigue siendo una niña, asustada, con el corazón encogido y sin querer despegarse del pecho de su madre, pregunta: Mamá ¿Qué le ha pasado a la abuela?

Alfredo Jaso

Foto: Reza Rostampisheh

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Heroes

 

 

Relajado tras la excitación de la entrega, su cuerpo está bañado en sudor. Se siente empapado en un mar de sensaciones encontradas. Sabe que ha dado todo de si mismo pero le vence la duda de si pudo hacerlo mejor. La satisfacción le inunda el corazón pero el cansancio le puede al deseo y una sensación de tristeza le baña el ánimo. Desnudo de cuerpo y alma se acerca a la ducha. Se queda un minuto sintiendo la caricia del agua caliente rozando su cuerpo. Por el desagüe se van las incertidumbres y sus miserias de hombre corriente. Cierra los ojos y aunque quisiera respirar profundo le asusta la libertad de  llenarse los pulmones de aire. A la oscuridad de sus ojos cerrados, se enfrenta el recuerdo clavado en el corazón de los ojos abiertos de Felisa. El miedo consentido de una mirada aceptando el adiós en soledad. Su mano fría implorando el roce de la despedida. La caricia cercana de un extraño que sabe que ya no puede hacer más por salvar su vida. Entonces, él baja la cabeza para que sus lágrimas se confundan con el agua caliente de la ducha. Llora como un niño, dejando que el hipo le atragante la angustia. Se viste lentamente, parece que le cuesta abandonar la UCI y dejar a los enfermos en manos de un destino contra el que no puede pelear. Sale a la calle un poco antes de las ocho. Sus colegas esperan a la entrada del hospital para devolver el reconocimiento de los aplausos. Es un momento emocionante que compensa el esfuerzo de 12 horas, pero no el abandono de años. Algunas compañeras lloran la emoción y la rabia. Otros, manteniendo la distancia, se buscan en los ojos y se abrazan con la mirada. Hace ocho años que trabaja en la UCI. Durante este tiempo siempre ha hecho su trabajo poniendo lo mejor de él mismo pese a que como ahora, no siempre los recursos fueron suficientes. Se despide con un animoso hasta mañana, sabiendo que solo un contagio podrá evitar que regrese a enfrentarse con la enfermedad. Vuelve a casa caminando. Sus pasos son pesados y lentos. En cada uno va dejando un recuerdo, una imagen y  un dolor que le aprieta el corazón. No puede tocarse la cara y deja que las lágrimas le corran por la cara. Como si la distancia le alejara del sufrimiento y se liberara de un peso insoportable, a medida que se aleja del hospital se siente más ligero y camina más deprisa. Paso a paso va dejando atrás la tristeza y comienza a pensar en las personas que han podido volver a respirar. Piensa en la emoción de su reencuentro con la vida. En su mirada sorprendida, como diciendo, estoy de vuelta. Aunque lleva ocho años dándolo todo, en este tiempo siente el calor de su agradecimiento como la energía que les impulsa a seguir dándolo todo. La gente aún celebra en los balcones. Piensa en si se acordarán de ellos cuando todo pase. Recuerda a sus padres, que llevan con la tienda cerrada dos meses y con el género echado a perder. En quienes tienen que seguir trabajando cada día pese al miedo y las dificultades. En los que queriendo, no tienen en qué trabajar y se agarran con miedo a un mañana como única vana esperanza. La gente canta queriendo creer que así espantan a un mal que a nadie respeta.  A veces, algunos le gritan o le escupen desde los balcones. Le amenazan por estar por la calle. Los primeros días enseñaba el pase del Hospital, pero ya ni siquiera se molesta. Un coche patrulla se acerca y se detiene a su lado. Ya le conocen. La agente le saluda con seriedad. Su compañero le explica que otra vez han recibido un reporte y le piden disculpas. Entre ellos hay una extraña camaradería fraterna, como la que sienten quienes están en la primera línea de batalla. Se despiden y cada uno sigue su camino. Al llegar a su casa se encuentra con la portera del edificio de enfrente recogiendo los cubos de basura y el vecino del tercero que está paseando a su perro Sultán. «Bona nit» le dice. «Moltes gràcies Jordi». No tiene muchas ganas de hablar y el médico responde asintiendo con la cabeza. Está deseando llegar a casa y volverse a duchar. Es como si todavía llevara pegado al cuerpo cada silencio de la UCI. Entra en el ascensor y con la llave aprieta el número ocho. Durante el tiempo que dura la subida mantiene la respiración. La puerta se abre. Su vivienda está justo enfrente del ascensor. Al salir se encuentra con dos folios pegados sobre la madera blindada de la puerta. El primero es de la comunidad, en él se le advierte de que por el bien de la salud de todos, se vaya a dormir a un hotel para sanitarios. El otro es un ofrecimiento de sus vecinos. Le dicen que si necesita algo, solo tiene que pedirlo y le dan la gracias por su trabajo. «Estamos orgullosos de tener en casa un héroe» es el final de la carta. Al salir de la ducha, le cae sobre el cuerpo todo el cansancio del día. Mientras preparada la cena piensa «Qué país de locos, unidos en el frente de la adversidad, y luego siempre un bando buscando el imponerse al contrario en lo sencillo y cotidiano». Está deseando llamar a casa. Montse está embarazada de 7 meses. Dos días antes de comenzar el confinamiento decidieron que lo mejor era que ella se fuera a Lleida a casa de su madre. Tiene que tomar fuerzas, no puede permitirse el lujo del alivió y la lágrima. Ni si tan siquiera el desahogo de la ira. Montse es una mujer alegre y tranquila. Hablar con ella es como un bálsamo entre tanta herida. Al final del día, tomando su cena fría, mira fijamente la televisión. La ve sin querer prestarle atención. Señores serios de corbata negra protestan doliéndose de España y sus muertos, como si hubieran perdido la memoria y ahora en ello les fuese la vida. El gesto preocupado de un ministro desarbolado que enfrenta sus errores ante lo inesperado, lo mejor que puede. La cara adusta de los que lo niegan todo para no ofrecer nada y los que ofreciendo casi nada, quieren sacar su rédito de todo. Datos y más datos que a él, que los enfrenta cada día, en la voz del periodista suenan fríos como su cena. Más allá, un debate tabernario donde todas y todos hablan al dictado como si tuvieran fáciles remedios, rápidas culpas, sencillas excusas y complejas soluciones y luego una gente encerrada en una isla que como en una distopía futura, lucha por sobrevivir. Jordí apaga la televisión y dice en voz alta «qué país complejo y maravilloso»… Piensa en Montse, en su sonrisa y en que ojalá su hija traiga su mismo ánimo, porque para lo que viene harán falta alegría, respeto, responsabilidad, honestidad y mucha generosidad para afrontar los tiempos difíciles. Tumbado sobre la cama, el sueño le va venciendo. De pronto en su duermevela, entre sus sueños atropellados, aparece la mirada de Felisa. Ahora es ella quien le roza la mano y sin saberlo explicar puede escuchar su voz como si estuviera a su lado. Él es una persona racional, sin embargo una liberación relaja el latido de su pecho al escuchar entre sueños como ella le dice: GRACIAS Héroe.

 

Alfredo Jaso

Foto: Daniel Squibb

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Un tipo del montón

El frágil vuelo de una voluta de humo delata su presencia en el balcón del cuarto piso. La pavesa del cigarro se enciende cada vez que una bocanada de humo llena sus pulmones. La ceniza, empujada por su dedo meñique, cae desde lo alto deshaciéndose en el aire. A la tercera bocanada como siempre le da la tos. Una tos ronca, seca, como de animal herido. Su pierna izquierda, en un movimiento nervioso y constante, no deja de moverse empujada por la punta de su pie. Estas horas de la tarde son las que peor lleva. Se le hacen eternas hasta que llegan las ocho y los balcones se llenan de gente. Por la mañana entre informarse de la actualidad con las «noticias del guasap», controlar las idas y venidas de los vecinos, mirar como barre la calle la portera del edificio de enfrente y la bulla de los avioncitos de los del tercero, se le va el tiempo. Luego llegan las risas de la hora del vermú virtual con los cuñados y enseguida la hora de comer. Una faria y un Fundador le abren el camino a la siesta. Una hora de reloj. Desde lo de los sellos no duerme bien. Aunque él no tuvo la culpa, le pesa en la conciencia haber dejado a toda ese gente que confió en él sin sus ahorros. Quizá por eso siempre se levanta de mal humor. Se atusa el pelo que le queda y se dirige al frigorífico. Allí se toma un vaso de agua helada, es su forma de quitarle las telarañas al sueño y la acedía a su mal humor. De la cocina se va al balcón. Enciende un pitillo y tose. Esa tos llama la atención de la niña del edificio de enfrente que juega con los aviones de colores. Él la saluda intentando ser amable, pero el gesto se le queda en una mueca tosca que la niña no comprende. «Hay que ver la que forman los vecinos con los avioncitos. Muchas palabras bonitas pero luego en cuanto suena el que «Viva España» se meten para dentro. Se conoce que a los especialitos les molesta que cante». Dolores, su mujer, que hasta ahora no le ha hecho mucho caso, le responde desde el salón «es que uno de ellos es catalán, como el médico del ático». Manuel asiente con la cabeza mientras el humo del cigarro se enreda entre su cabeza como oscureciendo sus ideas. «Menuda panda. Recuerdo cuando en este barrio vivía gente decente. Mira, ahí sale la loca de la mujer del vecino. Será boba, lleva una bolsa para disimular, pero ya es la cuarta vez que sale hoy. Parece que le molesta estar en casa. No me extraña que su marido luego se enfade con ella. Si es que va como ida, esa no está bien de la cabeza. Lola, tráeme el teléfono que la voy a grabar y luego se lo mandamos a tu cuñado a ver si le deja un recadito. Menuda panda de irresponsables. Cómo el médico del ático. ¿No podía irse a dormir a un hotel medicalizado? No, el héroe tiene que traernos los virus aquí y poner en riesgo la vida de todos. Ya he hablado con el presidente de la comunidad y hemos acordado poner un cartelito en la puerta de su casa recordándoselo, a ver si entra en razón.» Y llenando su pulmones con una puya de nicotina, parece que también se llena de razones en su injusta sinrazón. Mira su reloj. Ya queda poco para las ocho. La gente comienza a salir a los balcones. Los saludos van de un edificio a otro. Hay quien agita banderas. Los vecinos de abajo saludan a la niña que les muestra sus aviones de colores. Suena una canción que se ha convertido en un himno común de resistencia. Todas y todos aplauden. La emoción resuena en el aire como un aplauso común. Del edificio de enfrente unos jóvenes melenudos gritan «la sanidad no se vende, se defiende» y desde el balcón de enfrente hay gente que les abuchea. Él mira a Dolores y niega con la cabeza y les grita «perroflautas, que esto es una fiesta, no un mitin». De pronto, empieza a sonar la voz de coral de Manolo Escobar «Entre flores, fandanguillos y alegrías, nació mi España, la tierra del amor…» él canta con todo el fuelle que le dan sus precarios pulmones. Su voz se vuelve ronca por la falta de resuello y por la emoción. Los vecinos de abajo se meten en casa. Él les señala con su dedo índice y Dolores echándole un brazo por encima de los hombros, le dice «Manuel, no les hagas caso, son unos separatistas y van a lo suyo. No ves que son especialitos y artistas…», mientras con el brazo libre agita una banderola roja y gualda de la selección de fútbol. Aquella del campeonato de Sudáfrica. La sesión termina con otro aplauso por toda esa gente que lo está dando todo por nuestra salud. Cada día y sin poderlo evitar, Manuel se emociona y termina llorando. Se abraza a Dolores y luego todavía emocionados, llaman a su hija Carmen, que lleva tres años trabajando en Londres. Él solo saluda, pregunta por la salud y por si necesita dinero y enviando un beso se despide de ella. Sale al balcón y enciende un cigarro. Aspira cada calada como si supiera que pudiera ser la última y deja que con el humo se vayan sus pesadumbres. En la calle, el vecino pasea con su perro. «Mucho sacáis al perrito para lo pequeño que es…» y entre labios musita una palabra que a estas alturas afea más a quien la dice que a quien la recibe. El vecino le ignora, finge no escucharle y Manuel se siente más ofendido que si le hubiese devuelto el «insulto». Sin haberlo apurado hasta el final pone la colilla entre sus dedos corazón y pulgar y la lanza al vació. Al caer, el cigarro va dejando una estela de estrellas rojas que Manuel no ve. Después de la cena un poco de televisión y en el sofá, la pelea diaria de Dolores contra el sueño. Él también termina rendido hasta que la apnea le saca del duermevela. Vamos a la cama le dice a Dolores. Bajo las sábanas Manuel no puede dormir y da vueltas. Carmen, le oye y le pregunta «¿No duermes? Manu, déjalo ya. No le des más vueltas, tú no tuviste la culpa». Pero él no la escucha. Solo presta atención al leve silbido de sus pulmones. Está asustado, le duele el pecho y en la cama parece que le cuesta respirar. «A ver si ha sido el médico que nos ha traído el bicho hasta el bloque» piensa. El miedo es la llave que abre el camino de la sinrazón. Levanta muros infranqueables y derriba barreras para la razón. Donde entra la oscuridad del miedo se apaga la luz del respeto y la llama del amor a la vida. El miedo a Manuel le come el sueño y no le deja cerrar los ojos. Le asusta acabar en el hospital y ya no salir de allí.

 

Alfredo Jaso

Foto: Abhishek Koli

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Cultura

En Metáfora sabemos que les necesitamos para saber sentir y poder vivir y por eso ahora y como siempre, en Metáfora queremos estar cerca de las personas que trabajan el mundo de la CULTURA. Para ellas y ellos, con pocos recursos y en remoto, pero con todo nuestro respeto, con la colaboración y el trabajo desinteresado de excelentes profesionales, de corazón y con todo nuestro afecto, hemos querido hacerles este este sencillo homenaje que también es un llamamiento en voz alta para quienes deciden y gobiernan y para todas y todos nosotros, para que cuando salgamos a la calle, también les apoyemos y les tengamos presentes. En Metáfora sabemos que la CULTURA es lo que queda tras la mirada asombrada. Es el eco que resuena tras una pregunta que busca respuesta. Es el paso valiente dado en un camino jamás hollado. La CULTURA es la brújula de lo que somos, esa que nos ayuda a intentar comprender el mundo en que vivimos. Pero además de un universo brillante de creadores y artistas, la CULTURA es una industria formada por trabajadores y trabajadoras de diferentes ámbitos que en estos momentos, como todas y todos nosotros, también sufre, sola y desasistida, el embate de una pandemia que arrasa con vidas y proyectos. Por ellas y ellas y para siempre.
https://vimeo.com/407965076

 

BSO: latido de corazón
A ellas y ellos
artistas, creadores, creativas, gestores
trabajadores y trabajadoras de la cultura
por entregarnos ahora y siempre
vuestra creatividad, vuestro talento,
vuestro esfuerzo y vuestro trabajo
Desvanece texto y centrado en grande
GRACIAS.
Audio: Entra BSO (música)
«Porque late al ritmo de nuestro corazón
y está tan pegada a nuestra piel
a veces nos olvidamos de que la cultura
es la brújula de lo que somos
y que la necesitamos para saber sentir
y poder vivir…
Lo vemos estos días en los balcones.
Navegando por las redes sociales.
En las casas donde las personas leen, piensan,
escriben, recitan,
pintan,
bailan,
cantan
y se emocionan…
porque todo eso que necesitamos
como la brújula de lo que somos
que está en el aire que respiramos
rozándonos la piel,
tocándonos el corazón
ayudándonos a saber sentir y poder vivir,
eso que forma parte de todas y todos nosotros,
no lo olvidemos nunca
es nuestra CULTURA»
Alfredo Jaso
Foto: Luke Insoll
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Confinados

En su casa huele a tomillo y lavanda. Se escuchan viejas canciones y se oyen antiguas palabras. El tiempo parece detenido en un reloj que rompe el silencio cada sesenta minutos. Es el aviso de que el día se va doblando la esquina de las horas. Acurrucada en la cama aprovecha el calor de la noche entre las sábanas para estirar el descanso. Hace tiempo que no sueña, quizá porque sus días están llenos de recuerdos. Lleva ya rato despierta. Despacio, sin prisas, se pone en pie y se dirige al baño. La radio la acompaña mientras desayuna. No le hace mucho caso, especialmente a las noticias, le cansan tantas cifras y malas noticias hablando siempre de lo mismo, pero cuando suena una canción de su época, enseguida la tararea. Un café descafeinado con leche y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada le dan fuerzas y alegría para empezar la jornada. Cada mañana temprano viene el panadero y le deja el pan en una bolsa, así tiene siempre pan fresco. El panadero es un buen muchacho. Luego retira un trapo que cubre la jaula de Pichí su canario, un timbrado español que salta de una barra a otra en cuanto ve que ella se le acerca. Lo trajo a casa Manuel, su marido, hace 8 años. A ella no le hizo mucha gracia, tenía siempre miedo a que se escapase. Así es el amor, decía Manuel, que necesita de barrotes para que no salga volando. Cuando él murió a ella le tocó limpiar su jaula cada mañana y descubrió que no hay que temerle a nada y que los barrotes no son buenos para nadie, tampoco para Pichí. A veces le gustaría dejarle volar, pero piensa en qué haría el pobre, solo, sin su alpiste y su pluma de calamar para afilar su pico. Ahora ella sabe como se siente Pichí. Encerrada en casa sin poder salir a dar su paseíto, ese que daba cada día, «atravesando el presente casi disculpándose por no estar ya más lejos». Sin poder tomar el café de media tarde con las amigas. Sin poder abrazar a su nieta. Se acuerda entonces de su padre que estuvo cinco años en la cárcel por las cosas de la guerra. Y así, después de perderse entre recuerdos, deja que el sueño le venza y en un duermevela llega la hora de la visita de su hija. Ella no vive lejos y cada cuatro días se acerca hasta el piso de su madre. Deja una bolsa con alimentos y con los guantes puestos toca el timbre. Al poco sale a la puerta. Las dos se quedan mirándose como con cara de sorpresa. Es raro. El cuerpo se les mueve como el de un cachorro que es incapaz de controlar sus impulsos ante una alegría breve e intensa. Se ríen y lloran a la vez. Disimuladamente se miran como escudriñando si ha habido algún cambio. Al poco se despiden y su vida queda detrás de esa puerta que se cierra con dos llaves y un cerrojo. Su mundo se ha ido haciendo pequeño. De la cama a la mesa, de la mesa a la silla, de la silla a la ventana, de la ventana al sillón y así hasta que el reloj suena dos veces y marca su hora de comer. Entre lo que no come porque no le sienta bien, lo que no prueba por si le sienta mal y su escasa pensión se ha acostumbrado a comer de forma muy frugal, eso si, siempre de postre una naranja. Recoge la cocina mientras escucha las noticias. Le conmueve el dolor ajeno y le emociona el esfuerzo de tantas y tantos trabajando por el bien de todas y todos. Aunque sabe que ella tiene el tiempo contado le preocupa el futuro que está porvenir. Su hija se ha quedado en paro y su hijo ha tenido que cerrar su pequeña comercio. Por eso le enfada tanto que los que más tienen no den la cara por los que tanto les han hecho ganar. Sinvergüenzas, dice en voz alta, mientras apaga la radio. La siesta no la perdona, es larga y de pijama y cuando se despierta se queda un buen rato bajo la colcha. Hace tiempo que no pone la calefacción por miedo a no poder pagarla, por eso se tapa bien y estando en casa nunca le sobra una rebequita para no pasar frío. Su hijo le dice que la ponga, pero ella responde que solo lo hará cuando ya no aguante más y su resistencia, a fuerza de años, nunca parece tener límite. Cuando se levanta de la siesta, se lava la cara como los gatos y se arregla un poco. Toma el teléfono y llama a su amiga Felisa. Lo hace todas las tardes para preguntar cómo ha llevado el día. Hoy no contesta y eso le preocupa. No quiere pensarlo mucho y por eso se convence de que seguramente, Feli, no hay escuchado su llamada. Cinco minutos antes de la hora se pasa un cepillo por el pelo, se pinta suavemente los labios, toma la jaula de Pichí y le dice, vamos al balcón, toda esa gente lo merece. Sale y le emociona sentir la unión que late en el corazón de las personas. Tira besos por el aire. En el balcón de enfrente está su hija y su nieta y el estirado de su yerno. El vecino del quinto se ha puesto a cantar y después todos aplauden, ella también lo hace. Luego recoge a Pichí, le pone un trapo por encima de su jaula y ella se sienta en el sillón del salón. Abre el álbum de fotos, las roza con la yema de sus dedos, dejando en cada una de ellas el peso del cariño.. Empieza la ronda de llamadas. Su hija, su hijo, su nieta y su nieto. Su cuñada Carmen y su sobrina Luisa. A todas les dice que está bien, que no se preocupen. Sin poderlo evitar, al colgar la última llamada, una lágrima recorre las arrugas que el tiempo y la vida le ha regalado. Felisa, no estaba en su balcón. Está asustada y aún queda mucho día.

AJV

Foto: Todd Cravens

 

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Ahora es el tiempo de mañana

Ahora es necesario mantener un aprendizaje positivo de lo que está sucediendo para poder afrontar lo que viene después de la pandemia, ese virus social y económico que desgraciadamente se llevará por delante tantas ilusiones y realidades. Sin embargo en nuestras manos está el conseguir que el resultado de todo este tiempo de reflexión, de acción contenida y de solidaridad plena sirva para una apartar hábitos, modos de trabajar y maneras de relacionarnos basados en el consumo irresponsable, la injusta precariedad, la prepotencia del poderoso, la arrogante ignorancia y la cómoda superficialidad y todas y todos juntos digamos NO a la fea enfermedad social, que sin querer darnos cuenta se estaba haciendo crónica entre nosotras y nosotros. Ojalá que este tiempo sirva para eso y no sea solo un paréntesis de dolor y miedo que traiga nuevos días de un atroz sálvese quien pueda. Es tiempo de reflexión y de acción. Es tiempo de solidaridad y de generosa FRATERNIDAD, de justa y necesaria IGUALDAD de oportunidades y de responsable LIBERTAD. Apoyémonos, ayudémonos, confiemos en la honestidad de las buenas personas, en su trabajo y en sus valores. Escuchemos a aquellas y aquellos que comparten su conocimiento sin pretender convencer y apartemos a quienes llevan tanto tiempo haciendo de su propio provecho dolor y sufrimiento de muchas y muchos. No volvamos a equivocarnos, no volvamos a permitirlo. En nuestras decisiones y nuestro corazón está que así sea. #AHORAESELTIEMPODEMAÑANA.

Es la hora de gobernantes pero también de los bancos y de tantas empresas patrióticas del Ibex35 que de manera ruin se llevan parte de sus beneficios a sus sociedades en paraísos fiscales. Ahora es su momento para destacarse de mostrarse como empresas y bancos con valores reales y no con una #RSE maquillada y de conveniencia. Todas y todos nosotros seguimos pagando nuestros impuestos, los servicios que usamos, incluso los que no podemos usar, haciendo un esfuerzo que pone en riesgo nuestros escasos recursos, mientras algunos siguen haciendo caja en nuestras dificultades. Por eso los que más tienen gracias a nosotras y nosotros, tienen la oportunidad de ponerse al lado de las personas y las empresas que ahora tanto les necesitan. Ahora no es tiempo de interesadas moratorias en las facturas, esas que permitirán a las multinacionales españolas seguir mejorando sus cuentas de beneficios a cuenta de la ruina futura. Cuando dentro de 5 meses sus clientes tampoco puedan pagarles. Ni de sacar pecho con créditos blandos y rentables avalados por el estado con los que seguir ganando dinero a costa de la necesidad de muchas y muchos. Ni de presumir de compromiso social cuando algunas empresas están doblando su producción o cobrando recibos mensuales o anuales. Es la hora de demostrar si creen en las personas y las empresas de este país, esas que tanto les han hecho ganar o si a los bancos y las empresas «patrióticas», las de las donaciones mediáticas e impuestos escondidos, las de cara bonita y corazón sucio, como ya pasó hace años, solo les interesa el trato mercantil, la suma de dividendos y ganar dinero con el dolor de la gente. Es la hora de pensar en las personas, la hora de esos que se dicen patriotas, es la hora de apoyar al país y a su gente. #Niunreciboentresmeses

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Yo te apoyo

 

Anoche, haciendo recuerdos de un tiempo pasado, me recordaron un chiste de borricos, de esos que se contaban cuando éramos niños y niñas decía: «Qué pena mi borrico, ahora que se había acostumbrado a pasar hambre, va y se me muere». Es un chiste con vuelta, de esos que hacen pensar. Enseguida me di cuenta de lo oportuno del rebuzno chistoso. Pensé, en estos tiempos difíciles ¿Cuántas empresas y profesionales se sentirán como ese borrico, que se había acostumbrado al tiempo de la dura precariedad y que no ve más salida que tirar la toalla? Sin duda son más de las que creemos. Entre todas ellas estoy seguro de que hay muchas personas que han puesto todo lo que tenían en un sueño y que ahora despiertan en medio de una cruel e injusta pesadilla. Por eso ahora debemos plantear cadenas de apoyo y ayuda para juntos intentar salir a flote.  Se ha dicho siempre que la unión nos hace más fuertes, por eso en este tiempo de apuro y mientras se va solucionando lo urgente, es necesario que todas y todos estemos unidos y apoyemos y demandemos los servicios y productos de aquellos y aquellas que se esfuerzan por mantener el compromiso diario con la labor bien hecha. Es urgente que apoyemos a quienes hacen del amor puesto en cada tarea, modo de trabajo diario. Que confiemos en quienes saben que lo primero es antes y que siempre lo importante va primero que lo superficial. Es necesario apoyar a quienes crecen alzándose sobre sus valores humanos y éticos. A quienes creen que son los buenos medios los que construyen un mejor fin y apoyar a quienes ponen lo que son, al servicio de lo que hacen. Pequeñas empresas con creatividad y valores. Pequeñas tiendas cercanas que hacen un comercio más justo. Hosteleros que cuidan el detalle y trabajan con productores de cercanía. Profesionales y artesanos honestos y de ley.  Es crítico que cuando solucionemos lo urgente,  contemos con ellas y ellos y contratemos a profesionales y empresas valiosas y con valores, para que después que pase la pandemia, unidas y unidos todos, dejemos de ser como ese borrico hambriento y precario que trabaja sin más esperanza que sobrevivir y podamos crecer de otra manera más justa, más equitativa y armónica, más sostenible y menos precaria para así dedicarnos a lo importante, mantener vivo y fuerte el libre latido de la vida. Porque acabar con la pandemia es cuestión de una vacuna, recuperar la salud de nuestra sociedad, tiene que ver con nuestras decisiones, nuestros hábitos y nuestros compromisos con la vida.

AJV
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