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Arquitectura

Tocamos los edificios con los ojos, acariciando tímidamente con la mirada la solidez desnuda de la construcción. Las tapias son páginas en blanco de un tiempo sobre el que fuimos levantando los días. Paredes sobre las que escribimos con el afán de dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad. Nuestra arquitectura sentimental necesita que el tiempo bañe esos muros, que las paredes se impregnen de historias, de afectos, de hechos sucedidos, para poderlos convertir en un espacio propio. Ocupamos físicamente un lugar, pero sentimentalmente habitamos en la trampa de la memoria. Urbanizamos la ciudad a nuestra medida y con el material más confortable del pasado allanamos calles y aceras para hacer más fácil el tránsito desde lo que somos a la máscara cotidiana que estamos siendo. Tramoya de aquello que sin serlo, queremos ser. Tras el trampantojo sutil de lo fatuo e inconcreto, hacemos de lo pasado pilar de la existencia y en el solar presente de las horas vividas, sobre un encofrado de interesado desinterés, se fraguan, en vanidosa arrogancia, tabiques de cristal y transparentes medianeras, que en una ficticia vecindad, construyen una fingida cercanía. Solos, en rebaño de soledades, cercados en el aprisco de nuestra cómoda indiferencia. Huérfanos de voluntades. Inconscientes sin conciencia. irresponsables de la necedad, nos escondemos en la casa común de nuestro miedo, para juntos seguir apuntalando la ruina.
Tocamos los edificios con los ojos. Rozamos la construcción con la mirada. Pero más allá de lo pasado, debemos alzarnos sobre la raíz profunda de nuestros recuerdos, para proponerle al escombro del tiempo una mirada nueva capaz de levantarse sobre la carcoma ruin del calendario. Debemos ser valientes y creativos para ofrecernos a los días sin paredes que dividen, ni muros que ocultan y separan. Ser creativos y valientes y vivir sin candados ni cerrojos, con las puertas y las ventanas abiertas a nuevos y más creativos y sólidos horizontes. Con el corazón al aire, viviendo el presente sin tutelas ni tutores. Agrimensores de sonrisa generosa y alegría responsable. Arquitectos sin prejuicios ni banderas. Constructores valientes y confiados de un tiempo por venir que es el ahora. Obreros del respeto y el compromiso que construyen día a día el nuevo y sólido edificio de nuestra vida.

Alfredo Jaso

Foto:Remi Bertogliati

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Experiencia y experiencias

En Metáfora sabemos que se es lo que se hace y hacemos lo que somos. Que no es necesario hablar una y otra vez de lo que hicimos, si no dejar que lo hecho sea voz clara que para siempre hable por nosotros. Aunque parece que vivimos un tiempo de olvidos, de lugares comunes sin sentido, en Metáfora sabemos que de todo lo hecho quedará lo bueno. Aquello que ha sido construido sobre la base de la inteligencia y la fuerza de la razón. Lo que se alzó sobre el valor del sentimiento, la verdad y la emoción. Lo que brotó de una simple idea para crecer junto al brillo del conocimiento y al amparo de la experiencia. Lo que fue nombrado en rotunda y transparente voz alta, significando la grandeza sutil de lo ya hecho, para expandir su luz brillante sobre el tiempo. En Metáfora sabemos que los que hacen del destello fugaz e irrelevante, vacua, oportuna, aparente y mediocre “creativitis”, nada tienen que ver con ser creativos. Porque la creatividad no es solo una ocurrencia que aparece difusa de la nada. Es el resultado del esfuerzo coordinado de un equipo, capaz de hacer de la idea prototipo sin dejarse llevar por sus creencias. La fusión de un proceso de trabajo inteligente, basado en la experiencia. Esa que permite descubrir el hilo de una buena idea entre un sin fin de ocurrentes bobadas. La que toma de la sabiduría y sin más cuento, esa mirada libre, ese saber estar como si nada y que es capaz de ir más allá del conocimiento. En Metáfora sabemos que la honesta verdad de lo logrado, se impone siempre a la inicua impostura sin medida, pues aquellos que combaten tomando en nombre propio lo que es de otros, mienten y se retratan en su propio nombre y terminan por hacerse más pequeños, jugando el juego de querer pasar por grandes. Así que no dejes que un destello simulado y fácil te obnubile, ni permitas que lo superficial y lo falso te entretengan. Hay  en el mercado profesionales que apoyados en el hastial de la experiencia, saben distinguirse del resto, por su reconocida fácil competencia. Competentes en el saber hacer de sus tareas con verdad, amor, conocimiento y eficaz y sobrada suficiencia. Que no confrontan más que para aprender del que más sabe y que más que hablar sobre lo que quieres oír, te escuchan siempre con la mente abierta. Búscalos porque ellos  aportarán a su propuesta el peso rotundo de su inteligencia. El valor diferencial del conocimiento adquirido, tamiz crucial de lo vivido, que es el liviano poso de la experiencia. Búscalos, los tienes cerca, estarán encantados de trabajar contigo y en ellos encontrarás profesionales y empresas que como nosotras y nosotros, tendrán para ti su puerta abierta y en los que podrás siempre confiar como en un amigo.

 

Alfredo Jaso

Foto: Juan Marín

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Entre el bien y lo malo

 

Hay quien dijo que todo está perdido cuando lo malo sirve de ejemplo y lo que está bien, se echa al olvido. Alguien escribió que vivimos miedosos y asombrados entre el escombro de una decadente ruina y que adoctrinados para tolerar la mediocre rutina, nos dan lo malo por bueno, quizá preparándonos para lo peor. En ese funesto panorama, lo precario se ha instalado en nuestras vidas para que la incertidumbre nos agarre del corazón y nos arranque la alegría. Confrontando ese desasosiego, se nos propone la urgencia vital, la superficial rapidez, el artificio que brilla instantáneamente solo en un destello fugaz que genera la ilusión frustrada y adictiva de una experiencia. Así, consentidores de esta cómoda esclavitud. Resignados a asegurar cada jornada con el puntal del miedo perder, aceptamos la dimisión de las conciencias y su mediocre tiranía, para poder ser uno entre más, distinto pero igual, en este trampantojo de la vida.

La precariedad y la incertidumbre construyen el miedo. Un terror que nos paraliza y nos hace insensibles. Un pánico latente que nos enroca, nos encastilla dentro de una realidad de apariencia infinita pero que cada vez resulta más pequeña. La pequeñez y el miedo generan desconfianza y esta alimenta nuestro desilusionado conformismo y lo viste de desinterés por todo aquello que aporta cierta profundidad y trascendencia a nuestros días. Esa superficialidad de tabla rasa y mediocre desgana, lo impregna todo. Para salvarnos y tapar nuestra ignorancia hemos aceptado que la mediocridad imponga canon y modelos. Son mediocres la mayoría de nuestros representantes políticos y dirigentes, mediocres y precarias las propuestas laborales, superficiales e interesadas las relaciones personales, mediocres la ideas, vulgares los comentarios. Así, terminamos vistiendo el traje gris del malhumor, haciendo del irrespetuoso mal carácter y la intención violenta, muro que separa, barrera que nos aísla dentro del rebaño protector. Como si por gritar más alto demostrásemos mejor nuestra distinción y diferencia. Como si por hacerlo de manera más áspera grosera, defendiésemos una libertad individual sin responsabilidad.

Ya no se trata de emplear el conocimiento para dirimir entre el adverbio y el adjetivo, entre lo que está bien y lo que es malo. Entre un bien que eleva conciencias y lo malo que adocena las voluntades. El acoso y derribo de la cultura, como pilar de conocimiento decantado y mirada libre que descubre y provoca, ha conseguido que esa mediocre vulgaridad, vestida a menudo de oropel fatuo y vacío, se extienda por redes y canales, y ya no solo a lo largo y ancho de nuestra trama social, si no que se ha convertido en humus que desde el sustrato profundo impregna esta decadencia. Parece como si ya ciertos conocimientos no sirvieran de nada. No se les otorga ningún valor más allá de lo anecdótico. En el común de la ignorancia, esos conocimientos no se aprecian y por eso no se valoran…a quién le importa que lo vivido y lo sentido, lo leído y lo visto, lo aprendido y compartido enriquezca una relación profesional o personal. A quién le importa ya que eso haga mejor una propuesta y más sólido un trabajo. A nadie parece importarle que ciertos conocimientos, que van más allá de la pericia técnica, y son los que hacen diferentes una propuesta, aporten el trabajo un alma que lo hagan mejor y más profundo y por lo tanto más perdurable en el tiempo. Quizá es esa la argucia. Se trata de que nada dure. Que como en una obsolescencia programada, todo haya de vivirse rápido, sin tiempo para la reflexión y el sosegado disfrute.

Todos queremos ser diferentes. Decimos preferir el cuidado respetuoso, la atención exquisita, la idea original, arriesgada y consistente. Pero lo cierto es que todo eso queda para la literatura de los blogs y las pomposas reuniones de talento. La cruda realidad es que en nuestro día a día hay más platos precocinados con sabor a nada que comida rica y sabrosa preparada con amor y tiempo. Que en nuestras horas abundan los lugares comunes vestidos de forzados espacios preferentes y exclusivos. Que usamos más aquello que está de moda aunque dure poco. Que por nuestra cabeza pasan palabras vacías, emociones de cliché, ideas de segunda mano. El contrapeso a nuestra común y mediocre necedad es un neolenguaje vacío, infantil y voluntarista que complace. Un cogollo de mensajes estudiados para el conformismo motivacional, que esclaviza. Una panoplia en la que nos presentan las armas con las que poder defendernos de la incierta precariedad, mediante la argucia posibilista, que asegura que el éxito es posible solo con proponerlo y desearlo. Que la bondad de una acción, una idea o un trabajo, su originalidad y calidad está certificada solo por ser nuestro y tener un coro de acólitos que lo aplauden. Sobre ese endeble armazón hemos levantado una ficticia autenticidad de trampantojo que no es real, pero que vivimos cada día, convencidos de que cada uno y una de nosotras, en nuestra común autenticidad, somos diferentes.

Llegados hasta aquí la pregunta es sencilla. ¿Hay que rendirse? ¿Es mejor sumarse a la reata y ser uno más? ¿Hay que ser más rápido y superficial? Parafraseando a Shakespeare en su soliloquio hamletiano ¿Cuál es la cuestión hacer no hacer? La respuesta es sencilla, en tiempo de mediocridad hay que defender con más coraje la bondad de las personas, la creatividad de las propuestas, las buenas ideas, la calidad del trabajo bien hecho con libertad y amor. Hay que hacer y hacer y seguir haciendo e intentar cada día hacerlo mejor. Con más solvencia profesional, con más amor, con un criterio más personal y libre. Con mayor compromiso y más corazón. Así que no te convenzan de que lo malo es bueno porque lo malo es malo. Lo malo es malo, feo, vulgar, mediocre. Es siempre un mal ejemplo y a menudo termina por ser más caro y menos eficaz.

Alfredo Jaso

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Radiotelevisión pública

 

Fue el pensador estadounidense Groucho Marx quien dijo: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Para el líder “marxista” y genio del humor, la televisión estaba muy cerca de ser lo que otro ser humano genial de nombre Federico Fellini definió como: “Ese espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Sin embargo en Metáfora sabemos que la televisión, utilizada con sentido común y afán educativo, sigue siendo una poderosa herramienta que puede ayudar a  construir un mundo más fraterno, más diverso, más justo y más libre. Mucho parece para la tan denostada “caja tonta”. Sin embargo, en manos de personas creativas, sensatas, generosas y responsables (sí, se puede ser las cuatro cosas a la vez) la televisión es aún una ventana que se abre al conocimiento para reforzar buenos hábitos, difundir nuevas ideas y potenciar valores como el respeto a los demás en la diversidad. La actitud y la acción responsable desde lo individual y lo colectivo y el amor al entorno natural como bien a cuidar entre todas y todos. La televisión es un buen instrumento que desde la escucha y el diálogo, puede servir para fomentar un espíritu crítico desde una mirada constructiva. Que sea baluarte de la cultura, de la ciencia y también de la información de interés. Una información que no tiene por qué estar aislada de la comunicación cuidada y cuidadosa, ni tiene por qué apartarse de las emociones, ni de lo afectivo. Una televisión que  ha de ser divulgativa, pero también objetiva y de servicio público. Una televisión siempre a disposición del objetivo de mejorar el bien común.

Pero como bien profetizó el sociólogo francés, Alain Tourine, “La televisión, que será la base de la opinión pública, ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global, no hay nada”. Por eso hoy abundan en las parrillas de programación televisiva, propuestas que convierten la realidad en papilla para mentes infantilizadas e irresponsables a los que se les ofrece un menú cuajado de “shows” de pseudo-realidad ficticia, donde el individuo es protagonista sin más valor, ni fondo que su difuminada y deconstruida presencia mediática. Opinadores del “tótum revólutum”, “todólogos” de voz alta y perfil intelectual bajo, colman con su vacuo discurso y su artera opinión, platós iluminados con oscuras intenciones. Unos y otros, subalternos al servicio de perfilar una realidad que se alza sobre el irreconciliable desencuentro, la oposición irrebatible y la foto estática de un tiempo sin más salida que la indiferencia narcotizada o el exaltado mal humor irracional y paralizante.

Una parte importante de nuestra radiotelevisión es también información de servicio público. Enunciación de los hechos, revelación de las circunstancias, anuncio de las novedades. Por eso no es de extrañar que tantos pretendan hacer de su dominio controlado, coto privado para sus intereses. Lamentable el ninguneo a los profesionales de las radiotelevisiones públicas, que de manera objetiva, trabajan para hacer información veraz sin la interesada intermediación política. Triste la cortedad de miras y alegre la desenvoltura, de los que nos representan de un lado al otro del arco parlamentario, cuando ante nuestras alienadas y dimitidas conciencias, nos muestran su pelea, sin careta ni antifaz, por el control de la gestión de los informativos. Unos y otras, otros y unas, una vez más se retratan en sus aviesos objetivos y manipuladoras intenciones. Quieren y luchan por el control de la información y no tanto por hacer que la radiotelevisión pública sea herramienta transformadora, argamasa sobre la que construir y consolidar valores, hábitos y conocimientos. Herramienta para el avance social con la que podamos sentirnos comprometidos y orgullosos. En las diferentes radiotelevisiones públicas existen ya esos profesionales con la capacidad para desarrollar ese modelo de radiotelevisión. Otros pueden sumar su conocimiento y su creatividad para desarrollar nuevos contenidos. En Metáfora nos gustaría que por eso se pelearan nuestros representantes.  Que su interés no fuera controlar para su espurio beneficio la información y los recursos que se han de poner al beneficio de todos y si en apoyar sin ambages esa esa radiotelevisión creativa, divulgadora y crítica, que como dijeron los muchachitos de Aviador Dro…aún es nutritiva.

Nada que objetar a que la televisión sea también inocuo entretenimiento. Come tiempo para las horas perdidas. Quien quiera hacer con ello negocio, que se lleve su tajada y quede el beneficio en el poso de su conciencia, pero las televisiones públicas, las nuestras, las de todas y todos, pueden estar para eso pero también para mucho más. Hay cierto afán “cultureta” por hacer de menos a la televisión, sin embargo y como dijo el semiólogo Umberto Eco, en Metáfora creemos que  “La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la responsable reflexión crítica, y no una invitación a la manipulación y la hipnosis”.

Alfredo Jaso

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Futurismo

Allá por los comienzos del siglo XX y en su exégesis del mundo moderno, Filippo Tommaso Marinetti, padre del movimiento futurista, elevaba un canto al imperio de la tecnología, la exaltación maquinista y el culto al progreso técnico como culmen liberador de un modelo de sociedad creado por el orden capitalista. Más allá de algún alarde artístico de vocación rupturista, tras su manifiesto pseudo-anarquista y de estética radical, Marinetti planteaba la pretenciosa fundación de un nuevo mundo para un hombre nuevo. Su doctrina, anhelaba alcanzar el enajenado sueño, de una sociedad en apariencia dirigida por máquinas eficientes, llamadas a tutelar las humanas voluntades con la superficial velocidad de la infalible inteligencia artificial. Esta libertaria invocación a la robotización de la sociedad, pronto cayó en manos de un ideario totalitario. Tras la aviesa pretensión del advenimiento de un nuevo orden tutelado por una élite, se pretendía sacar a la “masa amorfa” de su ignorancia, aleccionando a una “mediocre sociedad de masas” con el mazo de la infoxicación propagandística y pseudo-publicitaria de un nacionalismo autocrático y excluyente. El futurismo maquinista y robotizado que soñaba Marinetti, hecho de utopía, libertad, belleza, arte y velocidad, sin embargo creció en el menosprecio hacia toda aquella manifestación creativa que recogiendo el acervo de los tiempos pasados, se alzara libre sobre el presente y aportara su visión como legado para los nuevos tiempos. Por considerarlo ejemplo de femenina debilidad, atacó toda aquella expresión que al nacer de un corazón vivo y libre, buscase la comprensión de las emociones y sus sentimientos. Por eso mismo se hizo fuerte en la supremacía de género, en la prevalencia viril y en el desprecio por la vida sosegada y más cercana a la naturaleza. Hizo suyos el ideal del culto a la guerra y la superioridad del pensamiento único, mediante la eliminación del diálogo crítico. En fin, en la oda futurista de Marinetti, la primitiva retórica artística revolucionaria de corte pseudo-anarquista, quedó ligada paradójicamente a un sentimiento conservador y totalitario, políticamente reaccionario, fascista, de cariz burgués y de fuerte carácter individualista.

Pero hoy, más de 100 años después, si observamos atentamente a nuestro alrededor, quizá debamos convenir que no estamos tan lejos de esos tiempos futuros que soñaba Marinetti. Hoy es desde el control del consumo y la opinión, a partir de la gestión del flujo y el análisis de los grandes datos informáticos como se escruta, moldea y condiciona nuestro criterio consumidor.

Es hoy, desde la generalización y el control de un entramado de Redes Sociales colmado de discursos de escueta simpleza, infantil ingenuidad, adolescente soberbia e interesada manipulación, como desde el artificio de un “neolenguaje”, opaco y ambiguo, se construye una nueva realidad a menudo banal, levantada sobre opiniones sesgadas, poses fingidas y acalorados pareceres.

Es ya hoy, que por tan solo tener la opción de expresar una opinión y que esta pueda ser difundida masivamente entre seguidores, generando adhesiones entre iguales y discordia violenta entre los que piensan de manera distinta, que nos sentimos virtualmente libres y protagonistas. Sin pensar reflexivamente, ni importarnos si nuestras palabras aportan o suman, o si al contrario restan y separan o simplemente, sobran.

Es hoy, desde la digital infoxicación, el narcótico ruido sin sentido y el palabrerío mediático, que se nos mantiene enganchados a la liturgia del empacho informativo para entorpecer el sentido común, desorientar el poder de las ideas, y desbaratar la verdad hasta transustanciarla en falsedad y mentira complacida capaz de llenar papeletas y urnas.

Es ya hoy, desde un entramado de mercadeo publicitario y venta, basado en la administración de las experiencias como sublimación de las sensaciones, como se nos atrapa para mantenernos entretenidos, hipnotizados, sumisos consumidores, sujetos sujetados, en la tela de araña comercial de una deslumbrante realidad virtual.

Es hoy, desde que quien ha de decidir en ello, no fomenta el desarrollo del espíritu crítico en la programación educativa. Ni incentiva el afán de conocimiento humanístico y científico. Ni facilita la necesidad de compartirlo como vía para hacer crecer a seres humanos libres, como se mantiene bien abastecido de mano de obra cualificada, barata y bien domesticada el mercado laboral.

Es hoy y desde el apoyo al acelerado emprendimiento, fugaz panegírico a un tiempo de ilusionados compromisos, como se promueve el éxito de unos pocos para fomentar precarias promesas y baldías oportunidades tecnológicas y laborales para muchos.

Es ya hoy, desde quien controla la investigación científica, desarrollada con la interesada perspectiva de la rentabilidad y patrocinada por los grandes grupos empresariales se desarrollan intimidatorias armas para matar, se curan enfermedades o se condenan enfermos y se desmantelan equipos de trabajo para cerrar cauces de humana investigación.

Es hoy, desde esta nueva era de la robotización laboral y el automatismo doméstico, como se abaratan costes industriales, se aumentan los beneficios y al fin  se gestionan el ansia de ocio sin tiempo y la soledad sin roce, ni cariño.

Es hoy, cuando desde los medios de comunicación de masas, nos presentan en deconstruidos platos de diseño y disueltos en un anodino caldo de insípido sabor a irresponsabilidad, los que son sabrosos y rotundos éticos valores humanos de fraternidad, igualdad y libertad, para así mejor tolerar nuestra indiferencia ante la indigestión de la injusticia.

Es hoy, desde la difusión y el apoyo a las creencias religiosas, políticas o sentimentales como se auspicia la soberbia de la soberanía izada como bandera de la diferencia, que alzada sobre la interesada independencia individual, se impone sobre el bien común, encontrando razones sin motivos para negar libertades y derechos.

O en fin, es ya desde toda esa patulea de gurús amantes de la notoriedad. De todologos opinadores, mercachifles de ruidosas frases y lisa simpleza. Expertos de la analgésica palabra digital. Hacedores del cambio con remedio y rima fácil para todo, que con viejos mensajes y aparentemente nuevas maneras, procuran recetas en charlas de no más de 5 minutos, cura para nuestro mal de adolescente irresponsabilidad social.

Y es así como hoy avanzamos, sonrientes y jubilosos, ingenuos, ignorantes, narcotizados, entretenidos, inconscientes y pasmados hacia un remedo virtual de aquella enajenada visión futurista de principios del siglo XX.

Es alcanzado ese cómodo oblomovismo social, conformista y conformado. Complaciente y complacido en el activismo perezoso. Hecho de gestos elocuentes y donación publicitaria. De filantropía de escaparate y solidaridad de dorsal y paso rápido. Como repantigados al fin ante la pantalla que nos mira, nos sentimos poderosos en el coliseo del banal  me gusta. Compartiendo el bueno para mi y los míos en un alarde de significación etiquetada. En fin es así como dentro del establo digital y alimentados de barbitúricas  experiencias virtuales, nos sentimos más libres que nunca, siendo como siempre, esclavos sometidos a una “democrática estupidez organizada”, en la que todas y todos, como recua amansada, participamos bajo la atenta y controladora mirada de una élite que nos gobierna, tal y como soñó Marinetti, delegando el control en robots obedientes e infalibles y máquinas veloces con maneras de inteligencia.

Sin embargo, no se podrá negar que vivimos un tiempo de protección de los derechos y aumento de las libertades como nunca antes ha disfrutado la especie humana. Que avanzamos cada día en un innegable progreso de la técnica que permite una mejora de  nuestras condiciones de vida. Que la ciencia con su imparable adelanto hace aumentar la esperanza de alargar nuestros días como nunca habíamos soñado. Que existen cauces de comunicación, generosos y útiles para compartir el conocimiento y ponerlo al servicio de quien quiera usarlo como jamás habíamos tenido. Sin duda, el progreso sometido al avance tecnológico, es ejercicio de respetuosa civilización cuando se justifica para el universal bien común. Tenemos el conocimiento, las herramientas para que así sea. Por eso, cada día se hace más evidente que la supervivencia de la humanidad no ha de ser, en el fondo, un problema de avances tecnológicos y su consumación técnica, sino de las concepciones de los valores y objetivos de los individuos y las comunidades en las que estos se incardinan. El advenimiento de una nueva conciencia, debe asentarse sobre los pilares de la fraternidad entre seres humanos y de estos con el planeta que habitamos y los seres vivos que en él nos acompañan. La igualdad de oportunidades en la diferencia y la diversidad para el desarrollo de personas y pueblos y el respeto por la libertad propia y ajena. Solo así, mediante la observación atenta, la comprensión sin prejuicios y el afán de compartir generosamente y sin miedo, podremos tomarle el pulso real a la vida, para sin interesados intermediarios virtuales, hacer de la sonrisa consciente y la alegría responsable, herramientas creativas para el cambio. Instrumentos técnicos y maneras tecnológicas que junto al avance científico y maquinista, han de facilitar nuestro progreso y crecimiento como seres humanos libres, creativos, responsables, y comprometidos.

Ernst Gombrich, refiriéndose a la percepción hacia las vanguardias escribió: “nunca podemos separar limpiamente lo que vemos de lo que sabemos…hay que aprender a ver porque la visión es engañosa”. La corriente vanguardista que proclamó una nueva era de mayor libertad. Que aspiraba a levantar de suelo a un ser humano no esclavizado y consciente para poder elegir. Que proponía la democratización del arte. Que glorificaba el gusto por la velocidad y la tecnología. Que veía en la máquina y el robot herramientas del cambio al servicio del hombre. Terminó aferrándose a un ideario totalitario y Filippo Tommaso Marinetti, el hombre que soñaba con que el dominio de la técnica nos haría libres, acabó convertido en vasallo de fascismo de Benito Mussolini…

Quizá esta revolución revelada de inteligencias artificiales, nos mantiene acorralados, hipnotizados entre fotos y mensajes y sin quererlo saber del todo, toleramos un postfascismo que nos gobierna, moldeando criterios, creando opiniones, generando necesidades y miedo, planteando censuras, eliminando derechos…quizá vivimos ya esos tiempos futuros de Marinetti, sin embargo en nuestra cerebro está el poder de generar sinapsis creativas para despertar del narcótico letargo. En nuestra mano tenemos las herramientas para hacerlo. Uno a una y sumadas todos, tenemos el poder para conseguirlo. Solo hace falta encontrar en nuestro corazón la voluntad creativa que nos empuje decididamente a hacerlo.

 

Alfredo Jaso

Foto:Jose Ignacio Garcia Zajaczkowsk

 

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Los clásicos

 

Fue el gran Italo Calvino quien en su ensayo “Por qué leer los clásicos” nos dijo que “estos nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos”. Hablaba Calvino de la literatura, pero lo mismo sucede con la ciencia, la filosofía, la música, el arte, la arquitectura, la comunicación…ahí están la músicas de Mozart, Falla, Monk, Bowie…los pensamientos de Platón, Kant, Cioran…los edificios de Calícatres, Lloyd Wright, Van de Rhoe, Foster…los colores de  Piero della Francesca, Velazquez, Goya o Van Gogh o Barceló… Es bueno trabajar desde el reposado poso de lo que dejaron los más grandes en cualquier disciplina. Es necesario hacerlo para luego olvidarlo todo y desde nuestra propia mirada, intentar dar un nuevo y arriesgado paso más en ese camino común.  Los clásicos son un eco que nunca termina de apagarse. Una voz que espera a que se le añada una nueva palabra para continuar sonando. Somos exploradores de lo que llega hasta nosotros desde lo profundo de un continuo cultural. Por eso, es mayor el compromiso con el trabajo hecho cuando sin dejar de ser pasajeros de nuestro tiempo, escuchamos la voz de los que nos precedieron. De esa manera, la mirada adquiere solidez y la propuesta se ensancha abarcado nuevos horizontes. Mirarse el ombligo haciendo de lo contemporáneo única referencia, es un ejercicio de banal intrascendencia. Seguir como moscas, solo las efímeras modas del momento, puede darnos cierta fugaz relevancia pero sin duda hace superficial el trabajo. Lo deja prendido solo de los frágiles hilos de la más caduca actualidad. Está bien para lo inmediato y de fácil consumo. Es bueno para asuntos de usar y tirar, pero inútil cuando lo que se pretende es echarle un pulso al olvido y ganar la batalla de la permanencia contra el tiempo.

Es nuestro compromiso elegir entre ser único y valiente o seguir al rebaño y su balido. Es nuestra responsabilidad dar un paso más en ese camino de progreso. Es tarea nuestra mirar más lejos, sin perder de vista a los que sumaron el valor de su vanguardia sin atender al mandato de las modas. Tomar el impulso que viene de lejos y atender a los clásicos, no tiene nada que ver con lo antiguo. Es presente continuo, aunque la propuesta tenga 100 o miles de años. Un clásico nos confronta con la humana pregunta desde la aprobación o para la oposición radical, pero siempre desde la experiencia compartida. Por eso, revisitar los clásicos desde el respeto y la admiración para otorgarles una nueva mirada, es un ejercicio útil y necesario para que cada generación se quite la orgullosa pátina de exclusiva y momentánea modernidad y acepte el desafío de aportar al acervo común de la humanidad, un nuevo paso que desde su propia mirada, suponga un avance desde el crecimiento o la ruptura, en la continuidad cultural.  Hacerlo así aporta sin duda un valor diferencial que hace crecer sólidamente a las nuevas propuestas. No saber apreciarlo convierte cada nueva idea en una ganga intelectual. Un saldo oportunista que como las cuentas de cristal barato, brillan aparatosamente antes de volverse opacas. Revisitar a los clásicos, sean de la disciplina que sean,  es un compromiso con nuestro tiempo. Una deuda que nos enriquece como seres vivos efímeros y nos vincula con la imperecedera trascendencia de lo humano.

Alfredo Jaso

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Buenos días

 

 

A veces y siempre por sorpresa,
sin avisar, sin rubor y a toda prisa,
la vida nos golpea en la cabeza
y por la fuerza la ilusión nos decomisa.
Hay días que las horas nos aprietan
y el temor a los retos nos eclipsa.
Más hay que encontrar la fuerza en la flaqueza
y buscar la salida más precisa.
Para que la alegría le pueda a la tristeza,
compartamos valientes la sonrisa,
y para que la más libre y creativa belleza,
venza a la ríspida acedía,
olvidemos la prisa y la pereza
y cambiémosle el rumbo a cada día.
Dobleguemos al tedio con la risa,
derrotemos su fea antipatía.
Ganémosle al miedo su divisa,
y enfrentemos su triste tiranía.
Miremos con ojos renovados,
entreguemos responsables la sonrisa
y hagamos por cambiar los días malos,
por cientos de hermosos buenos días

Alfredo Jaso

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No sabe pero contesta

mundo

Es la demoscopia el nuevo oráculo de Delfos. El lugar al que todos acuden para comprobar la veracidad de sus argumentos. Hoy nada se decide sin el previo análisis de los datos compilados y de las opiniones vertidas.  Ha de responderse un SI o un NO a un cuestionario que evalúa gustos e intereses y para los indecisos, queda una socorrida tercera vía, un comodín que para los de irresoluto parecer, se resume en un “NO SABE, NO CONTESTA”.  A pesar de la escasa relevancia de esta casilla en el número  total de las respuestas, sociólogos y analistas suelen concederle a este apartado el valor de la cualificación silenciosa, esa que denota, si no inteligencia, si al menos honestidad y sentido común. Deberíamos convenir que si no se tiene conocimiento o información sobre alguna materia en cuestión, lo más adecuado sería no contestar al respecto. Sin embargo hoy lo más habitual es responder con soltura a cualquier cuestión que se nos plantee y en muchas ocasiones, hacerlo con total libertad y desde la más libre ignorancia. En estos tiempos que vivimos, tendemos a considerar que si de continuo se nos reclama nuestra opinión, ha de ser porque esta se tiene por valiosa. Nada que objetar al que quiere saber y pregunta, pero cierto reparo ante el que responde y opina sin saber.  Hemos aceptado como necesario ejercicio democrático el que exista la libre opinión, y así  proliferan los “todólogos” que en cualquier medio de comunicación exponen su parecer sobre materias en las que muy probablemente no sean expertos. Opiniones que ya de cuarta mano, se extienden en la calle como verdades tautológicas.  Bueno es que la libertad nos permita opinar sobre cualquier asunto, pero mejor habría de ser que la inteligencia nos hiciera callar cuando no tenemos conocimientos suficientes sobre la materia. Es cierto que se entiende mejor cuando nos enfrentamos a una realidad social poblada de genios capaces de enfrentarse a cualquier dilema y responder ante cualquier demanda. Así vemos como un ministro con cartera, sirve al poco, para otros varios ministerios. Un consejero puede desempeñar a lo largo de su carrera política, varias responsabilidades autonómicas o un concejal de festejos terminar como responsable de urbanismo. Pero señalar esta realidad entre los responsables de gestionar lo de todxs, resulta cómodo y casi siempre llama al aplauso fácil más sin embargo, no debería parecernos extraño, pues en el día a día descubrimos que personajes con cierta notoriedad pública y sin mucho rigor intelectual ejercen de periodista sin saber del oficio, oímos que personas que no son arquitectos diseñan casas, licenciados sin ninguna preparación pedagógica enseñan materias que no dominan, esforzados estudiantes  hacen de camareros sin saber llevar una bandeja y cualquier ciudadano o ciudadana,  se permite opinar sobre aspectos relacionados con el diseño, la comunicación y la publicidad, solo porque camina por la calle y ve la televisión. Cierto es que en este oficio, no es difícil tener una idea una vez y hasta puede que esta incluso sea brillante y es quizá por ello, que como el burro flautista de la fábula, cualquiera se siente capacitado para expresar una opinión al respecto y ejercer de critico.  Opinan, deciden y en ocasiones ejercen sobre estas materias personas cuyo conocimiento en estos asuntos es cuando menos relativo y tangencial y todxs admitimos que así ha de ser porque al fin y al cabo todo el mundo tiene derecho a opinar aunque no sepa y porque sobre gustos…así como a nadie se le ocurre decirle a un profesional de la medicina que ponga una vía unos milímetros más arriba o de un color más fuerte, que en una radiografía el plano no está bien compuesto o en una fórmula magistral parece que le falta consistencia al mensaje, en nuestro oficio eso si está permitido y muchas ocasiones las decisiones las toman y las opiniones se dan, como dije al comienzo, con total libertad y desde la más libre ignorancia. Así pues y teniendo en cuenta que como dijo el poeta Celaya,  “nosotros somos quien somos“, propongo a los expertos demoscópicos que para no llamarnos a engaños, añadan una nueva categoría en sus resultados estadísticos esa que se incluya al más peligroso, el que  “NO SABE, PERO CONTESTA”.

Alfredo Jaso

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Éxito

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Tener  éxito en la vida, es sonreír mucho y saber reírse de lo que no tiene importancia y también de lo que la tiene, pero no tanto. Saber que la vida ha de tomarse a broma, pero que debemos vivirla muy en serio y no al revés. Tomarla en serio para vivirla medio en broma.

Tener  éxito en la vida, es aprender a descubrir que la belleza y el amor están en las pequeñas cosas, en las más sencillas, las que tenemos más cerca, pero también, en la manera que tenemos de mirarlas y en la libre y respetuosa relación que mantenemos con ellas.

Tener  éxito en la vida,  es descubrir sin miedo, que en el tortuoso camino de los días, hemos de construir el amor a la vida, sobre los inquebrantables pilares de la alegría, la belleza, el respeto, la libre generosidad, pero también del placer. Pues no hay más justificación a la vida, que la de aprender a disfrutar del placer de vivirla.

Tener  éxito en la vida, es saber aceptar la generosidad de los que llegan, conociendo nuestra débil carencia, sin el debe del amor propio. Es hacer de la compasión, vara de medida para comprender nuestras limitaciones, sin dejar que el orgullo, su miedo y el rancio sabor del rencor, nos colmen de mil razones, casi siempre sin razón.

Tener éxito en la vida, es querer mantener el compromiso con el trabajo bien hecho, sabiendo disfrutar del paso de cada tarea, para convertir ese gozo en una oportunidad para aprender. Es saber compartir lo aprendido, no desde el autoritarismo del que manda e impone, si no  impartiendo el magisterio, desde la autoridad del que más sabe y más entrega.

Tener  éxito en la vida, es saber soportar la traición de falsos amigos y comprender los errores de los amigos verdaderos.  Pues es de unos y de otros, de quienes aprenderás mucho más de ti. Por eso, tener éxito en la vida es aprender a buscar lo mejor en los demás, sin dobleces, ni falsos intereses, y a ser compasivo con nuestras propias debilidades y con las humanas miserias de lxs otrxs.

Tener éxito en la vida, es contentarse con lo justo. Deseando sin esperanza, sin aguardar recompensas, sin buscar vanas pretensiones que ocultan lo que somos, bajo el disfraz de lo que queremos ser y haciendo el ejercicio diario de pedirle a los días, nada más que el regalo de vivir.

Tener éxito en la vida, es querer compartir la alegría a sabiendas del peligro que supone saber que una sonrisa, es una invitación a la creativa transformación y a la revolucionaria generosidad.

Alfredo Jaso

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Confianza

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Tengo absoluta confianza en que el mundo va a mejorar. Lo digo sin pretender construir un muro de vanos y buenos deseos desde el que esconderme de la realidad. Lo digo como lo siento, con una sonrisa. Pero lo digo también desde la sensata responsabilidad que propone ser consciente de mis propias decisiones. Al poner sobre el papel mi voluntad, no miro para otro lado. No me escabullo ante las injusticias para las que un solo ser humano no tiene remedio. Situaciones sobre las que una sociedad madura y responsable ha de actuar para ponerles definitivo fin. Pero tengo muy claro que si asumimos que la vida es un juego, no deberíamos darlo por perdido antes de haber tirado todas las cartas. Si nos jugamos la vida con una sonrisa, desde la responsabilidad, conviene jugarnosla muy en serio y entregarnos en cada envite, sin miedo a perder la jugada. Sin permitir que los que con cantos de sirena, aprovechan nuestra desesperanza en su beneficio o los que hacen de sus mentiras confortable red de embustes, nos arrebaten la posibilidad de sonreír y de vivir la vida muy en serio pero tomándonosla medio en broma.  Así, si uno no cree en esa posibilidad de un mundo más justo para todos, si uno no juega sus bazas, inevitablemente, se descarta y pierde la partida.

No me olvido de que  hemos dejado de ser esos animales asustados, que buscaban el cómodo amparo de la manada y  nos hemos dejado convertir en uno más, de los miembros  de un dócil rebaño que cree vivir libre e independiente, dentro de la confortable limitación del aprisco. No niego que hoy somos individuos interesadamente interesados, que piensan que solo aquello que les viene bien, está bien. Sujetos sujetados, que acodados en la atrevida ignorancia, hacemos del respeto y la responsabilidad, palabras en deteriorado desuso. Lo sé, eso estamos siendo y por eso, desde esa cómoda perspectiva, nos resulta más fácil pensar que lo que vemos en el momento presente, continuará indefinidamente. Por eso, sentimos que nada podemos a hacer y que nuestro esfuerzo resultará presuntuoso e inútil. Reconozco que yo también, por comodidad, he intentado unirme al clan del pesimismo. Tampoco me importa decir que en ocasiones me he dejado llevar por la indignación y he vociferado de manera airada, pretendiendo que por la potencia de mi voz o la fuerza de mi puño, en un acto de irracional heroísmo, el contrario cambiase. Pronto descubrí que en uno y otro caso, ni en la atadura del pesimismo o en la permanente y difusa indignación está la respuesta. En ambos casos, al final del camino, me encontré solo. Desde ambas miradas, la mente se acomoda y desde las dos posturas, se termina siempre justificando lo peor. Unos y otros nos prefieren ignorantes. Hombres y mujeres temerosos por la permanencia perpetua de las cosas, atados como Sísifo a un inevitable destino. Es lógico, una vida es un espacio de tiempo muy limitado y un ser humano corriente, un animal débil y preparado para sobrevivir en la permanencia pero desde el miedo, incapaz de transformar el mundo.

Sin embargo, misteriosamente, como en un caos determinado, la vida cambia y el cambio se produce si hay reflexión, voluntad y acción de uno con muchos. Se trata de que la vida no nos cambie tanto y tan hacia la mansedumbre, como para que nos impida intentar al menos cambiar nuestra vida.  Debemos permanecer en atenta observación ante lo que nos rodea, intentando comprender lo que sucede. La vida nos pide vivir sin prejuicios, para actuar de manera creativa sobre la realidad que vemos. Debemos decidir con responsabilidad y respeto para transformar lo que vivimos.

Cada día me encuentro con personas que, a pesar de la adversidad de los acontecimientos, me transmiten la alegría de vivir. Más allá del puñado de creyentes de una ortodoxia que condiciona y les convierte en activistas atados en ocasiones, a la ceguera de una ideología que contrapone, quiero creer que hay miles de personas afines a las libres ideas de cambio. Personas de gestos comprometidos, honestos, generosos y sencillos, que actúan sobre su propia vida, para cambiar de raíz el mundo.

Veo que la mayoría de la gente se toma la vida en serio y la vive medio en broma. A mi me gusta hacerlo al revés, tomarla a  broma y vivirla en serio. Un optimista no es necesariamente un risueño despistado, cantando tímidamente en la penumbra de nuestros tiempos. Mantener la alegría en la adversidad no es una simple necesidad romántica. Se basa en el hecho científico de que la historia de la humanidad no se sustenta solamente en la crueldad, sino también en la compasión, en la simpatía, en la bondad, en el valor y la acción noble, responsable y comprometida. Se basa en la acción de seres humanos libres, que no se mienten. Que no hablan en nombre de nadie, ni por boca de otros. Personas que con su ejemplo, nos dicen que es necesario actuar. Sonreír. Tomarse la vida a broma y vivirla muy en serio. Nosotros, tú y yo, también podemos ser libres. Nosotros decidimos. Aquello que prioricemos con respecto a nuestros valores y oriente nuestras decisiones, determinará nuestras vidas. Si solo vemos lo peor, si componemos nuestras horas con fríos minutos sin sentido, si convertimos nuestros en días en un triste almanaque detenido, hecho de miedos, pesimismo y resentimiento, se derrumbará nuestra capacidad de actuar. El futuro es una sucesión infinita de presentes,  y vivir hoy, tal como creemos que debemos vivir,  de manera creativa y en desafío total ante el pesimismo y el afán de revancha que nos rodea, es en si una gran victoria. Ahora, cada uno de nosotros,  debe de decidir libremente, como quiere ver el mundo.

Alfredo Jaso

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