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Dos palabras sencillas deberían bastar para conducir con bien nuestro paso por los días: respeto y responsabilidad.  El respeto hacia los demás y con nosotras y nosotros mismos y la responsabilidad sobre lo que hacemos y decimos, deberían ser los pilares sobre los que sustentar la convivencia entre personas y el desenvolvimiento profesional entre empresas, sus trabajadores y el mercado. Estas dos palabras deben de ser las columnas sobre las que sostenernos como personas respetuosas, responsables y libres. Sin embargo, pareciera que ambas, respeto y responsabilidad, suenan a palabras grandes, enormes quizá para los tiempos que corren de poses fingidas, ideologías confusas, sentimientos interesados, falsas verdades y creencias confrontadas. Más si estamos atentos y atentas, responsabilidad y respeto son de esas palabras sin fisuras que se consolidan cada día con gestos y acciones pequeñas pero valiosas. El respeto se basa en la asunción natural y conveniente de no querer para nosotros  lo que  no deseamos para otros, es eso que llamamos dignidad. Respeto es actuar para no permitir con los demás, aquello que no toleraríamos hacia nosotras y nosotros y que no es más que solidario compromiso. Responsabilidad  es actuar tomando consciencia de  los deberes que rigen nuestros actos y consecuencias de nuestras acciones.  Esto no significa negar de plano la posibilidad del error y la falta, si no ser capaces de asumir de manera consciente, por anticipado o con carácter retroactivo, los efectos de nuestras palabras y actos, sin miedo y con rigor. Sin embargo, señalar siempre es más sencillo que exigir soluciones. Buscar culpables más fácil que asumir responsabilidades. Derribar al que destaca por pensar y actuar de manera diferente, es más cómodo que apreciar desde el respeto la enriquecedora diversidad de los distintos puntos de vista. Respeto y responsabilidad son dos palabras sencillas y fáciles de comprender, pero como género humano, tomados en la globalidad de la especie y asumiendo la injusticia de la generalización, pareciera que forman parte de un jeroglífico de difícil interpretación.  Si a ellas le añadimos el pleonasmo de la generosidad desinteresada. La actitud de la alegría consciente. La virtud de la duda y la crítica constructiva y  la herramienta de la comprensión compasiva y sin miedo, sin duda podríamos alzarnos en una sociedad más justa en el respeto hacia todas y todos, más libre en la responsabilidad, más generosa y solidaria en su compromiso y más creativa en su manera de afrontar el reto del regalo de los días. Más sin embargo cada día y viendo qué sucede con las pequeñas cosas, en ocasiones es más fácil comprender mejor el por qué nos comportamos así  en las decisiones más grandes.

Alfredo Jaso
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