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Algo extraordinario

El deseo es algo extraordinario. Una luz reparadora cuando lo encendemos en las tinieblas. Un calor reconfortante cuando tenemos frío. Una fuerza creadora cuando se construye desde el respeto, el amor, la libertad consciente y la responsable alegría compartida. El deseo es una invitación al descubrimiento y la conquista de lo desconocido. Una motivación para dar un paso decidido hacia algo o alguien. El deseo abre el camino de las emociones. Las emociones no plantean controversia, se aceptan como parte de un imaginario común que todos conocemos y alguna vez hemos llegado a experimentar: alegría, ternura, miedo, ira, sorpresa…vivimos en un mundo repleto de deseos y emociones que nos diferencian pero también nos igualan. Deseamos una propiedad, ejercer el poder sobre otros, la inmortalidad, deseamos ser amados, reconocidos… deseamos emocionarnos a cada paso de la vida porque entendemos que la vida es emoción y asumimos que una vida sin emoción es una pobre vida. Convertimos el deseo en la búsqueda permanente de la emoción y el propósito de su logro, y por ello se nos invita a hacer de los días una ansiosa ruta vital emocionante.

El deseo necesita un símbolo: una persona, una creencia, un objeto, una idea que me ofrece una sensación, que me hace sentir aquello que me gusta o me disgusta; si la sensación es agradable, yo deseo aferrarme a ello y continuar con ese placer que se limita en su símbolo. Si no lo es, se convierte en ira y rencor contenido. Así, pienso, y pienso, y me recreo en ello o lo resisto y le doy más fuerza y mi deseo aumenta. Ya no es la relación directa con determinado objeto, persona o idea la cual es simple proximidad, búsqueda, descubierta y natural deseo, sino que ahora el pensamiento aumenta ese deseo haciéndome pensar en el objeto, en esa creencia, en esa persona, creando imágenes, representaciones que desembocan en una emoción que nos hace sentir únicos.

Por eso nos prefieren emocionados. Sujetos sujetados que responden automáticamente a la emoción superficial, básica y unidireccional sin apenas sentimiento. El sentimiento incluye la capacidad de pensar y reflexionar de manera consciente sobre lo que se vive y se siente. No quieren  que reflexionemos, que vivamos desde el sentimiento consciente, que hagamos de la observación atenta y la comprensión sin juicio el hastial de nuestros días. Nos prefieren anhelantes, emocionados y vulnerables. De ahí el éxito de la comunicación basada en el deseo y la emoción. Por eso proliferan las campañas comerciales y políticas que proponen la emoción desde el mensaje fácil y superficial. Propuestas que pretenden despertar la fascinación del que se cree distinto, libre y miembro de un grupo que confiere distinción sobre otros. Porque es La ilusión de singularidad que provoca la personalización de lo comercial, desde la emoción y el deseo insatisfecho, la manera más eficaz de manipular y controlar a las masas pensantes. Ya sea con el fin de colocar una idea o una marca, de vender un producto o conseguir un voto. Saben que cuanto más nos piden que nos concentremos en la consecución de un fin, más desatendemos nuestra capacidad de cuidar los medios para obtenerlo. Cuanto más se rebaja el umbral de la observación atenta, de la comprensión sin  juicio, más se diluye la posibilidad de tomar decisiones de manera consciente y libre y más se eleva la irracional necesidad de obtener satisfacción al deseo desde la emoción provocada.

Es posible que para muchas de tus preguntas nadie tenga respuestas, pero jamás olvides que todos tenemos la responsabilidad. Sabemos que es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada. Por eso cada vez más el marketing, comercial y político, se inclinara por convertirse en el arte de llegar a nuestras emociones, buscando satisfacer deseos incumplidos y necesidades insatisfechas. Por eso, cuando caigamos en el recurso creativo del mensaje emocionante, pensemos primero en el buen fin que busca esa emoción. Hagámoslo desde la invitación al deseo y la emoción pero por la ruta del sentimiento. Que sea el usuario el que decida y que para ello tome su tiempo y lo haga sin el tamiz de la manipulación emocional. Invitémosle a la reflexión para la decisión consciente y libre. Que sea él o ella el que decida sin más intermediario que los motivos de la razón y el sentimiento del corazón. Observa, comprende, comparte, sonríe y sé creativo. Si lo hacemos así, nuestro trabajo será más honesto, más libre, tendrá más verdad y por consiguiente, será más eficaz. Lo creo así porque así lo siento y así lo hacemos en Metáfora.

Alfredo Jaso

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