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Los clásicos

 

Fue el gran Italo Calvino quien en su ensayo “Por qué leer los clásicos” nos dijo que “estos nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos”. Hablaba Calvino de la literatura, pero lo mismo sucede con la ciencia, la filosofía, la música, el arte, la arquitectura, la comunicación…ahí están la músicas de Mozart, Falla, Monk, Bowie…los pensamientos de Platón, Kant, Cioran…los edificios de Calícatres, Lloyd Wright, Van de Rhoe, Foster…los colores de  Piero della Francesca, Velazquez, Goya o Van Gogh o Barceló… Es bueno trabajar desde el reposado poso de lo que dejaron los más grandes en cualquier disciplina. Es necesario hacerlo para luego olvidarlo todo y desde nuestra propia mirada, intentar dar un nuevo y arriesgado paso más en ese camino común.  Los clásicos son un eco que nunca termina de apagarse. Una voz que espera a que se le añada una nueva palabra para continuar sonando. Somos exploradores de lo que llega hasta nosotros desde lo profundo de un continuo cultural. Por eso, es mayor el compromiso con el trabajo hecho cuando sin dejar de ser pasajeros de nuestro tiempo, escuchamos la voz de los que nos precedieron. De esa manera, la mirada adquiere solidez y la propuesta se ensancha abarcado nuevos horizontes. Mirarse el ombligo haciendo de lo contemporáneo única referencia, es un ejercicio de banal intrascendencia. Seguir como moscas, solo las efímeras modas del momento, puede darnos cierta fugaz relevancia pero sin duda hace superficial el trabajo. Lo deja prendido solo de los frágiles hilos de la más caduca actualidad. Está bien para lo inmediato y de fácil consumo. Es bueno para asuntos de usar y tirar, pero inútil cuando lo que se pretende es echarle un pulso al olvido y ganar la batalla de la permanencia contra el tiempo.

Es nuestro compromiso elegir entre ser único y valiente o seguir al rebaño y su balido. Es nuestra responsabilidad dar un paso más en ese camino de progreso. Es tarea nuestra mirar más lejos, sin perder de vista a los que sumaron el valor de su vanguardia sin atender al mandato de las modas. Tomar el impulso que viene de lejos y atender a los clásicos, no tiene nada que ver con lo antiguo. Es presente continuo, aunque la propuesta tenga 100 o miles de años. Un clásico nos confronta con la humana pregunta desde la aprobación o para la oposición radical, pero siempre desde la experiencia compartida. Por eso, revisitar los clásicos desde el respeto y la admiración para otorgarles una nueva mirada, es un ejercicio útil y necesario para que cada generación se quite la orgullosa pátina de exclusiva y momentánea modernidad y acepte el desafío de aportar al acervo común de la humanidad, un nuevo paso que desde su propia mirada, suponga un avance desde el crecimiento o la ruptura, en la continuidad cultural.  Hacerlo así aporta sin duda un valor diferencial que hace crecer sólidamente a las nuevas propuestas. No saber apreciarlo convierte cada nueva idea en una ganga intelectual. Un saldo oportunista que como las cuentas de cristal barato, brillan aparatosamente antes de volverse opacas. Revisitar a los clásicos, sean de la disciplina que sean,  es un compromiso con nuestro tiempo. Una deuda que nos enriquece como seres vivos efímeros y nos vincula con la imperecedera trascendencia de lo humano.

Alfredo Jaso

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Aprendiendo

Cerradura

La función de la mente  es investigar y aprender. Por aprender no debemos entender el mero cultivo de la memoria o la acumulación de conocimientos, sino la capacidad de pensar clara y sensatamente sin caer en vanas ilusiones, partiendo de hechos y no de creencias e ideales. No existe el aprender, si el pensamiento se origina en conclusiones previas. Adquirir meramente información o conocimiento, no es aprender es acumular y preparar la memoria para que realice su función más rudimentaria, la condicionar el pensamiento para la comparación y el temor.  Aprender implica querer acercarse, descubrir con una mirada nueva y comprender libremente. Por eso aprender sólo es posible cuando no hay coacción de ninguna clase. La coacción adopta muchas formas que todos conocemos. Hay coacción a través de la influencia, a través del apego o la amenaza, mediante la estimulación persuasiva, la apariencia del querer ser, el chantaje emocional o las más sutiles formas de recompensa material o espiritual. Se suele pensar que el aprendizaje mejora por la comparación, pero en realidad es lo contrario. La comparación genera frustración y fomenta la envidia, que hoy damos en llamar  de manera productiva, competencia.  Como otras formas de persuasión, la comparación impide el aprender sin prejuicio y engendra el temor. También la ambición de llegar a ser se valora como positiva para mejorar el proceso de aprendizaje, pero en el fondo también engendra temor y enorme frustración. Debemos comprender que la ambición, ya sea personal o identificada con lo colectivo, es siempre antisocial e interesada.  Es necesario alentar el desarrollo de una mente capaz de entender la vida como una totalidad. Una mente curiosa, valiente y comprometida que asuma las experiencias de la vida como una oportunidad, sin querer escapar de ellas, evitando así la contradicción y la frustración amarga o cínica.  Pero para ello es esencial  conocer nuestro propio condicionamiento, los motivos de nuestras incertidumbres y las razones de sus búsquedas y apegos. Así, desde el conocimiento de nuestras limitaciones comenzar a pensar libremente para desde la libertad aprender, comprender y comprendernos. Y comenzar a mirar la vida y la libertad como una oportunidad para ser quien somos y crecer en el proceso. Y luego llevar lo aprendido a todos nuestros gestos cotidianos y nuestra labor profesional.

Alfredo Jaso

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