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Radiotelevisión pública

 

Fue el pensador estadounidense Groucho Marx quien dijo: «Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”. Para el líder «marxista» y genio del humor, la televisión estaba muy cerca de ser lo que otro ser humano genial de nombre Federico Fellini definió como: «Ese espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Sin embargo en Metáfora sabemos que la televisión, utilizada con sentido común y afán educativo, sigue siendo una poderosa herramienta que puede ayudar a  construir un mundo más fraterno, más diverso, más justo y más libre. Mucho parece para la tan denostada «caja tonta». Sin embargo, en manos de personas creativas, sensatas, generosas y responsables (sí, se puede ser las cuatro cosas a la vez) la televisión es aún una ventana que se abre al conocimiento para reforzar buenos hábitos, difundir nuevas ideas y potenciar valores como el respeto a los demás en la diversidad. La actitud y la acción responsable desde lo individual y lo colectivo y el amor al entorno natural como bien a cuidar entre todas y todos. La televisión es un buen instrumento que desde la escucha y el diálogo, puede servir para fomentar un espíritu crítico desde una mirada constructiva. Que sea baluarte de la cultura, de la ciencia y también de la información de interés. Una información que no tiene por qué estar aislada de la comunicación cuidada y cuidadosa, ni tiene por qué apartarse de las emociones, ni de lo afectivo. Una televisión que  ha de ser divulgativa, pero también objetiva y de servicio público. Una televisión siempre a disposición del objetivo de mejorar el bien común.

Pero como bien profetizó el sociólogo francés, Alain Tourine, «La televisión, que será la base de la opinión pública, ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global, no hay nada”. Por eso hoy abundan en las parrillas de programación televisiva, propuestas que convierten la realidad en papilla para mentes infantilizadas e irresponsables a los que se les ofrece un menú cuajado de «shows» de pseudo-realidad ficticia, donde el individuo es protagonista sin más valor, ni fondo que su difuminada y deconstruida presencia mediática. Opinadores del «tótum revólutum», «todólogos» de voz alta y perfil intelectual bajo, colman con su vacuo discurso y su artera opinión, platós iluminados con oscuras intenciones. Unos y otros, subalternos al servicio de perfilar una realidad que se alza sobre el irreconciliable desencuentro, la oposición irrebatible y la foto estática de un tiempo sin más salida que la indiferencia narcotizada o el exaltado mal humor irracional y paralizante.

Una parte importante de nuestra radiotelevisión es también información de servicio público. Enunciación de los hechos, revelación de las circunstancias, anuncio de las novedades. Por eso no es de extrañar que tantos pretendan hacer de su dominio controlado, coto privado para sus intereses. Lamentable el ninguneo a los profesionales de las radiotelevisiones públicas, que de manera objetiva, trabajan para hacer información veraz sin la interesada intermediación política. Triste la cortedad de miras y alegre la desenvoltura, de los que nos representan de un lado al otro del arco parlamentario, cuando ante nuestras alienadas y dimitidas conciencias, nos muestran su pelea, sin careta ni antifaz, por el control de la gestión de los informativos. Unos y otras, otros y unas, una vez más se retratan en sus aviesos objetivos y manipuladoras intenciones. Quieren y luchan por el control de la información y no tanto por hacer que la radiotelevisión pública sea herramienta transformadora, argamasa sobre la que construir y consolidar valores, hábitos y conocimientos. Herramienta para el avance social con la que podamos sentirnos comprometidos y orgullosos. En las diferentes radiotelevisiones públicas existen ya esos profesionales con la capacidad para desarrollar ese modelo de radiotelevisión. Otros pueden sumar su conocimiento y su creatividad para desarrollar nuevos contenidos. En Metáfora nos gustaría que por eso se pelearan nuestros representantes.  Que su interés no fuera controlar para su espurio beneficio la información y los recursos que se han de poner al beneficio de todos y si en apoyar sin ambages esa esa radiotelevisión creativa, divulgadora y crítica, que como dijeron los muchachitos de Aviador Dro…aún es nutritiva.

Nada que objetar a que la televisión sea también inocuo entretenimiento. Come tiempo para las horas perdidas. Quien quiera hacer con ello negocio, que se lleve su tajada y quede el beneficio en el poso de su conciencia, pero las televisiones públicas, las nuestras, las de todas y todos, pueden estar para eso pero también para mucho más. Hay cierto afán «cultureta» por hacer de menos a la televisión, sin embargo y como dijo el semiólogo Umberto Eco, en Metáfora creemos que  “La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la responsable reflexión crítica, y no una invitación a la manipulación y la hipnosis”.

Alfredo Jaso

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Futurismo

Allá por los comienzos del siglo XX y en su exégesis del mundo moderno, Filippo Tommaso Marinetti, padre del movimiento futurista, elevaba un canto al imperio de la tecnología, la exaltación maquinista y el culto al progreso técnico como culmen liberador de un modelo de sociedad creado por el orden capitalista. Más allá de algún alarde artístico de vocación rupturista, tras su manifiesto pseudo-anarquista y de estética radical, Marinetti planteaba la pretenciosa fundación de un nuevo mundo para un hombre nuevo. Su doctrina, anhelaba alcanzar el enajenado sueño, de una sociedad en apariencia dirigida por máquinas eficientes, llamadas a tutelar las humanas voluntades con la superficial velocidad de la infalible inteligencia artificial. Esta libertaria invocación a la robotización de la sociedad, pronto cayó en manos de un ideario totalitario. Tras la aviesa pretensión del advenimiento de un nuevo orden tutelado por una élite, se pretendía sacar a la «masa amorfa» de su ignorancia, aleccionando a una «mediocre sociedad de masas» con el mazo de la infoxicación propagandística y pseudo-publicitaria de un nacionalismo autocrático y excluyente. El futurismo maquinista y robotizado que soñaba Marinetti, hecho de utopía, libertad, belleza, arte y velocidad, sin embargo creció en el menosprecio hacia toda aquella manifestación creativa que recogiendo el acervo de los tiempos pasados, se alzara libre sobre el presente y aportara su visión como legado para los nuevos tiempos. Por considerarlo ejemplo de femenina debilidad, atacó toda aquella expresión que al nacer de un corazón vivo y libre, buscase la comprensión de las emociones y sus sentimientos. Por eso mismo se hizo fuerte en la supremacía de género, en la prevalencia viril y en el desprecio por la vida sosegada y más cercana a la naturaleza. Hizo suyos el ideal del culto a la guerra y la superioridad del pensamiento único, mediante la eliminación del diálogo crítico. En fin, en la oda futurista de Marinetti, la primitiva retórica artística revolucionaria de corte pseudo-anarquista, quedó ligada paradójicamente a un sentimiento conservador y totalitario, políticamente reaccionario, fascista, de cariz burgués y de fuerte carácter individualista.

Pero hoy, más de 100 años después, si observamos atentamente a nuestro alrededor, quizá debamos convenir que no estamos tan lejos de esos tiempos futuros que soñaba Marinetti. Hoy es desde el control del consumo y la opinión, a partir de la gestión del flujo y el análisis de los grandes datos informáticos como se escruta, moldea y condiciona nuestro criterio consumidor.

Es hoy, desde la generalización y el control de un entramado de Redes Sociales colmado de discursos de escueta simpleza, infantil ingenuidad, adolescente soberbia e interesada manipulación, como desde el artificio de un «neolenguaje», opaco y ambiguo, se construye una nueva realidad a menudo banal, levantada sobre opiniones sesgadas, poses fingidas y acalorados pareceres.

Es ya hoy, que por tan solo tener la opción de expresar una opinión y que esta pueda ser difundida masivamente entre seguidores, generando adhesiones entre iguales y discordia violenta entre los que piensan de manera distinta, que nos sentimos virtualmente libres y protagonistas. Sin pensar reflexivamente, ni importarnos si nuestras palabras aportan o suman, o si al contrario restan y separan o simplemente, sobran.

Es hoy, desde la digital infoxicación, el narcótico ruido sin sentido y el palabrerío mediático, que se nos mantiene enganchados a la liturgia del empacho informativo para entorpecer el sentido común, desorientar el poder de las ideas, y desbaratar la verdad hasta transustanciarla en falsedad y mentira complacida capaz de llenar papeletas y urnas.

Es ya hoy, desde un entramado de mercadeo publicitario y venta, basado en la administración de las experiencias como sublimación de las sensaciones, como se nos atrapa para mantenernos entretenidos, hipnotizados, sumisos consumidores, sujetos sujetados, en la tela de araña comercial de una deslumbrante realidad virtual.

Es hoy, desde que quien ha de decidir en ello, no fomenta el desarrollo del espíritu crítico en la programación educativa. Ni incentiva el afán de conocimiento humanístico y científico. Ni facilita la necesidad de compartirlo como vía para hacer crecer a seres humanos libres, como se mantiene bien abastecido de mano de obra cualificada, barata y bien domesticada el mercado laboral.

Es hoy y desde el apoyo al acelerado emprendimiento, fugaz panegírico a un tiempo de ilusionados compromisos, como se promueve el éxito de unos pocos para fomentar precarias promesas y baldías oportunidades tecnológicas y laborales para muchos.

Es ya hoy, desde quien controla la investigación científica, desarrollada con la interesada perspectiva de la rentabilidad y patrocinada por los grandes grupos empresariales se desarrollan intimidatorias armas para matar, se curan enfermedades o se condenan enfermos y se desmantelan equipos de trabajo para cerrar cauces de humana investigación.

Es hoy, desde esta nueva era de la robotización laboral y el automatismo doméstico, como se abaratan costes industriales, se aumentan los beneficios y al fin  se gestionan el ansia de ocio sin tiempo y la soledad sin roce, ni cariño.

Es hoy, cuando desde los medios de comunicación de masas, nos presentan en deconstruidos platos de diseño y disueltos en un anodino caldo de insípido sabor a irresponsabilidad, los que son sabrosos y rotundos éticos valores humanos de fraternidad, igualdad y libertad, para así mejor tolerar nuestra indiferencia ante la indigestión de la injusticia.

Es hoy, desde la difusión y el apoyo a las creencias religiosas, políticas o sentimentales como se auspicia la soberbia de la soberanía izada como bandera de la diferencia, que alzada sobre la interesada independencia individual, se impone sobre el bien común, encontrando razones sin motivos para negar libertades y derechos.

O en fin, es ya desde toda esa patulea de gurús amantes de la notoriedad. De todologos opinadores, mercachifles de ruidosas frases y lisa simpleza. Expertos de la analgésica palabra digital. Hacedores del cambio con remedio y rima fácil para todo, que con viejos mensajes y aparentemente nuevas maneras, procuran recetas en charlas de no más de 5 minutos, cura para nuestro mal de adolescente irresponsabilidad social.

Y es así como hoy avanzamos, sonrientes y jubilosos, ingenuos, ignorantes, narcotizados, entretenidos, inconscientes y pasmados hacia un remedo virtual de aquella enajenada visión futurista de principios del siglo XX.

Es alcanzado ese cómodo oblomovismo social, conformista y conformado. Complaciente y complacido en el activismo perezoso. Hecho de gestos elocuentes y donación publicitaria. De filantropía de escaparate y solidaridad de dorsal y paso rápido. Como repantigados al fin ante la pantalla que nos mira, nos sentimos poderosos en el coliseo del banal  me gusta. Compartiendo el bueno para mi y los míos en un alarde de significación etiquetada. En fin es así como dentro del establo digital y alimentados de barbitúricas  experiencias virtuales, nos sentimos más libres que nunca, siendo como siempre, esclavos sometidos a una «democrática estupidez organizada», en la que todas y todos, como recua amansada, participamos bajo la atenta y controladora mirada de una élite que nos gobierna, tal y como soñó Marinetti, delegando el control en robots obedientes e infalibles y máquinas veloces con maneras de inteligencia.

Sin embargo, no se podrá negar que vivimos un tiempo de protección de los derechos y aumento de las libertades como nunca antes ha disfrutado la especie humana. Que avanzamos cada día en un innegable progreso de la técnica que permite una mejora de  nuestras condiciones de vida. Que la ciencia con su imparable adelanto hace aumentar la esperanza de alargar nuestros días como nunca habíamos soñado. Que existen cauces de comunicación, generosos y útiles para compartir el conocimiento y ponerlo al servicio de quien quiera usarlo como jamás habíamos tenido. Sin duda, el progreso sometido al avance tecnológico, es ejercicio de respetuosa civilización cuando se justifica para el universal bien común. Tenemos el conocimiento, las herramientas para que así sea. Por eso, cada día se hace más evidente que la supervivencia de la humanidad no ha de ser, en el fondo, un problema de avances tecnológicos y su consumación técnica, sino de las concepciones de los valores y objetivos de los individuos y las comunidades en las que estos se incardinan. El advenimiento de una nueva conciencia, debe asentarse sobre los pilares de la fraternidad entre seres humanos y de estos con el planeta que habitamos y los seres vivos que en él nos acompañan. La igualdad de oportunidades en la diferencia y la diversidad para el desarrollo de personas y pueblos y el respeto por la libertad propia y ajena. Solo así, mediante la observación atenta, la comprensión sin prejuicios y el afán de compartir generosamente y sin miedo, podremos tomarle el pulso real a la vida, para sin interesados intermediarios virtuales, hacer de la sonrisa consciente y la alegría responsable, herramientas creativas para el cambio. Instrumentos técnicos y maneras tecnológicas que junto al avance científico y maquinista, han de facilitar nuestro progreso y crecimiento como seres humanos libres, creativos, responsables, y comprometidos.

Ernst Gombrich, refiriéndose a la percepción hacia las vanguardias escribió: “nunca podemos separar limpiamente lo que vemos de lo que sabemos…hay que aprender a ver porque la visión es engañosa”. La corriente vanguardista que proclamó una nueva era de mayor libertad. Que aspiraba a levantar de suelo a un ser humano no esclavizado y consciente para poder elegir. Que proponía la democratización del arte. Que glorificaba el gusto por la velocidad y la tecnología. Que veía en la máquina y el robot herramientas del cambio al servicio del hombre. Terminó aferrándose a un ideario totalitario y Filippo Tommaso Marinetti, el hombre que soñaba con que el dominio de la técnica nos haría libres, acabó convertido en vasallo de fascismo de Benito Mussolini…

Quizá esta revolución revelada de inteligencias artificiales, nos mantiene acorralados, hipnotizados entre fotos y mensajes y sin quererlo saber del todo, toleramos un postfascismo que nos gobierna, moldeando criterios, creando opiniones, generando necesidades y miedo, planteando censuras, eliminando derechos…quizá vivimos ya esos tiempos futuros de Marinetti, sin embargo en nuestra cerebro está el poder de generar sinapsis creativas para despertar del narcótico letargo. En nuestra mano tenemos las herramientas para hacerlo. Uno a una y sumadas todos, tenemos el poder para conseguirlo. Solo hace falta encontrar en nuestro corazón la voluntad creativa que nos empuje decididamente a hacerlo.

 

Alfredo Jaso

Foto:Jose Ignacio Garcia Zajaczkowsk

 

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Los clásicos

 

Fue el gran Italo Calvino quien en su ensayo «Por qué leer los clásicos» nos dijo que «estos nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos». Hablaba Calvino de la literatura, pero lo mismo sucede con la ciencia, la filosofía, la música, el arte, la arquitectura, la comunicación…ahí están la músicas de Mozart, Falla, Monk, Bowie…los pensamientos de Platón, Kant, Cioran…los edificios de Calícatres, Lloyd Wright, Van de Rhoe, Foster…los colores de  Piero della Francesca, Velazquez, Goya o Van Gogh o Barceló… Es bueno trabajar desde el reposado poso de lo que dejaron los más grandes en cualquier disciplina. Es necesario hacerlo para luego olvidarlo todo y desde nuestra propia mirada, intentar dar un nuevo y arriesgado paso más en ese camino común.  Los clásicos son un eco que nunca termina de apagarse. Una voz que espera a que se le añada una nueva palabra para continuar sonando. Somos exploradores de lo que llega hasta nosotros desde lo profundo de un continuo cultural. Por eso, es mayor el compromiso con el trabajo hecho cuando sin dejar de ser pasajeros de nuestro tiempo, escuchamos la voz de los que nos precedieron. De esa manera, la mirada adquiere solidez y la propuesta se ensancha abarcado nuevos horizontes. Mirarse el ombligo haciendo de lo contemporáneo única referencia, es un ejercicio de banal intrascendencia. Seguir como moscas, solo las efímeras modas del momento, puede darnos cierta fugaz relevancia pero sin duda hace superficial el trabajo. Lo deja prendido solo de los frágiles hilos de la más caduca actualidad. Está bien para lo inmediato y de fácil consumo. Es bueno para asuntos de usar y tirar, pero inútil cuando lo que se pretende es echarle un pulso al olvido y ganar la batalla de la permanencia contra el tiempo.

Es nuestro compromiso elegir entre ser único y valiente o seguir al rebaño y su balido. Es nuestra responsabilidad dar un paso más en ese camino de progreso. Es tarea nuestra mirar más lejos, sin perder de vista a los que sumaron el valor de su vanguardia sin atender al mandato de las modas. Tomar el impulso que viene de lejos y atender a los clásicos, no tiene nada que ver con lo antiguo. Es presente continuo, aunque la propuesta tenga 100 o miles de años. Un clásico nos confronta con la humana pregunta desde la aprobación o para la oposición radical, pero siempre desde la experiencia compartida. Por eso, revisitar los clásicos desde el respeto y la admiración para otorgarles una nueva mirada, es un ejercicio útil y necesario para que cada generación se quite la orgullosa pátina de exclusiva y momentánea modernidad y acepte el desafío de aportar al acervo común de la humanidad, un nuevo paso que desde su propia mirada, suponga un avance desde el crecimiento o la ruptura, en la continuidad cultural.  Hacerlo así aporta sin duda un valor diferencial que hace crecer sólidamente a las nuevas propuestas. No saber apreciarlo convierte cada nueva idea en una ganga intelectual. Un saldo oportunista que como las cuentas de cristal barato, brillan aparatosamente antes de volverse opacas. Revisitar a los clásicos, sean de la disciplina que sean,  es un compromiso con nuestro tiempo. Una deuda que nos enriquece como seres vivos efímeros y nos vincula con la imperecedera trascendencia de lo humano.

Alfredo Jaso

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Buenos días

 

 

A veces y siempre por sorpresa,
sin avisar, sin rubor y a toda prisa,
la vida nos golpea en la cabeza
y por la fuerza la ilusión nos decomisa.
Hay días que las horas nos aprietan
y el temor a los retos nos eclipsa.
Más hay que encontrar la fuerza en la flaqueza
y buscar la salida más precisa.
Para que la alegría le pueda a la tristeza,
compartamos valientes la sonrisa,
y para que la más libre y creativa belleza,
venza a la ríspida acedía,
olvidemos la prisa y la pereza
y cambiémosle el rumbo a cada día.
Dobleguemos al tedio con la risa,
derrotemos su fea antipatía.
Ganémosle al miedo su divisa,
y enfrentemos su triste tiranía.
Miremos con ojos renovados,
entreguemos responsables la sonrisa
y hagamos por cambiar los días malos,
por cientos de hermosos buenos días

Alfredo Jaso

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Algo extraordinario

El deseo es algo extraordinario. Una luz reparadora cuando lo encendemos en las tinieblas. Un calor reconfortante cuando tenemos frío. Una fuerza creadora cuando se construye desde el respeto, el amor, la libertad consciente y la responsable alegría compartida. El deseo es una invitación al descubrimiento y la conquista de lo desconocido. Una motivación para dar un paso decidido hacia algo o alguien. El deseo abre el camino de las emociones. Las emociones no plantean controversia, se aceptan como parte de un imaginario común que todos conocemos y alguna vez hemos llegado a experimentar: alegría, ternura, miedo, ira, sorpresa…vivimos en un mundo repleto de deseos y emociones que nos diferencian pero también nos igualan. Deseamos una propiedad, ejercer el poder sobre otros, la inmortalidad, deseamos ser amados, reconocidos… deseamos emocionarnos a cada paso de la vida porque entendemos que la vida es emoción y asumimos que una vida sin emoción es una pobre vida. Convertimos el deseo en la búsqueda permanente de la emoción y el propósito de su logro, y por ello se nos invita a hacer de los días una ansiosa ruta vital emocionante.

El deseo necesita un símbolo: una persona, una creencia, un objeto, una idea que me ofrece una sensación, que me hace sentir aquello que me gusta o me disgusta; si la sensación es agradable, yo deseo aferrarme a ello y continuar con ese placer que se limita en su símbolo. Si no lo es, se convierte en ira y rencor contenido. Así, pienso, y pienso, y me recreo en ello o lo resisto y le doy más fuerza y mi deseo aumenta. Ya no es la relación directa con determinado objeto, persona o idea la cual es simple proximidad, búsqueda, descubierta y natural deseo, sino que ahora el pensamiento aumenta ese deseo haciéndome pensar en el objeto, en esa creencia, en esa persona, creando imágenes, representaciones que desembocan en una emoción que nos hace sentir únicos.

Por eso nos prefieren emocionados. Sujetos sujetados que responden automáticamente a la emoción superficial, básica y unidireccional sin apenas sentimiento. El sentimiento incluye la capacidad de pensar y reflexionar de manera consciente sobre lo que se vive y se siente. No quieren  que reflexionemos, que vivamos desde el sentimiento consciente, que hagamos de la observación atenta y la comprensión sin juicio el hastial de nuestros días. Nos prefieren anhelantes, emocionados y vulnerables. De ahí el éxito de la comunicación basada en el deseo y la emoción. Por eso proliferan las campañas comerciales y políticas que proponen la emoción desde el mensaje fácil y superficial. Propuestas que pretenden despertar la fascinación del que se cree distinto, libre y miembro de un grupo que confiere distinción sobre otros. Porque es La ilusión de singularidad que provoca la personalización de lo comercial, desde la emoción y el deseo insatisfecho, la manera más eficaz de manipular y controlar a las masas pensantes. Ya sea con el fin de colocar una idea o una marca, de vender un producto o conseguir un voto. Saben que cuanto más nos piden que nos concentremos en la consecución de un fin, más desatendemos nuestra capacidad de cuidar los medios para obtenerlo. Cuanto más se rebaja el umbral de la observación atenta, de la comprensión sin  juicio, más se diluye la posibilidad de tomar decisiones de manera consciente y libre y más se eleva la

Es posible que para muchas de tus preguntas nadie tenga respuestas, pero jamás olvides que todos tenemos la responsabilidad. Sabemos que es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada. Por eso cada vez más el marketing, comercial y político, se inclinara por convertirse en el arte de llegar a nuestras emociones, buscando satisfacer deseos incumplidos y necesidades insatisfechas. Por eso, cuando caigamos en el recurso creativo del mensaje emocionante, pensemos primero en el buen fin que busca esa emoción. Hagámoslo desde la invitación al deseo y la emoción pero por la ruta del sentimiento. Que sea el usuario el que decida y que para ello tome su tiempo y lo haga sin el tamiz de la manipulación emocional. Invitémosle a la reflexión para la decisión consciente y libre. Que sea él o ella el que decida sin más intermediario que los motivos de la razón y el sentimiento del corazón. Observa, comprende, comparte, sonríe y sé creativo. Si lo hacemos así, nuestro trabajo será más honesto, más libre, tendrá más verdad y por consiguiente, será más eficaz. Lo creo así porque así lo siento y así lo hacemos en Metáfora.

Alfredo Jaso

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Invitación a la alegría

La calidad de relaciones sociales y su entramado de convenciones culturales es el espacio donde se atenúan nuestras fricciones emocionales. Cuando una cultura no es capaz de crear  y sostener este espacio-soporte, como un ámbito de desarrollo justo y solidario basado en la responsabilidad y el respeto, se genera una comunidad destructiva. Se crea así una comunidad donde la afirmación de uno implica la destrucción del otro, y cuya consecuencia es una unión en la desunión a partir de la cual triunfa solamente el más fuerte. Ese  que suele ser el que mejor sabe utilizar cualquier tipo de violencia sobre los otros. Sin embargo la consecución del objetivo, la victoria sobre el otro, no mitiga el dolor del enfrentamiento, por el contrario, en las personas sensibles lo refuerza de tal manera, que genera desasosiego. Esa ansiosa desazón que es el desasosiego social, hace el caldo gordo que alimenta el desarrollo de la creencia religiosa, política, económica o sentimental como sustrato sobre el que se alza y empodera el imaginario identitario. Somos otros. Somos distintos. Somos lo que creemos ser.

El desasosiego se ha convertido en un estado de ánimo predominante en nuestras vidas cotidianas. Este indica la falta de sosiego, es decir de tranquilidad. Esta sensación extraña e inquietante de permanente fragilidad, peligro y sospecha son los pilares básicos sobre los que se asienta el miedo. En una sociedad habituada al temor, nace de manera natural el mal humor. El mal humor es la manifestación que produce esa apariencia de pelea constante, de enfado perenne, que en el fondo es la señal de un fracaso social permanente.

Nuestra cultura ha generado un imaginario social y simbólico donde el que no siente cumplidas sus ensoñaciones o satisfechos ciertos mandatos, tras un período de justificada pero inocua y malhumorada rebeldía, termina por sentirse fracasado y culpable de su situación. Encontrado el culpable, señalado este por el dedo acusador, debe resignarse a su situación. Por eso hoy la dominación se ejerce, fundamentalmente, imponiendo en la subjetividad, la resignada sensación de que nada puede ser cambiado. Si nada puede transformarse. Todo debe  mantenerse inmóvil a riesgo de que pueda empeorar aún más. El resultado es vivir en un mundo asustado, donde la creencia postiza, como promesa de un tiempo mejor, le puede a la  razón. Vivir un tiempo mal humorado, pero resignado, donde impera el sálvese quien pueda y en el que se apela al egoísmo de la falsa ilusión de singularidad como manera de esclavitud. Así, esa degradación de los valores éticos de fraternidad, igualdad y libertad, sin duda pretende el sometimiento desde el desasosiego, el mal humor, el desinterés  y la apatía social.

Cabe entonces preguntar ¿Es posible acabar con el desasosiego y el mal humor? ¿Podemos enfrentar tanta tristeza inútil? Yo, rumiador de  mis secretas tristezas. Que aprendí de mi padre que  estar con más pena que gloria es más que nada un «malestar». Que la vida me ha enseñado que se empieza soportando lo malo y se acaba aguantando lo peor,procuro ofrecerle al profesional  de la angustia y la desesperanza,al adalid del inmovilismo y el miedo, mi mejor sonrisa. Hay que tomar partido por la alegría.

Ser alegre aún si motivos. Alegre por el regalo de vivir. Alegre por la oportunidad ejercer libremente el derecho de regalarnos y compartir una sonrisa. La alegría permite el triunfo del principio lúdico del placer sobre el principio de una malhumorada falsa realidad. Pero alegría responsable no para negar la realidad, sino para poder enfrentarla y tentar la posibilidad de transformarla. Por eso la alegría responsable compartida es solidaria y peligrosa, porque la alegría es siempre y en su afán transformador, revolucionaria.

La alegría hace posible  una actitud creativa, que permite mitigar las dificultades de la vida a partir de la predisposición al cambio. La alegría plantea la necesidad de construir un tiempo de sentimientos alegres que enfrente la ruina de las pasiones tristes. Alegría no por tontuna y simple emoción. Alegres de manera responsable y comprometida. Responsabilidad que reclama reflexión. Compromiso que exige respeto. La alegría vital propone un paso al frente del compromiso razonado, contra al desasosiego irracional. La alegría es una sonrisa generosa contra el mal humor intransigente. No debemos dejar que sentimientos negativos nos coman la alegría y nos llenen el ánimo de emociones contenidas. Aprende a mirar lo bueno y bello que nos rodea  y que está también en nosotros. Aprendamos a compartir la sonrisa y dejemos de repartir desdichas y malas caras. Disfrutemos responsablemente del regalo de vivir. Del reto de la existencia como un hecho irrenunciable, como una manera permanente de aprender. Vivamos para transformar lo que nos rodea, para mejorar aquello que no sea justo. Neguemos el triunfo ruin de la oscuridad. La victoria de aquellos que quieren convencernos de que no hay otra salida más que la resignación. De los que con su mal humor neutralizan la opción del cambio.

No tengas miedo al cambio. Que no te asuste pedir lo justo, reclamar tu dignidad de persona. Hazlo todo con el corazón pero desde la inteligencia. Con serenidad, sin resquicios y desde la responsabilidad. Con contundencia pero sin rabia, sin ese mal orgullo que te convierte en alguien igual al que combates. Siendo tú,  sin ser otro que no eres y sin necesidad de mostrar una coraza de desconfianza que no es del todo tuya y que por eso no te protegerá cuando más falta te haga. No te engañes, la creencia que defiende una verdad verdadera, que busca la derrota del otro. Aquello que busca el sufrimiento y la renuncia rara vez procuran satisfacciones. Ese «cielo» se gana con la fuerza de la justicia y la energía transformadora de la sonrisa.

Observa atentamente. Comprende sin prejuicio. Comparte generosamente y sonríe sin miedo. No pierdas el tiempo en discutir. En mirar atrás o pensar en el futuro. No hables, haz, porque cada acto, cada obra tuya hablará por sí sola y es una explicación de lo que quieres, de quien eres, y qué estás buscando. Utiliza la sonrisa compartida  como revolucionaria herramienta de trabajo diario en la convivencia. Vive en la libertad responsable para tener la disposición férrea de defender y respetar la libertad propia y ajena y haz de la creatividad colaborativa vital instrumento transformador.

Alfredo Jaso

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Amo la radio

 

En Metáfora sabemos que si la palabra acaricia a las ideas con el tacto luminoso de la música, rápidamente la emoción se hace mensaje compartido. La voz y la palabra, la nota y el sonido ayudan a construir en silencio la identidad personal, esa que en la suma total de individuos, y en sus diferentes tonos, da voz a la cultura de los pueblos. Música y palabra, en binomio creativo, son capaces de fijar y profundizar en emociones que pertenecen ya a un acervo popular que todos reconocemos. Esta pareja de de voz y melodía, enriquece el proceso creativo y la eficacia del mensaje con su compleja sencillez. Entre estrofa y ritmo se esconden o brillan sin miedo ideas, sentimientos y propuestas.

La radio es el medio perfecto para desarrollar este reto. En Metáfora amamos la radio y por ello sabemos que las piezas publicitarias pensadas para este entorno han de ser un desafío a la creatividad.  La radio es un arma poderosa capaz de convertir información en conocimiento. En este, como casi en ningún caso somos de los puristas, de esos que piensan que las propuestas publicitarias lastran los contenidos radiofónicos. La buena publicidad es aquella que se mimetiza con el medio y el formato, para ofrecer al oyente un mensaje potente. Esa es la que se agradece como información y juego de la inteligencia. En cambio, me entristece la mala publicidad, la que interrumpe e impide el discurrir fluido de los asuntos. La que chirría porque no se adapta al medio. La que se repite por miedo al fracaso y aparece forzada y sin fuerza. Los publicistas, salvo raras y honrosas excepciones, no aman la radio. Les atrae más el brillo del éxito rápido de otros medios. Olvidan que la radio no se ve, desperdiciando así la posibilidad de usar la imaginación para crear “un universo sonoro” como decía Deglanné. Piensan que la radio no se escucha y aplican fórmulas de compromiso sin adaptar sus propuestas a conceptos radiofónicos.

En Metáfora amamos la radio. Esa que es hilván de misterios y complicidades que nos comprometen en una nueva cita. La que nos invita a compartir conocimientos para hacerlos crecer. La que nos habla y me escucha. La que tiene anuncios que sorprenden y nos invitan a soñar. Esa que sueñan los más valientes profesionales de la radio. La radio que sirve para transformar la fealdad de los barrios, la tristura de los días y el tedio de los conformistas. La que acaba con el frío de los corazones cautivos de su propia miseria,  la sinsorga de los pobres de ánimo, la monotonía de los que no sueñan, la apatía de los que se conforman y la oscuridad de los que no aman para vivir. Todavía hoy, junto a mí como cuando era niño, asomada a la noche, suena la radio, esa compañera valiente que ampara en cada sonido, en cada anuncio, en cada música, en cada palabra, la espuma fugaz de nuestros sueños.

Alfredo Jaso

 

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No sabe pero contesta

mundo

Es la demoscopia el nuevo oráculo de Delfos. El lugar al que todos acuden para comprobar la veracidad de sus argumentos. Hoy nada se decide sin el previo análisis de los datos compilados y de las opiniones vertidas.  Ha de responderse un SI o un NO a un cuestionario que evalúa gustos e intereses y para los indecisos, queda una socorrida tercera vía, un comodín que para los de irresoluto parecer, se resume en un «NO SABE, NO CONTESTA».  A pesar de la escasa relevancia de esta casilla en el número  total de las respuestas, sociólogos y analistas suelen concederle a este apartado el valor de la cualificación silenciosa, esa que denota, si no inteligencia, si al menos honestidad y sentido común. Deberíamos convenir que si no se tiene conocimiento o información sobre alguna materia en cuestión, lo más adecuado sería no contestar al respecto. Sin embargo hoy lo más habitual es responder con soltura a cualquier cuestión que se nos plantee y en muchas ocasiones, hacerlo con total libertad y desde la más libre ignorancia. En estos tiempos que vivimos, tendemos a considerar que si de continuo se nos reclama nuestra opinión, ha de ser porque esta se tiene por valiosa. Nada que objetar al que quiere saber y pregunta, pero cierto reparo ante el que responde y opina sin saber.  Hemos aceptado como necesario ejercicio democrático el que exista la libre opinión, y así  proliferan los «todólogos» que en cualquier medio de comunicación exponen su parecer sobre materias en las que muy probablemente no sean expertos. Opiniones que ya de cuarta mano, se extienden en la calle como verdades tautológicas.  Bueno es que la libertad nos permita opinar sobre cualquier asunto, pero mejor habría de ser que la inteligencia nos hiciera callar cuando no tenemos conocimientos suficientes sobre la materia. Es cierto que se entiende mejor cuando nos enfrentamos a una realidad social poblada de genios capaces de enfrentarse a cualquier dilema y responder ante cualquier demanda. Así vemos como un ministro con cartera, sirve al poco, para otros varios ministerios. Un consejero puede desempeñar a lo largo de su carrera política, varias responsabilidades autonómicas o un concejal de festejos terminar como responsable de urbanismo. Pero señalar esta realidad entre los responsables de gestionar lo de todxs, resulta cómodo y casi siempre llama al aplauso fácil más sin embargo, no debería parecernos extraño, pues en el día a día descubrimos que personajes con cierta notoriedad pública y sin mucho rigor intelectual ejercen de periodista sin saber del oficio, oímos que personas que no son arquitectos diseñan casas, licenciados sin ninguna preparación pedagógica enseñan materias que no dominan, esforzados estudiantes  hacen de camareros sin saber llevar una bandeja y cualquier ciudadano o ciudadana,  se permite opinar sobre aspectos relacionados con el diseño, la comunicación y la publicidad, solo porque camina por la calle y ve la televisión. Cierto es que en este oficio, no es difícil tener una idea una vez y hasta puede que esta incluso sea brillante y es quizá por ello, que como el burro flautista de la fábula, cualquiera se siente capacitado para expresar una opinión al respecto y ejercer de critico.  Opinan, deciden y en ocasiones ejercen sobre estas materias personas cuyo conocimiento en estos asuntos es cuando menos relativo y tangencial y todxs admitimos que así ha de ser porque al fin y al cabo todo el mundo tiene derecho a opinar aunque no sepa y porque sobre gustos…así como a nadie se le ocurre decirle a un profesional de la medicina que ponga una vía unos milímetros más arriba o de un color más fuerte, que en una radiografía el plano no está bien compuesto o en una fórmula magistral parece que le falta consistencia al mensaje, en nuestro oficio eso si está permitido y muchas ocasiones las decisiones las toman y las opiniones se dan, como dije al comienzo, con total libertad y desde la más libre ignorancia. Así pues y teniendo en cuenta que como dijo el poeta Celaya,  «nosotros somos quien somos«, propongo a los expertos demoscópicos que para no llamarnos a engaños, añadan una nueva categoría en sus resultados estadísticos esa que se incluya al más peligroso, el que  «NO SABE, PERO CONTESTA».

Alfredo Jaso

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Sin miedo

 

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Cuando eres tan inocente e ingenuo que te asustan con el coco y el miedo se aferra a tu corazón como una punzada terrible. Y la noche oscura se abre como un pozo de tenebrosas tinieblas. Responde valiente al desafío sin temor a enfrentar lo desconocido. Vive sin miedo. Aprende a creer en ti y comprende que el miedo es el borde que protege la frontera de ese pequeño mundo que aún debes descubrir. Por eso te digo, vive sin miedo. Confía en el valor de tus valores y se valiente para saber que a la incertidumbre de un nuevo paso le sigue la certeza del siguiente.

Más adelante, cuando llega la edad del amor y te encuentras perdidamente enamorad@ de la persona equivocada. Y sientes que te duele en el pecho con esa pena dulce de no ser correspondido. Y sufres por un amor propio que no entiendes. Que no te hace libre, si no que te ata al apego de ser querido. Y sientes el miedo al abandono atenazando la alegría del amor. Y crees que el mundo se acaba si una mirada no responde a la tuya. No creas a los que te dicen que te engañaron, que no valió la pena. Que entregaste más de que se te dio. No les escuches. Comprende que el amor crece cuando lo entregas. Que solo tienes lo que das y que saber dar es un regalo que compartir. Un presente que te enseña a ser libre por ti y no solo con otrxs. No aceptes la cobardía de los que pierden por miedo a ganar y convierte tu corazón en una herramienta vital para alzarte sobre la miseria de sus vidas y forjar el fiel de tu libertad. Por eso te digo, vive sin miedo. Crece en ese tiempo de joven esperanza y vive sin miedo. Sin miedo. Aprendiendo a entregar el amor a la vida generosamente en cada sonrisa.

Luego, cuando llega el tiempo maduro y aceptas que el peligro es parte de la aventura de vivir. Y eres tan frágil que te sientes invencible. Que tienes tanto que perder que luchas por ganar. Que tu orgullo y tu vanidad se hacen tan grande  que no ves tu pobre insignificancia de ser humano pequeño. Y te ensanchas en el que quieres ser olvidando quién estás siendo. Y al tropezar y caer, oyes el aullido del vacío. Y en tu vertiginosa caída sientes miedo a perder aquello que pensabas que eras. Entonces no creas a los que te dijeron que no vales nada. No escuches su miserable plegaria de dolor. No busques refugio en la tristeza, ni dejes que unas mano vacías, sean el cuenco del fracaso. Siente que queda tiempo para hacer. Siente el impulso del corazón y la fuerza de tus manos que te ayudan a construir un tiempo presente sin barreras. Un ahora de puentes sin fronteras. Y vive porque la vida no te pide lo que no das pero te enseña compartir lo que tienes. Y por eso creces en cada decisión valiente y eres más tú, cuanto menos escuchas a los que te amenazan con su cobarde temor. Por eso te digo, vive sin miedo. Sin miedo. Pues ya sabes que si te vencen las dificultades podrás levantarte de nuevo. Y volverás a arriesgar y aprenderás a perder como una manera de ganar.

Y más tarde, cuando el tiempo va tan rápido que todo se vuelve lento. Cuando cada minuto de acerca al momento final. Un día cualquiera. Una semana de un mes cualquiera, llaman a tu puerta y sientes que te entregan tu última carta. Una invitación para un viaje sin regreso. Y sientes el miedo atrapando las horas y los días sin piedad. Sientes el miedo del tiempo perdido, de las horas  acabadas. De las últimas luces sin memoria. De los recuerdos sin contorno. De las despedidas sin adiós. Entonces alguien te dirá que la vida es eso, prepararse para la ausencia. Acostumbrarse al dolor. No les hagas caso. Y un momento antes de rendirte y cerrar los ojos para mirar del lado donde caen los sueños, busca caminos que recorrer sin prisa. Encuentra motivos que no saben de su razón. Y aún en ese momento te digo, vive sin miedo. Sin miedo. Por qué si te alzaste ante el temor de la infancia. y venciste al miedo a la noche oscura. Si en la juventud derrotaste al recelo de amar y luego más mayor doblegaste el pánico a perder. Si fuiste tan osado que quisiste vivir de primera mano y pudiste comprender el regalo mágico de los días.Si tuviste la oportunidad de compartir con valentía y mirar con compasión a quien no te comprendía.Si dijiste NO y decidiste que SI. Entonces comprenderás que pusiste de ti todo lo que había. Que entregaste a los días lo mejor que tenías. Que fuiste creativx y valiente y viviste desde el respeto, en libertad y SIN MIEDO.

Alfredo Jaso

 

 

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Citius. Altius. Fortius

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«Más rápido, más alto, más fuerte» es la frases latina que define la ambición del inevitable hombre blanco. «Más rápido, más alto, más fuerte», un dicho de sesgo deportivo, que como un mantra, propone un plus ultra vital inalcanzable. «Más rápido, más alto, más fuerte» para llegar antes, más lejos y durante más tiempo sin preguntarse a dónde, ni por qué, ni por cuánto tiempo. Hoy ninguna actividad humana es ajena a esta premisa. Nada escapa ya a estos objetivos veloces altos y fuertes. Los hemos interiorizado como si formaran parte de una creencia religiosa o de un mandato ideológico. «Más rápido, más alto, más fuerte».
Como adictos a cualquier droga, nos hemos acostumbrado a buscar ese límes vital, y nos han convencido y hemos aceptado como verdad indiscutible, que no vivir al límite es como vivir a medias. Hemos asumido que solamente en la búsqueda de esa medida extrema se encuentra la verdad de la vida. No se trata ya de avanzar hacia un horizonte que sabemos de antemano inalcanzable. Ni de plantearnos el disfrute del paso y la zancada, que se aprende críticamente en cada gesto. Es un objetivo material, a menudo inútil, pero sumamente adictivo. Un lograr de cualquier manera alcanzar la meta y acto seguido, esclavo del objetivo, plantearse sumisamente un nuevo reto a conseguir. La meta es a veces simplemente deportiva o el reto es en ocasiones, solamente profesional, pero nunca se han de escatimar ni medios, ni esfuerzo. Primero el objetivo, luego el objeto, después si acaso las personas. Tampoco importa la manera, ni se evalúa el modo. Lo importante es la satisfacción de la propia medida superada el «Más rápido, más alto, más fuerte».
Pero ¿Por qué esa búsqueda del límite? ¿Qué intención se oculta tras este modo de vida materialmente extremo? ¿Qué nuevo ser humano nos propone esta lucha contra el límite? ¿Acaso en la superación de esas barreras, hemos forjado un ser humano más generoso, noble y poderoso? ¿Ha conseguido este modo de vida desarrollarnos personalmente en la asimilación de nuevas e instructivas experiencias? ¿Eso ha hecho posible un mundo más crítico con la injusticia y por tanto, más justo para todxs? ¿O por el contrario, ha construido una sociedad competitiva, hecha de sonoras pero vacías sensaciones y de individuales e inicuas plusmarcas y éxitos materiales?  ¿Acaso esta ficticia superación del propio límite, no ha hecho posible un mundo en constante comparación, en continuo conflicto, en lucha fratricida y permanente contra uno y contra todos? No me cabe duda de que esta perenne y fútil búsqueda limitada, ha sido útil para alzar a una parte de la sociedad, sobre los valores de una férrea disciplina. Sobre ese pilar, se ha levantado una sociedad acostumbrada a aceptar sumisamente los retos y metas propuestas y dispuesta siempre, a renunciar y sacrificarse agonísticamente, para conseguir unos y otras. Una sociedad compuesta por personas sometidas a la férrea disciplina del objetivo, que «empoderados» de sí mismos, juegan a traspasar un límite físico, inútil e irreal que se les propone como reto, meta y límite individual. Una sociedad que sabe utilizar la fragilidad de esos hombres y mujeres, para cercenar su inteligencia y su capacidad de ejercer el derecho irrenunciable al pensamiento crítico y a la decisión propia. Y esa idea de superación del límite, en el fondo crea una sociedad de seres humanos limitados. Encerrados dentro de su propia barrera. Dopados con la «soma» de un mundo feliz,  que paradójica mente, se alza sobre los pilares de la satisfacción, desde la renuncia y el esfuerzo sin límite.
Si lo piensas libre mente, la negación de la existencia del límite, sí bien es cierto que plantea un horizonte infinito e inalcanzable, lo propone también sin barreras y por tanto, pleno de libertad. Y debemos convenir que un ser humano sin miedo y libre, es una persona indomable. Así pues, no te pongas límites, tú ya eres lo que estás siendo, lo que quieres ser. Solamente tienes que regalarte la compasión, la paciencia y la generosidad con la que poder comprender y comprenderte. No necesitas llegar antes, si no a su justo tiempo. No tienes por qué alcanzar metas más altas, si no estar a la altura de tus decisiones. No has de ser más fuerte, para superar un límite, si no más libre para llegar más allá de ti mismx. Por eso, observa atentamente, comprende sin prejuicios, comparte generosamente, siente, vive y sonríe sin miedo y de manera siempre ilimitada. Así, sin más límite que el que te imponga tu libre y poderosa imaginación, serás cada día más fuerte y en cada propuesta, más creativo.

Alfredo Jaso

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