Sultán

A las ocho de la mañana, en la casa suena la Callas. Después de 8 años le causa la misma emoción que el primer día.  Su voz transparente cantando «O mio babbino caro» sigue atravesando su corazón como aquella primera noche. A los pocos segundos llega Sultán para darle los buenos días. El perro pone su hocico sobre el colchón y lame su mano hasta que consigue que se levante de la cama.  Antes de ducharse deja la cafetera italiana puesta sobre la cocina de inducción. Le gusta escuchar el ruido del gorgoteo del café caliente subiendo al vaso superior de la cafetera y el aroma que deja el café recién hecho por toda la casa. No le espera para desayunar. Él es de esas personas a las que no se le puede dirigir la palabra recién levantado. Su madre para redimirle decía, «es así», pero no tenía razón, quien no ha cambiado bien pasados los cuarenta, es porque no quiere. Mientras apura el café escucha a la Callas. Cierra los ojos y deja que los recuerdos le inunden la memoria, ese contenedor tramposo que nos devuelve lo que fue o al menos el recuerdo convenido de lo que queremos creer que pasó. Sultán espera junto a la puerta. Mientras se lava bien las manos, su voz se enreda en el timbre vocal de María Callas que canta Casta Diva. Sus recuerdos de telones y tramoyas se mezclan con su incertidumbre de ser o ser y no puede evitar preguntarse con tristeza: Después de todo esto ¿Volveré al teatro? Se pone los guantes y la mascarilla con parsimonia y antes de salir se asoma a la habitación. Le ve medio desnudo, tapado a penas con la sábana y un escalofrío recorre su nuca. «Cariño, bajo con Sultán a la calle, el café ya está hecho» dice tomando la correa del can entre las manos y abriendo la puerta. Sultán sabe que algo pasa. No tira de la correa, ni sale corriendo al llegar a la calle. Un paseo rápido para hacer sus cosas medio asustado, como si supiera que otros ojos tras las ventanas escudriñan sus asuntos más mundanos. Al llegar a casa él está sentado a la mesa. Sultán corre a su encuentro. Le gusta sentir su mano fuerte sobre la cabeza y su caricia bajo las orejas ¿Qué tal estuvo el paseo Sultán? pregunta y la respuesta llega desde el fondo del pasillo. Una fingida voz canina dice: bien, el del cuarto, asomado a su balcón, no dejaba de mirarnos. Será que le gustas, responde él. Sultán mueve la cabeza como si lo entendiera todo. ¿Tú crees que le gustamos? Le pregunta a Sultán. Estoy seguro que si, responde él.

Al mediodía el sol acaricia el pelo corto y manchado de Sultán. Sobre la mesa del salón, folios de colores esperan para hacer volar sus buenos deseos para el vecindario. En la casa suena l’amour est un oiseau rebelle  de Bizet en la voz de Maria Callas. «El futuro no es lo que va a pasar, es lo que vas a hacer» escribe él sobre uno de ellos. «El amor es hijo de bohemios y jamás conoció leyes…» repite el coro de Carmen. Desde la terraza, uno a uno van volando aviones de colores. Impulsados con la fuerza de la emoción van colándose en los balcones vecinos. En el de enfrente, la pequeña Manuela espera  a que alguno llegue hasta sus manos. «Somos lo que damos y dar es mejor regalo que podemos recibir», lleva escrito el último avión rojo. Es el que vuela hasta el balcón de la niña. Sultán alza la cabeza y gruñe, desde el cuarto llega la voz implacable del vecino…»ya está bien con los avioncitos…». Abajo, la portera del edificio de enfrente, apoyando la cabeza sobre el mango de la escoba, mira como vuelan los mensajes de colores. Es la hora del ángelus y no me has dicho que me quieres. Entonces él, mientras repican las campanas de la iglesia, le entrega su abrazo cosido a su cuerpo. Un abrazo dado con la delicadeza de la ternura y la fuerza del amor.

A media  tarde todo está en silencio, es la hora del ensayo. Cada palabra de Federico resuena en La Casa de Bernarda Alba…»Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!» Repite en voz alta mirándose con dureza ante el espejo. De cerca Sultán observa su trabajo. ¿Volveré al teatro Sultán? Claro que si, se dice para convencerse, ahora nos necesitan más que nunca, verdad Sultán…y el perro como si pudiera entenderlo todo, se acerca para rozar su mano con su hocico. Me acuerdo mucho de ella Sultán, mucho… A las 20:00 es fiesta en la terraza. Todas y todos aplauden y se saludan. La pequeña Manuela les sonríe. Entre sus manos los aviones de papel recogidos esto días. Cuando empieza a sonar «Que viva España», entran en casa para preparar la cena. Un poco de pasta con pesto que a él le sale deliciosa. Sultán gruñe justo antes de que el vecino del cuarto grite: «Qué pasa, parece que molesta…» Mientras recoge los platos, él toma la correa y sale a la calle para acompañar al perro en una vuelta a la manzana. Arriba, en la casa, hay un silencio de soledad y duelo. Un silencio triste de inquietud e incerteza. El tiempo pasa deprisa y cuando se da cuenta Sultán y él entran por la puerta. Se queda mirándoles y da gracias a la vida por tenerlos cerca en esto momentos. Sultán se enreda en su piernas pidiendo el cariño de una sonrisa. Tienes los ojos rojos, le dice él rozando con los dedos su mandíbula. Saldremos de esta, confía en ti. Costará. Nos dejarán en la cuneta, pero volverás al teatro. Ahí fuera hay mucha gente que os necesita. Sultán se acurruca sobre su manta, él también está cansado de esto. Mientras prepara un café dice en voz alta. Cariño, vosotros si que hacéis falta, cuando esto pase ¿Quién va hacer volar esos aviones tan grandes por el cielo?  Por cierto, ¿Qué tal fue el paseo Sultán? Pregunta al animal sabiendo que ya está dormido. Él, mientras lleva las tazas al salón le responde sin darle importancia:lo de todas las noches, el vecino del cuarto al vernos nos gritó desde su balcón… «Maricones, salís mucho con el perrito, mañana igual llamo a la policía…» Mientras le sirve el café le dice, yo creo que tú también le gustas. ¿Yo? responde él, yo creo que quien le gusta es Sultán. A lo que el perro responde alzando la cabeza al oír su nombre.

Es medianoche. En la habitación suena Manon Lescaut. María Callas canta In quelle trine morbide,  él se acerca y le abraza por detrás. Carlos, en el borde de la cama, se hace el dormido. Él pone un beso de ternura en la nuca y pregunta  ¿Qué pasa, por qué lloras? El actor se vuelve y con los ojos llenos de lágrimas responde. Es que no puedo olvidarme de ella. No pude ni decirle adiós. Ni tocar su mano. Ni besar su frente….y ahora, está allí sola y tan fría…y Sultán que todo lo entiende, lo mira desde la puerta de la habitación y se acerca hasta los pies de la cama y se tumba allí como queriendo velar la tristeza sin consuelo.

AJV

Foto: Victor Grabarczyk