Producto interior brutísimo

 

Llevamos semanas viendo a los amos del Producto Interior Bruto, utilizar en su favor el amenazante mantra del tanto por ciento. Empatando valor y precio y con la fuerza bruta de una cifra que envilece, la automoción saca su 11%, el turismo su 15%, la hostelería el 12%… y con ese tanto por ciento tan bruto, acogotan al gobierno amenazando con cerrar sus negocios y dejar en la calle a una brutísima cantidad de trabajadores, si no se les permite libremente socializar sus pérdidas y que sea la caja común del estado la que pague sus cuentas. Resulta curioso comprobar que muchos de los que alzan la voz y tuercen el ceño reclamando la ayuda estatal, son los mismos que no hace mucho, decían muy ufanos que el estado estaba de más y en aras del mercado globalizado y libre, exigían que se le dejase regularse por sí solo, sin intervenciones ni injerencias. Estos a los que nunca nadie antes les dio tanto y que no se cansan de preguntar, «¿Qué hay de lo mío y para mí?» mientras amenazan con su tanto por ciento bruto, son los mismos que ponen el grito en el cielo y niegan las «paguitas» para otros y otras que tanto lo necesitan. Al parecer y según ellas y ellos, la renta básica desincentiva la búsqueda de empleo y adormece las conciencias. Sin embargo, tienen flaca memoria para recordar que buena parte de estas industrias viven subvencionadas y que sus vivas conciencias, están bien alertas para en cuanto pueden, birlarnos la parte mollar de sus beneficios para llevarselos al oculto paraíso. Estos que tanto piden para ellos ,enarbolando la amenazante bandera del tanto por ciento bruto, son los mismos que no abren la boca cuando lo que se discute y menosprecia es el valor de lo público y lo que se pone en cuestión y en peligro, es el bienestar de las personas: su salud, que depende de disponer y dotar con recursos suficientes a la sanidad pública universal y a la investigación científica para que no dependa de las cada vez más escasas inversiones para seguir con su imprescindible trabajo. Su educación laica, de calidad, gratuita y obligatoria. El derecho a un trabajo y a una vivienda digna. La responsable y honesta transparencia en la gestión de lo público y que es de todas y todos. La urgencia de la igualdad de oportunidades entre personas, independientemente de cual sea su género, procedencia o condición o el necesario acceso y apoyo a la cultura… ahí su respuesta pasa por la indiferencia a golpe de cacerola o la alusión a la injusta meritocracia de los que mejor lo tuvieron y ahora lo tienen. Por eso, en estos tiempos de riesgo para la salud, vemos trenes y autobuses que recorren kilómetros sin límite de aforo, para llevar a quienes trabajan, a sus centros de actividad laboral. Hoteles esperando turistas nacionales e internacionales, para con las ayudas gubernamentales «salvar» la temporada. Pueblos y ciudades tomadas por mesas y sillas aprovechando de balde el espacio público para el beneficio privado. Lo cierto es que mientras todos lloran su aportación al PIB, para sacar el cuartillo para lo suyo, son las trabajadoras y los trabajadores esenciales de la CULTURA, que fueron los que antes pararon y son quienes más difícil lo tienen para regresar, los que menos piden y los que de momento, menos ruido arman. A veces parece que habiéndose acostumbrado a la silenciosa y dura precariedad, hubieran asumido el papel secundario de su importancia. Y no es así. Nos han demostrado que el suyo es también un trabajo esencial. Vital para encontrar lo que somos y señalar lo que estamos siendo. Útil para soportar lo que pasó y necesario para poder levantarnos en las dificultades que aún están por venir. Alguna vez he leído a personas mucho más capacitadas que yo, alzar el peso de la CULTURA dentro de ese ámbito de lo productivo, para justificar en grado bruto la importancia económica de este sector vital. Aunque teatros y museos van perdiendo su buen nombre a cambio de añadirles una coletilla comercial, no sé si es buena cosa enfrentar la dramaturgia con la automoción, para demostrar la prevalencia de la CULTURA sobre los motores de explosión. No sé si como hacen los amos del PIB, es bueno empatar tantos por ciento y bruterío. Al final, interesadamente se confunde lo sonante con lo cantante y lo contante con lo con lo vulgar. Así es fácil olvidar que en contra de lo medible y comprable, lo inmaterial e intangible, que para algunos puede que tenga escaso precio, si tiene un enorme valor. Porque no siempre y solo el brutísimo producto interior tiene que ser el fiel con el que medir la fortaleza y el valor de un país. Conviene recordar que los productos brutos, por muy interiores que sean, no pueden servir para evaluar el poder y la calidad de vida de una sociedad…y en definitiva, que el PIB no puede ser la amenaza de unos cuantos para imponer su propio interés a las necesidades y la salud de los demás. Así, mientras algunos buscan arrimar el ascua del beneficio a su sardina, llorando y llorando, pidiendo y pidiendo en un inagotable qué hay de lo mío (porque se consideran la gallina de los huevos de oro, un oro que si se pregunta a los trabajadores del turismo o de la hostelería, dirán que no es de buena ley) para sacar el máximo rendimiento a la cartera de los consumidores y la teta del estado, otros y otras, como los trabajadores y trabajadores de la #cultura, con menor peso en el PIB, aguardan sin más perspectiva que la espera. Pero si hablamos de CULTURA no podemos perder el tiempo tomando en cuenta tontos por ciento, ni productos brutos. Porque si le ponemos precio industrial a la CULTURA y a la vez no se la apoya decididamente desde las diferentes administraciones (o al menos y de entrada, para le recuperación no se le ponen las cosas más difíciles que a otros sectores productivos) y todas y todos también la apoyamos desde los patios de butacas, las librerías, las salas de exposiciones, los conciertos, apoyando a los y las artesanas… todas y todos perderemos, porque lo que nos jugamos no es un punto del PIB, si no nuestra esencia como seres humanos con espíritu crítico y valores. Nuestra razón de ser como sociedad más justa y nuestro sentido como país formado por personas respetuosas, libres y cultas.

Durante estas últimas semanas, hemos constatado con tristeza que aquí sigue valiendo la interesada lágrima y la abusadora presión del PIB para sacar el  máximo rédito, pero reconociendo que conviene ayudar a unos y otros, tengamos en cuenta también el valor fundamental de la CULTURA, apoyando el trabajo esencial de las mujeres y de los hombres que son el pilar sobre el que se asienta. Porque es nuestra CULTURA, VÍVELA.

Alfredo Jaso

Foto: Felix Mooneeram