Marea baja

Vivimos un tiempo de marea baja, que deja al aire nuestras piernas débiles y flacas y muestra las vergüenzas que tapaban el mar de la abundancia. Días en los que se descubren debilidades de los que presumían de ser mucho y no eran tanto. Horas de cruda y precaria realidad que se resuelven en preguntas que muy pocos se hacen. ¿Acaso no sabíamos quienes eramos y dónde estábamos? ¿No tenemos de ni idea de dónde veníamos y hacia dónde vamos? Santos Discépolo, Enrique dejó escrito en su conocido tango «Cambalache» que el siglo XX fue un tiempo de «maldad insolente». Aún está por ver si este nuevo siglo, en la cuestión malvada, no dejará pequeño a su predecesor, pero si una cosa queda clara, es que el siglo XXI le hubiera brindado al genio bonaerense la posibilidad de escribir otro tango genial llamado «Paradoja». Vivimos tiempos de oscura confusión. Tiempos de extrañas paradojas. Hoy la potencia comunista que se candidata a liderar la economía mundial se ha convertido paradojicamente en un edén del capitalismo más despiadado. Cualquier Pope del neoliberalismo económico, tendría a China como el ejemplo. En las últimas décadas, combinando un sistema político comunista capaz de ejercer un control dictatorial sobre la población y apoyàndose en el recorte de libertades que permite explotar a sus trabajadores, China se ha convertido en una nación imperial que le disputa a Estados Unidos la supremacía mundial en términos del Producto Interno Bruto y producción de bienes. Sin embargo en esa pelea por el poder, paradójicamente los dos imperios antogónistas se apoyan. El imperio de occidente coloca en China sus industrias por la mano de obra barata; China aprovecha la industria financiera estadounidense y coloca en las empresas del amigo americano sus inversiones. Como ha sido siempre a lo largo de la historia, las dos potencias hegemónicas al tiempo que se enfrentan, se necesitan.

En el nuevo mapa de interés geoestratégico, China busca posicionarse como un nuevo imperio de orden mundial. Su funcionamiento es similar a imperios anteriores, pero adaptando la manera de conquista a los nuevos tiempos. Impone su prevalencia en el mercado desarrollando una táctica de tierra quemada que se basa en anegar los mercados apoyándose en una producción masiva y a bajo precio.  Si pudiéramos utilizar esa comparación, se podría decir que el mercado chino es un gran bazar 360º. Allí, en condiciones normales y sin estrés pandémico, el comprador puede encontrar en todos los productos fabricados, todo tipo de precios y calidades. Como es natural en cualquier transacción comercial, la calidad está condicionada por el precio. Así y en general, suele ser el importador, llevado por la demanda en origen, quien decide qué calidad lleva su mercado nacional.  Los mercados se inundan de productos chinos. Unos fabricados a  un precio más bajo para grandes marcas de lujo que se benefician de la transacción. Otros de baja calidad y a precio de saldo, se destinan para el consumo general. Nadie repara en el coste real que implica trabajar bajo condiciones cercanas a la esclavitud, ni de la repercusión que los escasos controles de calidad sobre procesos y productos, tiene sobre nuestra salud y la del planeta. A todas y todos parece complacernos ese modo de producir del que todos y todas pueden sacar su beneficio.

Ahora descubrimos que nos tapábamos con una manta corta y solo ahora, que se cae el trampantojo de la opulencia, nos sorprende la debilidad precaria de la estructura sobre la que nos alzamos. Pero permitanme usar mi despiadada memoria para repasar de manera sucinta, algunos hechos históricos vividos de primera mano, esto es, acaecidos durante los últimos 45 años. Como bien dijo Borges, el relato será fiel a la verdad, o al menos a la memoria de lo vivido, lo cual viene a ser lo mismo. El precio a pagar por la entrada en el mercado común europeo fue el desmantelamiento de una parte importante de nuestra industria más competitiva. Fue lo que se llamó de manera pomposa y cruel la «reconversión industrial». Por nuestro clima favorable, nuestros socios europeos nos asignaron para su solaz y mejor esparcimiento, el papel de hoteleros y camareros del sur. De aquella escabechina realizada en algunas de nuestras empresas productivas, se salvó parte de la industria automovilística, quizá porque ya estaba en manos del capital alemán o francés.  El dinero llegado de ese trueque, llamado fondos europeos, en lugar de ser usado con cierta perspectiva de futuro, se dedicó casi íntegro a gastarlo en grandes infraestructuras, necesarias muchas, otras quizá no tanto. Es cierto que esas infraestructuras aliviaban las cifras del paro pues creaban un gran números de puestos de trabajo, eso si siempre temporales, pero que se convertían rápidamente en motor económico. Tampoco hay que olvidar que esos dineros fueron a enriquecer a grandes empresarios ligados al poder, al nuevo y también al viejo. Entonces no se tuvo la visión o el interés de destinar una parte de esos fondos a crear un nuevo tejido industrial más sostenible y menos dependiente. Se perdió la oportunidad de generar valor en investigación y desarrollo, palabras que por entonces ya empezaban a sonar. Llegó pronto la necesidad de hacer caja y se hizo como desde los «Think Tank» del poder economico-financiero se nos dijo: descapitalizando el estado y vendiendo sus empresas más rentables a manos privadas. Fue lo que se conoció como «capitalismo de amiguetes». Los gobiernos de González y Aznar fueron vendiendo Telefónica, Respsol, REE, Argentaria…empresas que hoy están en poder de grandes fondos especuladores de matriz «fuereña». Fueron días de corrupción, blanqueo en paraísos fiscales, Sicav al 1% y «cultura del pelotazo».

Luego vino el gran negocio de la «globalización». Una oleada económica y mediática avalada por los gobiernos y auspiciada por los grandes poderes economico-finacieros, nos convenció de que lo bueno era eliminar las fronteras para producir de manera más barata para llegar a nuevos mercados. La solución hacerlo allí donde los derechos de los trabajadores y trabajadores de cualquier edad, son tan bajos como los salarios. Las barreras desaparecieron para la circulación de la producción y los capitales pero se hicieron más altas para las personas. Así las empresas más grandes, se agigantaron al tiempo que se cargaban todo un tejido industrial de proveedores e industrias auxiliares. Otros empresarios que por su tamaño no podían producir fuera, ante la bicoca globalizadora, decidieron cerrar sus fábricas productivas mandando al paro a cientos de operarios y operarias. Comenzaron a funcionar con media decena de trabajadores y se hicieron meros distribuidores de lo que se fabricaba fuera. Fue el jolgorio millonario de la globalización económica y las cuentas de las grandes empresas «patrióticas y benefactoras», en paraísos fiscales para evadir impuestos que debían de estar en la caja común del estado.

Llegó luego la crisis financiera. Hubo que salvar a las Cajas de ahorro y a algunos bancos. El coste de pagar la deuda se saldó con la transustanciación constitucional y poniendo en primer término de interés, el pago de la deuda contraída no evaluada. Los desmanes de unos pocos los pagaron los de siempre. Y se consolidó la rebaja de inversión pública en salud, educación, investigación y ciencia, en derechos sociales y laborales, en la pérdida de empleo y viviendas, en una bajada de precios en el sector primario en manos de grandes distribuidores y en un hachazo a cultura. Fue el tiempo de los náufragos del desempleo y el desahucio. Nos acostumbraron a hacernos fuertes en la precariedad.  Pasamos del «poco a poco, algo es algo» del desgraciado mileurista, al desesperanzado «es lo que hay» del trabajo precario y mal pagado. Así fuimos arrojando a la generación de nuestros jóvenes mejor preparados al mercado de la emigración. Lejos, algunos y algunas encontraron acomodo  liderando proyectos de investigación, coordinando grandes responsabilidad pero la mayoría sobreviven, con el deseo de regresar en el corazón y los pocas ganas de volver a España en la cabeza.

Con la zanahoria de la crisis aún rondando delante de nuestra narices, nos topamos con una pandemia de carácter mundial. Nos confinan para salvar nuestra salud y nos encontramos con un país, en el que los servicios públicos, especialmente el de salud, se enfrentan al embate con la  fragilidad propia de tantos años de interesados recortes. Más allá de la solidaria responsabilidad de casi todos y la creatividad de algunos, nos mostramos como un país incapaz de hacer frente a la demanda de los equipos necesarios para parar a la pandemia y enfrentar la debacle económica que está porvenir. Nuestra capacidad productiva está mermada por los años de reconversión, el paraíso de la globalización o la desafectación del inversor foráneo, que no tiene reparo ni escrúpulos en abandonar el botín dejando el barco en medio del temporal. En ese momento, como antes lo hicieron otros imperios «salvadores», emerge China como el gigante que tiene en su mano la sartén y el mango de la solución. Nos encontramos de golpe con la realidad del imperio, ese que ofrece respuestas siempre al mejor postor ávido de una salida como sea. Ese es el monstruo que hemos dejado que creciera con nosotros. Productos de calidad no testada a precio de oro. Entregas perdidas a pie de escalera de avión. Mascarillas y test defectuosos. Nada nuevo, pero que salta a la luz ahora y en tan mal momento. Conozco empresas que compran habitualmente en China. Ellos llevan años conviviendo con esa realidad. En partidas grandes, una parte del producto suele venir defectuoso. Lo asumen como normal en ese mercado en el que ellos prefieren eligir precio bajo a calidad final. Dependiendo de la situación,  deciden presentar una reclamación en china o esperar a la queja del cliente final. La primera opción en país burocratizado es compleja. ¿Nos extraña? No es nada nuevo. Lo llevamos sufriendo aquí cada vez que presentamos una reclamación ante una operadora de telefonía, aseguradora o entidad financiera, otro regalo de la globalización. La segunda pasa por la paciencia y el nivel de enfado del cliente final, si este aguanta la protesta y amenaza con ir al tribunal de arbitraje,  se le cambia el producto o devuelve el dinero. En fin, hacen lo mismo que tanto afeamos a los proveedores chinos y que aquí ya sufrimos como práctica comercial habitual de las grandes empresas y en ocasiones de las que no lo son tanto. Nos lo hace nuestro frutero de confianza cuando entre los 3 kilos de manzanas nos cuela dos «marcadas» y lo justifica diciendo que no se las va a quedar él y las tendrá que ir repartiendo entre todas y todos. Allí y aquí, se aprovechan de su prevalencia en el mercado, para sacar el máximo provecho con el mínimo costo, porque al final de la cadena, el desaguisado lo pagan los de siempre. Así pues y a la vista de este somero repaso histórico, tenderemos que convenir que la culpa no es  solo del imperio chino, que con sus cosas, a la fin y a la postre, se comporta como anteriores sedes imperiales. Quizá sería bueno pensar si cada uno de nosotros y nosotras no hemos sido «cómplices» de nuestra historia mirando para otro lado. Siendo meros espectadores entretenidos en otras cosas y dispuestos a asumir de manera sumisa e interesada lo que estaba pasando, como si el asunto no fuera con nosotras y nosotros. Ahora nos sorprende que hayamos llegado hasta aquí en estas precarias condiciones, pero la culpa no es toda de los Chinos… igual que cuando los bancos decidieron cobrarnos por las operaciones de banca en línea que hacíamos nosotros y lo admitimos convencidos de que eso era parte del progreso ¿Recuerdan? Aquella revolución tecnológica de las finanzas se saldó con una reconversión que pagamos entre todas y todos, que se resumió en coste económico, en cierre de oficinas, en el cambio de un trabajador experto por dos jóvenes dispuestos a comerse el mundo «preferentemente» y en la pérdida de la calidad del servicio, justo allí donde este era más necesario pero menos rentable. Es eso que algunos dan en llamar progreso, mientras estamos despistados jugando con otras cosas.

Alfredo Jaso

Foto: Aaron Reenwood