Cuentos por Cuentas

 

Debemos convenir que elevar a categoría de extraordinario aquello que debería de ser común, es un fraude. Una estafa que busca igualar en la medianía, quizá para hacer destacar aquello que debería ser natural y cotidiano y que sin embargo, en estos tiempos que nos ha tocado habitar, interesa que se  convierta en excepcional. En este cambalache de valores sin valor, de genial retruécano de ideas y actos geniales, se banalizan unos y otras, desprestigiando el significado esencial de palabras y actos nobles. Así, cualquier ocurrencia pasa a tener categoría de idea. Un folletín interminable y por capítulos se convierte una serie de culto y prestigio. Una actividad deportiva, en arte que conmueve emociones y encierra identidades. Un debate mundano entre voces e insultos, se define como un ejercicio de uso y libertad democrática. Una cita gastada, en un destello fugaz de inteligencia o un comentario ingenioso, pasa a ser una genialidad digna de difusión, admiración y aplauso. Pero con todo, esto no es lo peor. En esa generalizacion,  las palabras y actitudes bellas y generosas, que deberían ser de uso y conducta cotidiana y utilizarse sin admitir amaños ni trampantojos,  se diluyen en la impostura y la pose hueca del ego bobo y simplón y la mercadotecnia más interesada y ramplona para desarmar la solidez de esos valores humanos y disolverlos en su esencia.

Ser responsable y respetuoso y tomar consciencia de las repercusiones que nuestras palabras y obras tienen en la vida que compartimos con otros y otras, debería formar parte de la educación vital. Adquirir ese conocimiento humano que nos ayude a crecer como personas es fundamental. Pero tendemos a confundir instrucción y formación con educación. Nos preparan para nuestro futuro pero no para vivir de manera plena nuestro presente. Educar es entregar a cada persona las herramientas necesarias para que puedan decidir de manera consciente, responsable, respetuosa y libre. Así, llenaríamos el mundo de personas que tienen el compromiso de asumir sin necesidad de trápala ni embuste, las consecuencias de sus actos. Seres humanos que no son infalibles y se equivocan, pero que en la medida de lo posible, se apoyan en la creatividad y la experiencia para procurar aprender y mejorar. Y lo que es más importante, personas que educadas en esos valores de respeto y responsabilidad, asumen de manera natural e inteligente esa actitud responsable y respetuosa en cada una de sus palabras y actos. Sin precisar de un certificado que califique su comportamiento. Sin que para ello sea necesario pasar por un altavoz que publicite su respetuosa manera de actuar. Sin echar cuentas en el debe ni contar cuentos que despistan. Sin que ellos y ellas fuercen la pose, finjan el gesto y flaqueen en el compromiso. Sin duda que de esa manera, una a uno, personas conscientes de su responsabilidad y comprometidas en el respeto,  harían del mundo un lugar mejor sin necesidad de alardes ni alaracas.

Lo que los expertos y expertas en la materia llaman  Responsabilidad Social Empresarial o Responsabilidad Social  Corporativa, se presenta como un alto compromiso y una misión ineludible que manejando un neolenguaje comercial, sitúa en el ámbito de lo heroico aquello que debiera ser natural y cotidiano en el devenir de los negocios y las empresas. Bajo una panoplia de conceptos manidos y vacuas ideas, se nos habla de la Sostenibilidad en los procesos , de la Ética en las manera, de la Proactividad como un equilibrio entre la visión de vanguardia y un enfoque pragmático… Conceptos que lucen en páginas webs y documentos de empresa con la fatua pretensión de mostrar que el beneficio industrial, se obtiene de manera honesta, cuidadosa y revierte en la sociedad de forma equitativa y justa. Palabras puestas en tantas ocasiones al servicio de un cuento, tras el que se esconde la ruda pretensión de mejorar las cuentas. Gestos exagerados y palabras huecas que a menudo consiguen que cualquier actividad anodina a la que se le aplica una vistosa pátina de carácter social, cobre brillo y relumbrón, por mostrarse como un gran logro empresarial.  Así, vemos e continuo y publicitado con gran pompa como a cuenta de cambiar las bombillas o sustituir botellas de plástico por jarras de cristal, eso si, convenientemente serigrafiadas con la identidad corporativa de la empresa y subidas inmediatamente por el gestor de redes a la plataforma social más adecuada, se defiende la RSE como ejemplo a seguir e imitar.  Por algo se empieza, si. Pero cuando poco se habla de igualdad de oportunidades, de la conciliación, del trabajo estable y de calidad, respeto entre empleadores y empleados… querer sacar partido de un gesto tan endeble como estos u otros parecidos por arrimarse al ascua de la RSC/RSE, es feo y venderlo como ejemplo de compromiso responsable, suena como poco, a aprovechado.

Para la actividad de cualquier empresa o  profesional es importante desarrollar un Plan Social que defina honestamente una manera de actuar socialmente respetuosa y responsable. Resulta crítico que esos valores impregnen la «filosofía» de la empresa de manera vertical y horizontal como un compromiso a mantener. Urgente que se difundan y conozcan entre las personas que desempañan sus tareas en ella. Necesario que todos y todas la asuman como un compromiso ineludible y una manera de actuar responsable y beneficiosa para el común de los «afectados». Sin embargo, rara vez vemos que la RSC se convierta en un compromiso real más allá de gestos elocuentes y palabras de ringorrango. En contadas ocasiones vemos que su aparición en las empresas sea  la consecuencia responsable de una decisión consciente al tomar conciencia de la huella, que para bien y para mal, deja la actividad en su entorno. En contadas ocasiones se refleja en ese Plan Social la relación de respeto que ha de fraguar como el armazón sólido que sostenga las relaciones laborales. Así en demadiadas ocasiones ese Plan Social es un propósito de puertas afuera. Un compromiso que tiene como referencia la palabra de moda: «sostenibilidad» y que más allá de gestos para la galería no aclara de manera responsable que es lo que se ha de sostener. Pondré varios ejemplos de ello. Uno de nuestros clientes desarrolla una interesante actividad profesional en el ámbito de la educación. Su proyecto de éxito propone la posibilidad palpable y real de una transformación social de gran impacto a corto, medio y largo plazo. Contactamos con una industria con gran implantación en un entorno geográfico y social deprimido, que tiene a gala presentarse como una empresa socialmente responsable. Se les propone que con un bajo coste en recursos y una gran repercusión transformadora entre los trabajadores y trabajadoras de la empresa, sus familias y el entorno geográfico más cercano, apoyen esta iniciativa basada en la educación que es claramente transformadora y socialmente responsable. La actuación se compromete a incrementar el retorno positivo de la inversión durante décadas y vincularlo,  generación tras generación,  a la imagen favorable de la empresa en el entorno de su actividad industrial. Pues bien, llega la respuesta. En ella se alaban las bondades del proyecto, pero esta empresa tiene otra manera de interpretar la RSE. Se prefiere apoyar proyectos en el tercer mundo, vinculados a ONGS bien implantadas en el territorio y con redes de colaboración con asociaciones locales. El compromiso es repartir algunos de sus productos como una acción social en comedores infantiles. Se consiguen así cuatro objetivos: liberar excedentes defectuosos difíciles de colocar en un mercado que exige unos parámetros de calidad en la producción. Abrir mercado llevando sus productos a nuevos consumidores, creando una cuota de demanda. Al tiempo se establecen contactos comerciales con empresarios y administraciones locales, con la idea de poder abrir en un futuro fábricas. Y cuarto, la acción se publicita en medios de comunicación nacionales e internacionales como parte de la filosofía de Responsabilidad Corporativa de la empresa y se vende como un buen ejemplo de solidaridad con los más desfavorecidos. Paralelamente se negocia con los sindicatos, peores condiciones laborales y se amenaza con externalizar parte de la producción industrial. La pregunta es sencilla ¿Es lícito que este tipo de acciones se entienda como un ejemplo de apoyo al desarrollo del tercer mundo? ¿Esta empresa debe de ser aplaudida como socialmente responsable? Pero vayamos con otro ejemplo más cotidiano. Con el beneplácito de la empresa que arrienda nuestra oficina se procede a tomar medidas para sustituir uno de los elementos de acceso y seguridad. El encargo se realiza a una empresa que en su publicidad aporta como valor diferencial su compromiso con la RSE. Se presenta como una empresa respetuosa con el medio ambiente y la gestión del reciclado de sus recursos, algo a lo que ya obliga la ley. Anuncia que una parte de su flota está compuesta por vehículos híbridos, comprados en parte gracias a una subvención. Dice con gran énfasis que en sus instalaciones se consume café de comercio justo y desde hace tiempo, se apoya a un equipo de deporte femenino al que ademas aporta su nombre comercial. Interrumpo al operario en sus labores para preguntarle que si en lugar de sustituir el elemento en cuestión por uno nuevo, no sería suficiente con sustituir la pieza defectuosa. El compañero trabajador se gira y me responde con displicencia: «¿Sería mejor para quién? Yo le respondo, que seria mejor para todos, se recicla, se fabrica menos y desciende la huella ecológica que todos dejamos. Además en Metáfora, no ofrecemos productos o servicios que nuestros clientes no necesiten. Es bueno tener unos valores y ejercer nuestra responsabilidad social. Además, le digo, su empresa así lo defiende en su publicidad comercial. El abnegado trabajador, sin dejar de tomar medidas, concluye con sobranza. Pero usted ¿En qué mundo vive? El encargo de mi jefe es vender el producto como sea. Mi obligación es hacerlo así y de paso llevarme la comisión. Y si hacemos bien nuestro trabajo, para alegría de todos, así será por muchos años. Esa responsabilidad de la que habla está bien para la empresa mientras nos ayude a vender, si no es así… y yo esos valores, que quiere que le diga, los tengo para mi casa. Entonces mi pregunta es sencilla ¿De que sirven esos valores de Responsabilidad social si son una mera añagaza para vender más? ¿Merece un premio esta empresa por sus supuestos valores responsables? En Metáfora siempre hemos pensado que hacer las cosas bien debería ser el premio y no nos parece que deba premiarse aquello que de natural por compromiso, respeto, responsabilidad y en muchas ocasiones ya, por obligación legal, se ha de hacer bien siempre y para el bien de todas y todos.

Por eso elevar a categoría de extraordinario aquello que debe de formar parte de la manera de actuar de todas y todos, no solo desvirtúa y pervierte el significado de palabras bellas y nobles, si no que tiene viso de pretender el fraude y el engaño.  Si una empresa se dice socialmente responsable , pero mediante técnicas de «contabilidad creativa legal» maquina para pagar menos impuestos o desarrolla un entramado empresarial en paraísos fiscales, o en sus relaciones laborales no respeta las condiciones de calidad  en el trabajo, podrá patrocinar equipos deportivos o colaborar con Ongs en el tercer mundo, pero está ensuciando la palabra RESPONSABILIDAD.  Si una entidad financiera se dice socialmente ética, pero apoya el negocio de la especulación de productos perecederos generando hambrunas y muertes o respalda o participa en el negocio armamentístico de la seguridad y la guerra, está pervirtiendo la palabra ÉTICA. Si una empresa se dice socialmente respetuosa, pero con su actividad colabora a establecer cadenas de pobreza y explotación y a deforestar pulmones verdes del planeta, puede apoyar eventos solidarios y realizar donaciones millonarias, pero está desprestigiando la palabra RESPETO. Si en el ejercicio de una actividad profesional alguien se dice honesto pero en su quehacer diario, se suceden prácticas abusivas o desleales, podrá pagar campañas de publicidad para destacar su compromiso, pero estará vulgarizando la palabra HONESTIDAD. Si una sociedad se dice solidaria pero mira hacia otro lado cuando se recortan derechos humanos, empeoran las condiciones laborales o se tolera la violencia contra él o la distinta y más indefensa, sin duda podrá alzarse como solidaria pero está tribializando el significado de la palabra SOLIDARIDAD.

Educar para que la mayoría de las personas asuman de manera natural unos valores que promuevan la Responsabilidad y el Respeto entre las personas y dentro de las empresas, debería de ser lo común. Cumplir con unas normas y ser Respetuosos y Responsables con lo que exige la ley, debería ser lo habitual. Sin embargo, alzar, presumir y publicitar aquello que debiera de ser cotidiano, para darle una aparente categoría de algo extraordinario y excepcional y justificarlo como una ventaja comercial, deberemos de convenir que  supone avanzar en esa vulgarización y rebaja de los valores, buscando igualar en la chocarrera medianía. Ya lo dijo Discèpolo en su conocido tango Cambalache «Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio… Generoso o estafador. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! …Interesados y mediocres nos han igualao»… quizá esa sea la estratagema, que entre tanto cambalache y tanto disfraz, terminen por convertirse los bonitos cuentos en suculentas cuentas.

Alfredo Jaso

Foto: Laura Ockel