Buenos días

 

Los momentos más difíciles suelen llegar sin que nos demos cuenta y a menudo los vivimos desde la valiente inconsciencia de quien desconoce lo que le traerá el destino. A veces una negra sombra cubre los días de sol aunque no seamos conscientes de ello. Como un velo de realidad, la afonía de su padre ya duraba semanas. Los gritos de las manifestaciones y las carreras esquivando los golpes de los grises, empezaban a hacer mella en los cuerpos y los ánimos de aquellos hombres hechos de hierro y mar. Hoy sería distinto, acompañaría a su padre a una de las marchas con las que los sindicatos querían llamar la atención sobre la difícil situación que empezaban a vivir las familias. Subieron al barco y zarparon para cruzar la ría. En interior del Buenos Días el silencio era un grito de resignación, como si ya se supiera que el futuro de todos y todas los que viajaban en aquel vapor hacía tiempo que estaba decidido. Aún así había que continuar luchando. En aquella marcha cada paso era parte de un camino hacia la propia consciencia y cada garganta era un grito contra la asfixia de un ahora sin mañana. De regreso, entre el cansancio de la emoción y los kilómetros caminados, el olor a diesel que subía desde la sala de máquinas y el balanceo de las olas meciendo al Buenos Días, se quedó dormido. Soñó con delfines que saltaban sobre un mar de hombres y mujeres que avanzaban hacia un futuro luminoso. Abrió los ojos y los «arroaces» estaban allí, acompañando el rumbo de sus sueños y el avance del Buenos Días. Los hombres, volcados sobre la borda del barco, comentaban alegres los saltos de los delfines y sus carreras sobre las olas. Observando las cara felices de aquellos hombres cansados, pensó que a veces lo más sencillo es suficiente para borrar de un salto la amargura y que al fin y al cabo, bastaba un quiebro de la naturaleza y el empuje del sueño de un niño para ponerle un bonito final a un día triste. Pasados los días, la afonía seguía ahogando la voz de su padre. Decidió entonces acudir a la consulta del doctor Iglesias. El resultado de la biopsia era concluyente. Era la primera vez que escuchaba esa palabra: cáncer. Él y sus hermanos dejaron de ir al colegio durante semanas. En su cabeza quedó un hueco de conocimiento que llenó de angustia y que le acompañó durante muchos cursos. Por aquellos años no se sabía muy bien qué era eso del cáncer y cómo había que comportarse. Solo sentía una punzada en el corazón cada vez que escuchaba esa palabra maldita que a le daba a su padre, un hombre joven, de poco más de cuarenta años, alegre y fuerte, tan solo 6 meses de vida. Una negra sombra cayó sobre los días. Las jornadas se fueron en visitas a hospitales, operaciones, traqueotomías, silencios sin voz…viajes y miedo. Él cerraba los ojos y soñaba delfines. Recordaba las cara alegres de aquellos hombres que nunca se rindieron. Abría los ojos y veía a su padre aferrado al presente. Luchando por cada día. Enfrentándose cada semana al fuego de la cobaltoterapia. Cerraba los ojos y sentía la fuerza de cada paso dado en aquella marcha de obreros unidos contra su destino y sabía que su padre saldría de esa, que volvería a cantar y que años después, le acompañaría al mar para volver a ver juntos los arroaces saltando sobre un ahora en el que las negras sombras ya no serían el resultado de la tristeza y el miedo, si no la consecuencia del triunfo de la luz.

Alfredo Jaso

Foto: A Cepa