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Invitación a la alegría

La calidad de relaciones sociales y su entramado de convenciones culturales es el espacio donde se atenúan nuestras fricciones emocionales. Cuando una cultura no es capaz de crear  y sostener este espacio-soporte, como un ámbito de desarrollo justo y solidario basado en la responsabilidad y el respeto, se genera una comunidad destructiva. Se crea así una comunidad donde la afirmación de uno implica la destrucción del otro, y cuya consecuencia es una unión en la desunión a partir de la cual triunfa solamente el más fuerte. Ese  que suele ser el que mejor sabe utilizar cualquier tipo de violencia sobre los otros. Sin embargo la consecución del objetivo, la victoria sobre el otro, no mitiga el dolor del enfrentamiento, por el contrario, en las personas sensibles lo refuerza de tal manera, que genera desasosiego. Esa ansiosa desazón que es el desasosiego social, hace el caldo gordo que alimenta el desarrollo de la creencia religiosa, política, económica o sentimental como sustrato sobre el que se alza y empodera el imaginario identitario. Somos otros. Somos distintos. Somos lo que creemos ser.

El desasosiego se ha convertido en un estado de ánimo predominante en nuestras vidas cotidianas. Este indica la falta de sosiego, es decir de tranquilidad. Esta sensación extraña e inquietante de permanente fragilidad, peligro y sospecha son los pilares básicos sobre los que se asienta el miedo. En una sociedad habituada al temor, nace de manera natural el mal humor. El mal humor es la manifestación que produce esa apariencia de pelea constante, de enfado perenne, que en el fondo es la señal de un fracaso social permanente.

Nuestra cultura ha generado un imaginario social y simbólico donde el que no siente cumplidas sus ensoñaciones o satisfechos ciertos mandatos, tras un período de justificada pero inocua y malhumorada rebeldía, termina por sentirse fracasado y culpable de su situación. Encontrado el culpable, señalado este por el dedo acusador, debe resignarse a su situación. Por eso hoy la dominación se ejerce, fundamentalmente, imponiendo en la subjetividad, la resignada sensación de que nada puede ser cambiado. Si nada puede transformarse. Todo debe  mantenerse inmóvil a riesgo de que pueda empeorar aún más. El resultado es vivir en un mundo asustado, donde la creencia postiza, como promesa de un tiempo mejor, le puede a la  razón. Vivir un tiempo mal humorado, pero resignado, donde impera el sálvese quien pueda y en el que se apela al egoísmo de la falsa ilusión de singularidad como manera de esclavitud. Así, esa degradación de los valores éticos de fraternidad, igualdad y libertad, sin duda pretende el sometimiento desde el desasosiego, el mal humor, el desinterés  y la apatía social.

Cabe entonces preguntar ¿Es posible acabar con el desasosiego y el mal humor? ¿Podemos enfrentar tanta tristeza inútil? Yo, rumiador de  mis secretas tristezas. Que aprendí de mi padre que  estar con más pena que gloria es más que nada un «malestar». Que la vida me ha enseñado que se empieza soportando lo malo y se acaba aguantando lo peor,procuro ofrecerle al profesional  de la angustia y la desesperanza,al adalid del inmovilismo y el miedo, mi mejor sonrisa. Hay que tomar partido por la alegría.

Ser alegre aún si motivos. Alegre por el regalo de vivir. Alegre por la oportunidad ejercer libremente el derecho de regalarnos y compartir una sonrisa. La alegría permite el triunfo del principio lúdico del placer sobre el principio de una malhumorada falsa realidad. Pero alegría responsable no para negar la realidad, sino para poder enfrentarla y tentar la posibilidad de transformarla. Por eso la alegría responsable compartida es solidaria y peligrosa, porque la alegría es siempre y en su afán transformador, revolucionaria.

La alegría hace posible  una actitud creativa, que permite mitigar las dificultades de la vida a partir de la predisposición al cambio. La alegría plantea la necesidad de construir un tiempo de sentimientos alegres que enfrente la ruina de las pasiones tristes. Alegría no por tontuna y simple emoción. Alegres de manera responsable y comprometida. Responsabilidad que reclama reflexión. Compromiso que exige respeto. La alegría vital propone un paso al frente del compromiso razonado, contra al desasosiego irracional. La alegría es una sonrisa generosa contra el mal humor intransigente. No debemos dejar que sentimientos negativos nos coman la alegría y nos llenen el ánimo de emociones contenidas. Aprende a mirar lo bueno y bello que nos rodea  y que está también en nosotros. Aprendamos a compartir la sonrisa y dejemos de repartir desdichas y malas caras. Disfrutemos responsablemente del regalo de vivir. Del reto de la existencia como un hecho irrenunciable, como una manera permanente de aprender. Vivamos para transformar lo que nos rodea, para mejorar aquello que no sea justo. Neguemos el triunfo ruin de la oscuridad. La victoria de aquellos que quieren convencernos de que no hay otra salida más que la resignación. De los que con su mal humor neutralizan la opción del cambio.

No tengas miedo al cambio. Que no te asuste pedir lo justo, reclamar tu dignidad de persona. Hazlo todo con el corazón pero desde la inteligencia. Con serenidad, sin resquicios y desde la responsabilidad. Con contundencia pero sin rabia, sin ese mal orgullo que te convierte en alguien igual al que combates. Siendo tú,  sin ser otro que no eres y sin necesidad de mostrar una coraza de desconfianza que no es del todo tuya y que por eso no te protegerá cuando más falta te haga. No te engañes, la creencia que defiende una verdad verdadera, que busca la derrota del otro. Aquello que busca el sufrimiento y la renuncia rara vez procuran satisfacciones. Ese «cielo» se gana con la fuerza de la justicia y la energía transformadora de la sonrisa.

Observa atentamente. Comprende sin prejuicio. Comparte generosamente y sonríe sin miedo. No pierdas el tiempo en discutir. En mirar atrás o pensar en el futuro. No hables, haz, porque cada acto, cada obra tuya hablará por sí sola y es una explicación de lo que quieres, de quien eres, y qué estás buscando. Utiliza la sonrisa compartida  como revolucionaria herramienta de trabajo diario en la convivencia. Vive en la libertad responsable para tener la disposición férrea de defender y respetar la libertad propia y ajena y haz de la creatividad colaborativa vital instrumento transformador.

Alfredo Jaso

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Su Excelencia

 

No hace mucho alguien en nombre de un autodenominado Instituto vinculado a la Excelencia, me hizo el honor de informarme de que llevaban meses siguiendo la trayectoria empresarial de Metáfora y  mi desempeño profesional. Al parecer y a la vista de la bondad y calidad de uno y otro, no les quedó más remedio que incoar al insigne patronato que tutela las decisiones más importantes de este Instituto, la solicitud de la concesión de un dorado galardón que premiara y certificara la calidad del trabajo de Metáfora. Así las cosas y a  la vista de lo que suponemos era un prolijo y detallado informe, las personas que componen esta especie de misterioso sanedrín, no encontraron más que méritos para que a Metáfora le fuera concedido este magnífico premio.

La excelencia es una palabra que permite resaltar la considerable calidad que convierte a un individuo, objeto, empresa y sus servicios, en merecedor de una estima y aprecio elevados. Quien conozca el trabajo de Metáfora, sabe de sobra que  la excelencia es para nosotros un objetivo fundamental y diario en el desempeño de nuestra actividad profesional. Nos esforzamos para conseguir que cada persona y empresa con la que colaboramos pueda compartir con nosotros la sonrisa que genera la confianza en el trabajo bien hecho . Por eso somos muy cuidadosos  a la hora de aceptar reconocimientos, premios y certificados que no vengan avalados y respaldados por unos parámetros de exigencia que al menos estén a la altura de los que Metáfora trata de imponerse como norma en la producción de sus productos y servicios y en la relación con sus colaboradores y clientes.

En tiempos de crisis proliferan Institutos, Fundaciones, Asociaciones… que aprovechándose del humano ego, la boba vanidad y la simple superficialidad de la cornucopia fosforescente, están dispuestas a avalar, certificar y premiar cualquier actividad empresarial y profesional que necesite de cierta fingida notoriedad. Para lograrlo, estas entidades necesitan alardear de su cercanía con personas de probable buena fe pero de cierto caduco prestigio y personajes de rancia presencia mediática. El mejunje ya está preparado. Se juntan en el mismo pastiche la ambición y la necesidad. Así, embaucar al vanidoso incauto o al imperioso necesitado que confía en que la notoriedad de un premio conseguido sin concurso, ni esfuerzo, arreglará sus problemas de presencia, no resulta difícil. Una gestión comercial rápida y un ejercicio de networking a un módico precio, a cambio de poder colgar en el Facebook las fotos de los premiados. Llevarte al despacho un certificado otorgado por no se sabe bien quién para colgarlo en la pared. Compartir espacio con un puñadito de gerifaltes de los reinos taifas locales. Charlar con unas decenas de emprendedores con ínfulas de empresario del año en un hotel de semilujo con menú de ringorrango y la connivencia de algún medio de comunicación local, hacen el resto para complacencia de todos y negocio de unos pocos.

Nada que alegar a la actividad de unos, que buscando su beneficio aporta réditos también a muchos. Ni a las libres decisiones de otros. Legales y cada vez más extendidas las primeras y humanamente justificables las segundas. Pero si hablamos de construcción de marca y notoriedad, conviene indagar para mejor saber qué hay detrás de esos premios. Entiendo que es difícil decir NO a un premio y más cuando éste se ofrece envuelto en bonitas palabras hacia tu labor profesional. Pero precisamente por eso conviene saber con qué avales de prestigio cuenta la institución que los concede. Qué empresas y profesionales de valor han sido premiados en anteriores ediciones y qué procedimiento se ha seguido para decidir los premiados. Conviene saber bien qué personas han formado el jurado, quién lo preside y conocer su prestigio y relevancia en el sector profesional en el que desempeñamos nuestra actividad. Está bien indagar para saber quién da validez a los certificados que se otorgan y con qué responsabilidad. Conviene no dejarse deslumbrar por el colorín y los titulares, por patronos y patrocinios, por las celebrities, ni las celebridades. Es bueno tomar con responsabilidad decisiones de este tenor para que al final estas celebraciones no se queden en poco más que una sesión de fotos en tiros largos. Un evento de eso que la neolengua llama ahora networking. Un encuentro entre personas preferentes sin ninguna preferencia, en el que si no hemos sido precavidos, en nada mejorará nuestro prestigio profesional.

Afortunadamente, Metáfora cuenta con premios de ámbito regional, nacional e internacional de reconocido prestigio a los que se presentaban candidaturas de empresas  de nuestro sector y ámbito profesional y en los que un jurado de reconocido criterio,  presidido por personas de sobrada solvencia profesional, avalaba el posible premio a la candidatura presentada bajo estrictos criterios profesionales. A lo largo de casi 14 años, hemos tenido la fortuna y el buen hacer suficiente como para que esos jurados hayan reconocido los méritos de nuestra modesta empresa tanto a trabajos hechos, como a nuestros valores a la hora de abordar esos trabajos.  Que concursando en buena lid, alguien con entidad y solvencia, considere que nuestro trabajo merece un premio, es un alegre y seguramente merecido reconocimiento. Pero sin duda, es la confianza de nuestros clientes la que avala nuestra trayectoria empresarial en la búsqueda diaria de la excelencia profesional y son ellos quienes nos dirán cada mañana cuando comencemos nuestra actividad y cada tarde, casi siempre bien tarde, cuando la finalizamos, que este camino hacia la excelencia no está mal encauzado.

La confianza y el prestigio se reafirman cada día y con cada decisión tomada y son valores tan importantes que no se certifican ni con galardones dorados, ni con fotos con famosos, ni con diplomas de dudosa procedencia que se cuelgan en la pared. Precisamente por eso, si queremos construir sobre pilares sólidos la historia de nuestra marca, estamos obligados a ser escrupulosos a la hora de tomar decisiones que con el espejismo de su brillo, puedan apartarnos del horizonte de nuestros valores como empresa.

*Metáfora no aceptó el premio que se le otorgó.

 

Alfredo Jaso

 

 

 

 

 

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Amo la radio

 

En Metáfora sabemos que si la palabra acaricia a las ideas con el tacto luminoso de la música, rápidamente la emoción se hace mensaje compartido. La voz y la palabra, la nota y el sonido ayudan a construir en silencio la identidad personal, esa que en la suma total de individuos, y en sus diferentes tonos, da voz a la cultura de los pueblos. Música y palabra, en binomio creativo, son capaces de fijar y profundizar en emociones que pertenecen ya a un acervo popular que todos reconocemos. Esta pareja de de voz y melodía, enriquece el proceso creativo y la eficacia del mensaje con su compleja sencillez. Entre estrofa y ritmo se esconden o brillan sin miedo ideas, sentimientos y propuestas.

La radio es el medio perfecto para desarrollar este reto. En Metáfora amamos la radio y por ello sabemos que las piezas publicitarias pensadas para este entorno han de ser un desafío a la creatividad.  La radio es un arma poderosa capaz de convertir información en conocimiento. En este, como casi en ningún caso somos de los puristas, de esos que piensan que las propuestas publicitarias lastran los contenidos radiofónicos. La buena publicidad es aquella que se mimetiza con el medio y el formato, para ofrecer al oyente un mensaje potente. Esa es la que se agradece como información y juego de la inteligencia. En cambio, me entristece la mala publicidad, la que interrumpe e impide el discurrir fluido de los asuntos. La que chirría porque no se adapta al medio. La que se repite por miedo al fracaso y aparece forzada y sin fuerza. Los publicistas, salvo raras y honrosas excepciones, no aman la radio. Les atrae más el brillo del éxito rápido de otros medios. Olvidan que la radio no se ve, desperdiciando así la posibilidad de usar la imaginación para crear “un universo sonoro” como decía Deglanné. Piensan que la radio no se escucha y aplican fórmulas de compromiso sin adaptar sus propuestas a conceptos radiofónicos.

En Metáfora amamos la radio. Esa que es hilván de misterios y complicidades que nos comprometen en una nueva cita. La que nos invita a compartir conocimientos para hacerlos crecer. La que nos habla y me escucha. La que tiene anuncios que sorprenden y nos invitan a soñar. Esa que sueñan los más valientes profesionales de la radio. La radio que sirve para transformar la fealdad de los barrios, la tristura de los días y el tedio de los conformistas. La que acaba con el frío de los corazones cautivos de su propia miseria,  la sinsorga de los pobres de ánimo, la monotonía de los que no sueñan, la apatía de los que se conforman y la oscuridad de los que no aman para vivir. Todavía hoy, junto a mí como cuando era niño, asomada a la noche, suena la radio, esa compañera valiente que ampara en cada sonido, en cada anuncio, en cada música, en cada palabra, la espuma fugaz de nuestros sueños.

Alfredo Jaso

 

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Valor y precio

En Metáfora sabemos que no conviene confundir valor y precio. Pero no porque sean dos caras opuestas de una misma moneda, si no simplemente porque no conviene tratar a uno y otro por igual. Hemos claudicado aceptando que uno y otro puedan de ir separados y de resultas de esa interesado parecer, hemos admitido como bueno el que aquello que mucho cuesta, también ha de valer mucho y lo que poco vale, es porque no cuesta casi nada. Es esta manera simplista de querer ver el valor y el precio de productos y servicios, la que lleva a medir el coste de los mismos en horas y recursos utilizados. Así, observando la realidad bajo esa perspectiva puramente mercantilista, hemos llegado a dar por hecho que algunas cosas no cuestan lo que valen y otras tantas, no valen lo que cuestan.

Alfredo Jaso

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Jerga

Con poco más de 18 años, y todas las tarde de un verano por delante, cometí el atrevimiento de leerme entero un Diccionario Ilustrado Vox. Pensaba ingenuamente que allí encontraría las herramientas necesarias para dedicarme con éxito a la literatura. Desconocía que entre sus livianas páginas descubriría algo más importante: el preciso significado de cada palabra. Su concreción a uno o varios usos y su capacidad para darle sentido a una narración. En Metáfora sabemos que una jerga profesional en ocasiones no tiene más fin que cerrar el conocimiento al ámbito estrecho de los iniciados. Un modo de comunicarse entre iguales, pero inaccesible para el que desconoce la profesión.  Esto cada día resulta más evidente en este oficio de la comunicación y la publicidad. En nuestro día a día profesional triunfa cada vez más una jerga de diletantes petimetres, con la que pretendemos darle a nuestras simples tareas, un marchamo pseudo-internacional que no necesita. Esta impostura ridícula sustentada por el feble andamiaje de una jerga ficticia levantada sobre barbarismos, es con probabilidad el reflejo de cierta endeblez intelectual y de una clara desidia mental, sustentada sobre un bobo desdén hacía lo propio y común y que busca sin duda, una tonta sensación de exclusividad. Limitar un conocimiento tan sencillo a unos pocos, ya no tiene sentido. Es un gesto de inseguridad y desconfianza en la propia capacidad. Hoy, todo ha de estar abierto y compartido para que pueda llegar más lejos. Todo ha de estar orientado al usuario. Nuestras acciones deben de estar encaminadas a facilitar al receptor del mismo, la mejor comprensión de nuestro mensaje. «Hablar en raro», es vivir en un coto de señoritos publicitarios y comunicólogos de tres al cuarto. Manejarse con palabras ajenas que enmascaran su significado tras una pátina pobre que solo pretende darle un brillo fatuo a nuestras labores, es alejarse de la realidad, o peor aún, pretender subvertirla. Bien al neologismo que apoya el entendimiento de nuevos conceptos. Aplauso a las palabras que se crean para enriquecer la comunicación. Pero cinco segundos de silencio para pensar antes de pronunciar muchos de nuestros términos profesionales o si en el uso que hacemos de nuestro idioma, no están de más o simplemente suenan pretenciosos en una actividad de por si y a menudo, bastante pretenciosa. Si queremos llegar lejos, pensemos de manera directa y sencilla. Hablemos claro y con la precisión de nuestras palabras y comuniquemos bien para que a todos llegue la fuerza de nuestro mensaje. En la RAE se han dado cuenta de ello y así nos lo recuerdan.

Alfredo Jaso

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No sabe pero contesta

mundo

Es la demoscopia el nuevo oráculo de Delfos. El lugar al que todos acuden para comprobar la veracidad de sus argumentos. Hoy nada se decide sin el previo análisis de los datos compilados y de las opiniones vertidas.  Ha de responderse un SI o un NO a un cuestionario que evalúa gustos e intereses y para los indecisos, queda una socorrida tercera vía, un comodín que para los de irresoluto parecer, se resume en un «NO SABE, NO CONTESTA».  A pesar de la escasa relevancia de esta casilla en el número  total de las respuestas, sociólogos y analistas suelen concederle a este apartado el valor de la cualificación silenciosa, esa que denota, si no inteligencia, si al menos honestidad y sentido común. Deberíamos convenir que si no se tiene conocimiento o información sobre alguna materia en cuestión, lo más adecuado sería no contestar al respecto. Sin embargo hoy lo más habitual es responder con soltura a cualquier cuestión que se nos plantee y en muchas ocasiones, hacerlo con total libertad y desde la más libre ignorancia. En estos tiempos que vivimos, tendemos a considerar que si de continuo se nos reclama nuestra opinión, ha de ser porque esta se tiene por valiosa. Nada que objetar al que quiere saber y pregunta, pero cierto reparo ante el que responde y opina sin saber.  Hemos aceptado como necesario ejercicio democrático el que exista la libre opinión, y así  proliferan los «todólogos» que en cualquier medio de comunicación exponen su parecer sobre materias en las que muy probablemente no sean expertos. Opiniones que ya de cuarta mano, se extienden en la calle como verdades tautológicas.  Bueno es que la libertad nos permita opinar sobre cualquier asunto, pero mejor habría de ser que la inteligencia nos hiciera callar cuando no tenemos conocimientos suficientes sobre la materia. Es cierto que se entiende mejor cuando nos enfrentamos a una realidad social poblada de genios capaces de enfrentarse a cualquier dilema y responder ante cualquier demanda. Así vemos como un ministro con cartera, sirve al poco, para otros varios ministerios. Un consejero puede desempeñar a lo largo de su carrera política, varias responsabilidades autonómicas o un concejal de festejos terminar como responsable de urbanismo. Pero señalar esta realidad entre los responsables de gestionar lo de todxs, resulta cómodo y casi siempre llama al aplauso fácil más sin embargo, no debería parecernos extraño, pues en el día a día descubrimos que personajes con cierta notoriedad pública y sin mucho rigor intelectual ejercen de periodista sin saber del oficio, oímos que personas que no son arquitectos diseñan casas, licenciados sin ninguna preparación pedagógica enseñan materias que no dominan, esforzados estudiantes  hacen de camareros sin saber llevar una bandeja y cualquier ciudadano o ciudadana,  se permite opinar sobre aspectos relacionados con el diseño, la comunicación y la publicidad, solo porque camina por la calle y ve la televisión. Cierto es que en este oficio, no es difícil tener una idea una vez y hasta puede que esta incluso sea brillante y es quizá por ello, que como el burro flautista de la fábula, cualquiera se siente capacitado para expresar una opinión al respecto y ejercer de critico.  Opinan, deciden y en ocasiones ejercen sobre estas materias personas cuyo conocimiento en estos asuntos es cuando menos relativo y tangencial y todxs admitimos que así ha de ser porque al fin y al cabo todo el mundo tiene derecho a opinar aunque no sepa y porque sobre gustos…así como a nadie se le ocurre decirle a un profesional de la medicina que ponga una vía unos milímetros más arriba o de un color más fuerte, que en una radiografía el plano no está bien compuesto o en una fórmula magistral parece que le falta consistencia al mensaje, en nuestro oficio eso si está permitido y muchas ocasiones las decisiones las toman y las opiniones se dan, como dije al comienzo, con total libertad y desde la más libre ignorancia. Así pues y teniendo en cuenta que como dijo el poeta Celaya,  «nosotros somos quien somos«, propongo a los expertos demoscópicos que para no llamarnos a engaños, añadan una nueva categoría en sus resultados estadísticos esa que se incluya al más peligroso, el que  «NO SABE, PERO CONTESTA».

Alfredo Jaso

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Palabra de Usuario

 

Libros

 

«Dicen que hubo un tiempo en el que flotaban en el aire a merced del viento. Aparecían entre las ramas de los árboles y debajo de las piedras. Se encontraban en los caminos y flotaban sobre el agua yendo y viniendo como si buscaran un destino. Fue una mañana cuando entre los cabellos de ella, encontró dos de esas grandes letras. Al rozarse una contra la otra, producían un sonido raro, pero dulce. Una melodía amable que quiso imitar.  “Tu”. Dijo indeciso. “Tu”. Volvió a repetir.  Ella le miró sorprendida. Sonrío y dijo… “TU”. Un tiempo después, cuando aún se rozaban con el aire y sonaban incrédulas. En ese tiempo pasado, sin nombres, sin pertenencias y sin apegos. En aquel hito de sonidos silenciosos, hilvanados por un significado insignificante, sintió una leve caricia cerca del oído que le hizo abrir lentamente los ojos. Fue al despertar cuando ella las vio. Él aún dormía. Así que sigilosamente acercó su oído al pecho de él, allí donde parecían reposar esas dos letras, y confundido con el latir del corazón, ella creyó escuchar…Yo. Entonces cerró los ojos  y dejándose llevar por el misterio pronunció en voz baja… Yo… Yo…Yo… y abrazada a él, se fue abandonando al sueño».

El autor del texto nos relata de manera muy sugerente y poética una experiencia vital vinculada al nacimiento de las palabras. En ese texto se nos invita a imaginar que cada letra se roza con otra, para construir un universo propio de significado concreto que conocemos con el nombre de palabra. Cada palabra define de manera precisa una utilidad y un uso que, durante siglos se ha mantenido vigente, pues es el resultado exitoso del uso, pasado por el tamiz de la

Etimológicamente, experiencia deviene del latín experiri, que significa comprobar. La experiencia es una forma de conocimiento contrastado, construido a partir de la observación y la evaluación, que se elabora personal y colectivamente. Así, mediante esa arquitectura de la información e interactuando entre hablantes, se va construyendo el lenguaje. Siendo con el paso de los siglos, el reflejo de una experiencia personal y compartida entre usuarios.

Cuando hablamos de experiencia del usuario, manejamos conceptos de diseño que presentamos como relativamente novedosos aplicados a un equipo o función. Hablamos de ellos como si estos fueran la primera vez que se manejan. Los nombramos con palabras de nuevo cuño. Olvidamos con excesiva facilidad, que el tiempo que vivimos, es la continuidad de la validación permanente de una experiencia de uso. De ello tenemos ejemplos paradigmáticos en la naturaleza, que propone de manera evidente, muestras de la imparable adaptación y mejora de usos y funciones, capaces de hacer prevalecer unas especies sobre otras.

En el “espacio natural” de actividad que denominamos mercado, ese proceso de selección ha primado con la permanencia a aquellos trabajos buenos, convirtiéndolos en clásicos de referencia. Y ha castigado con la volatilidad a los que no lo son. Hoy sabemos que cada equipo, cada proceso, cada función y cada servicio, si quiere pasar la criba del tiempo, además de ser “bueno”, ha de tener en cuenta la experiencia de usuario. Como sucede en la naturaleza y pasa con el idioma, cada servicio, cada función, cada proceso y cada equipo, han de mantener un compromiso con la evaluación continuada y la mejora permanente como parte del proceso vital del mismo o estarán condenados al fracaso y el olvido.

A nadie se le escapa que el lenguaje es un elemento vivo a disposición del usuario. Pero con frecuencia se nos olvida que cada palabra, por si sola, es capaz de evocar una experiencia. Quizá por la ignorancia de la familiaridad, no tenemos en cuenta que una sola palabra puede transformar y convertir un espacio de actividad común, en algo placentero o por el contrario, desdeñable. Cada palabra, unida a otras muchas, plantean conceptos. Proponen y desencadenan acciones. Ejercen de contrapeso a favor o en contra. Mas sin embargo con frecuencia, la palabra y su capacidad poderosa, pasa a un segundo plano en el desarrollo y el diseño de la experiencia del usuario. Deberíamos preguntarnos por qué eso sucede así. Por qué cuando se plantea el desarrollo del diseño de un equipo, sus funciones y servicios, trabajamos más aquello que el ojo ve y la mano usa y menos, lo que la palabra explica y el cerebro comprende. Tendríamos que preguntarnos sobre el por qué no hay interés en hacer un uso adecuado de las palabras precisas a la hora de desarrollar, proponer y actuar.

Es evidente que la palabra también forma parte de la experiencia de usuario. Es más, sostengo que, si la comunicación ha de ser cada día más, un diálogo, la palabra precisa lo enriquece. Por eso empobrecemos nuestro trabajo cuando la usamos de manera incorrecta. Si la utilizamos con desidia y menospreciamos su poder, cada vez que el usuario se acerca a nuestros equipos, nuestros servicios, sus funciones y objetivos, le birlamos la posibilidad de vivir una experiencia única. Cada vez que minusvaloramos su capacidad, achicamos nuestro entorno de acción. Si desdeñamos y depauperamos su importancia global, construida en el apoyo de imagen y palabra,  desaprovecharemos una oportunidad de éxito para nuestro mensaje. Preguntémonos por qué eso sucede así. Indaguemos si es el resultado de una interesada ignorancia o una desinteresada familiaridad y en la búsqueda de respuestas, hagamos de ese camino una experiencia vital compartida.

Ahora, el acercamiento a la experiencia de usuario, nos permite trabajar de manera orientada y por ello de modo más preciso y eficaz, nuestras herramientas de comunicación. Desde el conocimiento de siempre aplicado a entornos nuevos, propongamos hacer del correcto uso del lenguaje, del idioma y sus palabras, hastial que corone la arquitectura de la experiencia de usuario. Pues como alguien escribió…

«Perdidas en el limbo del silencio me salen al paso las palabras, Tropiezo con ellas, me traspasan. Me rodean, me acarician y me abrazan. Me engrandecen el pecho si las digo. Valerosas me inflaman la garganta. Divagantes me empujan al camino, de su mano el tiempo se desata».

Alfredo Jaso

 

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Sin miedo

 

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Cuando eres tan inocente e ingenuo que te asustan con el coco y el miedo se aferra a tu corazón como una punzada terrible. Y la noche oscura se abre como un pozo de tenebrosas tinieblas. Responde valiente al desafío sin temor a enfrentar lo desconocido. Vive sin miedo. Aprende a creer en ti y comprende que el miedo es el borde que protege la frontera de ese pequeño mundo que aún debes descubrir. Por eso te digo, vive sin miedo. Confía en el valor de tus valores y se valiente para saber que a la incertidumbre de un nuevo paso le sigue la certeza del siguiente.

Más adelante, cuando llega la edad del amor y te encuentras perdidamente enamorad@ de la persona equivocada. Y sientes que te duele en el pecho con esa pena dulce de no ser correspondido. Y sufres por un amor propio que no entiendes. Que no te hace libre, si no que te ata al apego de ser querido. Y sientes el miedo al abandono atenazando la alegría del amor. Y crees que el mundo se acaba si una mirada no responde a la tuya. No creas a los que te dicen que te engañaron, que no valió la pena. Que entregaste más de que se te dio. No les escuches. Comprende que el amor crece cuando lo entregas. Que solo tienes lo que das y que saber dar es un regalo que compartir. Un presente que te enseña a ser libre por ti y no solo con otrxs. No aceptes la cobardía de los que pierden por miedo a ganar y convierte tu corazón en una herramienta vital para alzarte sobre la miseria de sus vidas y forjar el fiel de tu libertad. Por eso te digo, vive sin miedo. Crece en ese tiempo de joven esperanza y vive sin miedo. Sin miedo. Aprendiendo a entregar el amor a la vida generosamente en cada sonrisa.

Luego, cuando llega el tiempo maduro y aceptas que el peligro es parte de la aventura de vivir. Y eres tan frágil que te sientes invencible. Que tienes tanto que perder que luchas por ganar. Que tu orgullo y tu vanidad se hacen tan grande  que no ves tu pobre insignificancia de ser humano pequeño. Y te ensanchas en el que quieres ser olvidando quién estás siendo. Y al tropezar y caer, oyes el aullido del vacío. Y en tu vertiginosa caída sientes miedo a perder aquello que pensabas que eras. Entonces no creas a los que te dijeron que no vales nada. No escuches su miserable plegaria de dolor. No busques refugio en la tristeza, ni dejes que unas mano vacías, sean el cuenco del fracaso. Siente que queda tiempo para hacer. Siente el impulso del corazón y la fuerza de tus manos que te ayudan a construir un tiempo presente sin barreras. Un ahora de puentes sin fronteras. Y vive porque la vida no te pide lo que no das pero te enseña compartir lo que tienes. Y por eso creces en cada decisión valiente y eres más tú, cuanto menos escuchas a los que te amenazan con su cobarde temor. Por eso te digo, vive sin miedo. Sin miedo. Pues ya sabes que si te vencen las dificultades podrás levantarte de nuevo. Y volverás a arriesgar y aprenderás a perder como una manera de ganar.

Y más tarde, cuando el tiempo va tan rápido que todo se vuelve lento. Cuando cada minuto de acerca al momento final. Un día cualquiera. Una semana de un mes cualquiera, llaman a tu puerta y sientes que te entregan tu última carta. Una invitación para un viaje sin regreso. Y sientes el miedo atrapando las horas y los días sin piedad. Sientes el miedo del tiempo perdido, de las horas  acabadas. De las últimas luces sin memoria. De los recuerdos sin contorno. De las despedidas sin adiós. Entonces alguien te dirá que la vida es eso, prepararse para la ausencia. Acostumbrarse al dolor. No les hagas caso. Y un momento antes de rendirte y cerrar los ojos para mirar del lado donde caen los sueños, busca caminos que recorrer sin prisa. Encuentra motivos que no saben de su razón. Y aún en ese momento te digo, vive sin miedo. Sin miedo. Por qué si te alzaste ante el temor de la infancia. y venciste al miedo a la noche oscura. Si en la juventud derrotaste al recelo de amar y luego más mayor doblegaste el pánico a perder. Si fuiste tan osado que quisiste vivir de primera mano y pudiste comprender el regalo mágico de los días.Si tuviste la oportunidad de compartir con valentía y mirar con compasión a quien no te comprendía.Si dijiste NO y decidiste que SI. Entonces comprenderás que pusiste de ti todo lo que había. Que entregaste a los días lo mejor que tenías. Que fuiste creativx y valiente y viviste desde el respeto, en libertad y SIN MIEDO.

Alfredo Jaso

 

 

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Éxito

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Tener  éxito en la vida, es sonreír mucho y saber reírse de lo que no tiene importancia y también de lo que la tiene, pero no tanto. Saber que la vida ha de tomarse a broma, pero que debemos vivirla muy en serio y no al revés. Tomarla en serio para vivirla medio en broma.

Tener  éxito en la vida, es aprender a descubrir que la belleza y el amor están en las pequeñas cosas, en las más sencillas, las que tenemos más cerca, pero también, en la manera que tenemos de mirarlas y en la libre y respetuosa relación que mantenemos con ellas.

Tener  éxito en la vida,  es descubrir sin miedo, que en el tortuoso camino de los días, hemos de construir el amor a la vida, sobre los inquebrantables pilares de la alegría, la belleza, el respeto, la libre generosidad, pero también del placer. Pues no hay más justificación a la vida, que la de aprender a disfrutar del placer de vivirla.

Tener  éxito en la vida, es saber aceptar la generosidad de los que llegan, conociendo nuestra débil carencia, sin el debe del amor propio. Es hacer de la compasión, vara de medida para comprender nuestras limitaciones, sin dejar que el orgullo, su miedo y el rancio sabor del rencor, nos colmen de mil razones, casi siempre sin razón.

Tener éxito en la vida, es querer mantener el compromiso con el trabajo bien hecho, sabiendo disfrutar del paso de cada tarea, para convertir ese gozo en una oportunidad para aprender. Es saber compartir lo aprendido, no desde el autoritarismo del que manda e impone, si no  impartiendo el magisterio, desde la autoridad del que más sabe y más entrega.

Tener  éxito en la vida, es saber soportar la traición de falsos amigos y comprender los errores de los amigos verdaderos.  Pues es de unos y de otros, de quienes aprenderás mucho más de ti. Por eso, tener éxito en la vida es aprender a buscar lo mejor en los demás, sin dobleces, ni falsos intereses, y a ser compasivo con nuestras propias debilidades y con las humanas miserias de lxs otrxs.

Tener éxito en la vida, es contentarse con lo justo. Deseando sin esperanza, sin aguardar recompensas, sin buscar vanas pretensiones que ocultan lo que somos, bajo el disfraz de lo que queremos ser y haciendo el ejercicio diario de pedirle a los días, nada más que el regalo de vivir.

Tener éxito en la vida, es querer compartir la alegría a sabiendas del peligro que supone saber que una sonrisa, es una invitación a la creativa transformación y a la revolucionaria generosidad.

Alfredo Jaso

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Citius. Altius. Fortius

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«Más rápido, más alto, más fuerte» es la frases latina que define la ambición del inevitable hombre blanco. «Más rápido, más alto, más fuerte», un dicho de sesgo deportivo, que como un mantra, propone un plus ultra vital inalcanzable. «Más rápido, más alto, más fuerte» para llegar antes, más lejos y durante más tiempo sin preguntarse a dónde, ni por qué, ni por cuánto tiempo. Hoy ninguna actividad humana es ajena a esta premisa. Nada escapa ya a estos objetivos veloces altos y fuertes. Los hemos interiorizado como si formaran parte de una creencia religiosa o de un mandato ideológico. «Más rápido, más alto, más fuerte».
Como adictos a cualquier droga, nos hemos acostumbrado a buscar ese límes vital, y nos han convencido y hemos aceptado como verdad indiscutible, que no vivir al límite es como vivir a medias. Hemos asumido que solamente en la búsqueda de esa medida extrema se encuentra la verdad de la vida. No se trata ya de avanzar hacia un horizonte que sabemos de antemano inalcanzable. Ni de plantearnos el disfrute del paso y la zancada, que se aprende críticamente en cada gesto. Es un objetivo material, a menudo inútil, pero sumamente adictivo. Un lograr de cualquier manera alcanzar la meta y acto seguido, esclavo del objetivo, plantearse sumisamente un nuevo reto a conseguir. La meta es a veces simplemente deportiva o el reto es en ocasiones, solamente profesional, pero nunca se han de escatimar ni medios, ni esfuerzo. Primero el objetivo, luego el objeto, después si acaso las personas. Tampoco importa la manera, ni se evalúa el modo. Lo importante es la satisfacción de la propia medida superada el «Más rápido, más alto, más fuerte».
Pero ¿Por qué esa búsqueda del límite? ¿Qué intención se oculta tras este modo de vida materialmente extremo? ¿Qué nuevo ser humano nos propone esta lucha contra el límite? ¿Acaso en la superación de esas barreras, hemos forjado un ser humano más generoso, noble y poderoso? ¿Ha conseguido este modo de vida desarrollarnos personalmente en la asimilación de nuevas e instructivas experiencias? ¿Eso ha hecho posible un mundo más crítico con la injusticia y por tanto, más justo para todxs? ¿O por el contrario, ha construido una sociedad competitiva, hecha de sonoras pero vacías sensaciones y de individuales e inicuas plusmarcas y éxitos materiales?  ¿Acaso esta ficticia superación del propio límite, no ha hecho posible un mundo en constante comparación, en continuo conflicto, en lucha fratricida y permanente contra uno y contra todos? No me cabe duda de que esta perenne y fútil búsqueda limitada, ha sido útil para alzar a una parte de la sociedad, sobre los valores de una férrea disciplina. Sobre ese pilar, se ha levantado una sociedad acostumbrada a aceptar sumisamente los retos y metas propuestas y dispuesta siempre, a renunciar y sacrificarse agonísticamente, para conseguir unos y otras. Una sociedad compuesta por personas sometidas a la férrea disciplina del objetivo, que «empoderados» de sí mismos, juegan a traspasar un límite físico, inútil e irreal que se les propone como reto, meta y límite individual. Una sociedad que sabe utilizar la fragilidad de esos hombres y mujeres, para cercenar su inteligencia y su capacidad de ejercer el derecho irrenunciable al pensamiento crítico y a la decisión propia. Y esa idea de superación del límite, en el fondo crea una sociedad de seres humanos limitados. Encerrados dentro de su propia barrera. Dopados con la «soma» de un mundo feliz,  que paradójica mente, se alza sobre los pilares de la satisfacción, desde la renuncia y el esfuerzo sin límite.
Si lo piensas libre mente, la negación de la existencia del límite, sí bien es cierto que plantea un horizonte infinito e inalcanzable, lo propone también sin barreras y por tanto, pleno de libertad. Y debemos convenir que un ser humano sin miedo y libre, es una persona indomable. Así pues, no te pongas límites, tú ya eres lo que estás siendo, lo que quieres ser. Solamente tienes que regalarte la compasión, la paciencia y la generosidad con la que poder comprender y comprenderte. No necesitas llegar antes, si no a su justo tiempo. No tienes por qué alcanzar metas más altas, si no estar a la altura de tus decisiones. No has de ser más fuerte, para superar un límite, si no más libre para llegar más allá de ti mismx. Por eso, observa atentamente, comprende sin prejuicios, comparte generosamente, siente, vive y sonríe sin miedo y de manera siempre ilimitada. Así, sin más límite que el que te imponga tu libre y poderosa imaginación, serás cada día más fuerte y en cada propuesta, más creativo.

Alfredo Jaso

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