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Generosidad

En Metáfora sabemos del valor de los valores. Llevamos años trabajando con ellos. Haciéndoles ver a nuestros clientes y colaboradores que son una ventaja diferencial, no solo porque mejora de manera positiva el prestigio de su marca, si no porque ha de ser un propósito diario que impregne cada tarea, cada palabra, cada gesto de cada una de las personas que les representa dentro y fuera del entorno de la empresa. Valores que conforman lo que somos en la medida que impregnan lo que hacemos. Ahora, después y siempre, la honestidad, la honradez y la generosidad han de estar presentes en nuestras vidas. Cuando pase esta pandemia, todas y todos nosotros  habremos de demostrar nuestra honradez, nuestra honestidad y generosidad, no solo con emocionantes y merecidos aplausos, si no con decididos gestos capaces de tejer una red social de apoyo y ayuda. Pero han de ser especialmente las marcas que quieren ser líderes, quienes habrán de hacerlo desde la honradez, la honestidad, la generosidad. Sin embargo durante estos días vemos que muchas aprovechan de manera torticera la dura emoción del momento para lanzar el trampantojo de una publicidad interesadamente solidaria que busca aprovechar la presencia fácil sin ofrecer más compromiso.

La honestidad es un comportamiento que se ajusta a los valores de verdad y justicia. Ser honesto es ser sincero, no tener segundas intenciones en el trato con las otras personas; no buscar sacar ventaja de las posibles debilidades o situaciones de inferioridad de otros individuos. La honradez es un código de principios que rige la coherencia entre la reflexión pensada y la conducta visible. Es una especie de culto a la integridad y a la sostenibilidad de convicciones, aun en situaciones de inconveniencia personal. La generosidad es una virtud propia de las personas con sentimientos nobles. Generosidad es mantener el ánimo compasivo y tener un corazón atento a los actos que realizan otras personas para brindarles ayuda cuando lo necesitan. Somos generosos cuando pensamos en las necesidades de los demás y estamos dispuestos a dar de nosotros cuanto es necesario para aliviar los padecimientos que otros sufren.

En Metáfora sabemos que la honestidad, la honradez y la generosidad, para todas y todos nosotros, como miembros activos de una sociedad que aspira a la justa y equitativa mejora, para pequeñas y medianas empresas que desarrollan su labor en distintos sectores pero muy especialmente para las marcas que lideran el mercado, tiene que ser un trabajo de cada día. Así lo hacemos en cada nuevo proyecto y con cada colaborador y cada cliente. La honestidad, la honradez y la generosidad ha de ser un compromiso diario, esto ya no va solo de una mera cuestión de imagen y bonitas y superficiales palabras. No tiene que ver con una labor de conveniencia que apoyada en técnicas de #RSE, procuren una distinción cosmética. Han de ser los valores basados en hechos reales los que apreciarán los consumidores. Debe de ser necesariamente así si queremos que este encierro este tiempo de reflexión sirva para algo. Por eso, ver a tantas empresas del Ibex35, esas que a diario pactan y cobran tarifas abusivas, que explotan a sus trabajadores, que desahucian, suman beneficios con las dificultades ajenas o peor aún en estos tiempos de carestía, cuando tanta falta haría que ese dinero burlado estuviera en las arcas del bien común, saber que desde hace años, se llevan su dinero de impuestos no pagados a paraísos fiscales, es una muestra palpable y cruel que la publicidad que no se apoya en unos valores sólidos y verdaderos, es falsa propaganda. Querer sacar tajada de estos días poniéndose un disfraz solidario, para obtener provecho del momento, cuando en la labor diaria se está lejos de la honradez, la honestidad y generosidad en el compromiso y el trato, puede que hasta ahora no fuera un mal negocio, pero las cosas deben de cambiar, tienen que cambiar, debemos de hacer que cambien para que no sigan aprovechando su poder para el abuso y la mentira. La honestidad, la honradez y la generosidad, para que sean creíbles deben de ser sinceras, esto es, un ejercicio diario y no solo un alarde aparatoso y puntual en tiempos difíciles. Cuando pase la pandemia espero que tengamos memoria y sigamos aplaudiendo a los valientes para que el valor de la honradez, la honestidad y la generosidad gobierne nuestra relaciones y que pasados estos días, el tiempo ponga a cada uno en su sitio y que tras este momento de emoción, penalicemos la conducta de los aprovechados que hoy hacen publicidad con sus impostadas campañas solidarias, cuando a diario esconden el dinero de sus impuestos no pagados en paraísos fiscales. De esas empresas que hoy sacan provecho con su caridad oportunista pero que a diario, con su prevalencia en el mercado abusan de su poder en su relación con unos clientes que tanto les hemos dado a ganar. Esas empresas de cara bonita y corazón sucio que por nuestra dejación de consumidores se han convertido en sinvergüenzas sin miedo. Ojalá que así sea y sientan lo mucho nos deben.

AJV

Foto: Dawid Zawila

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Sultán

A las ocho de la mañana, en la casa suena la Callas. Después de 8 años le causa la misma emoción que el primer día.  Su voz transparente cantando «O mio babbino caro» sigue atravesando su corazón como aquella primera noche. A los pocos segundos llega Sultán para darle los buenos días. El perro pone su hocico sobre el colchón y lame su mano hasta que consigue que se levante de la cama.  Antes de ducharse deja la cafetera italiana puesta sobre la cocina de inducción. Le gusta escuchar el ruido del gorgoteo del café caliente subiendo al vaso superior de la cafetera y el aroma que deja el café recién hecho por toda la casa. No le espera para desayunar. Él es de esas personas a las que no se le puede dirigir la palabra recién levantado. Su madre para redimirle decía, «es así», pero no tenía razón, quien no ha cambiado bien pasados los cuarenta, es porque no quiere. Mientras apura el café escucha a la Callas. Cierra los ojos y deja que los recuerdos le inunden la memoria, ese contenedor tramposo que nos devuelve lo que fue o al menos el recuerdo convenido de lo que queremos creer que pasó. Sultán espera junto a la puerta. Mientras se lava bien las manos, su voz se enreda en el timbre vocal de María Callas que canta Casta Diva. Sus recuerdos de telones y tramoyas se mezclan con su incertidumbre de ser o ser y no puede evitar preguntarse con tristeza: Después de todo esto ¿Volveré al teatro? Se pone los guantes y la mascarilla con parsimonia y antes de salir se asoma a la habitación. Le ve medio desnudo, tapado a penas con la sábana y un escalofrío recorre su nuca. «Cariño, bajo con Sultán a la calle, el café ya está hecho» dice tomando la correa del can entre las manos y abriendo la puerta. Sultán sabe que algo pasa. No tira de la correa, ni sale corriendo al llegar a la calle. Un paseo rápido para hacer sus cosas medio asustado, como si supiera que otros ojos tras las ventanas escudriñan sus asuntos más mundanos. Al llegar a casa él está sentado a la mesa. Sultán corre a su encuentro. Le gusta sentir su mano fuerte sobre la cabeza y su caricia bajo las orejas ¿Qué tal estuvo el paseo Sultán? pregunta y la respuesta llega desde el fondo del pasillo. Una fingida voz canina dice: bien, el del cuarto, asomado a su balcón, no dejaba de mirarnos. Será que le gustas, responde él. Sultán mueve la cabeza como si lo entendiera todo. ¿Tú crees que le gustamos? Le pregunta a Sultán. Estoy seguro que si, responde él.

Al mediodía el sol acaricia el pelo corto y manchado de Sultán. Sobre la mesa del salón, folios de colores esperan para hacer volar sus buenos deseos para el vecindario. En la casa suena l’amour est un oiseau rebelle  de Bizet en la voz de Maria Callas. «El futuro no es lo que va a pasar, es lo que vas a hacer» escribe él sobre uno de ellos. «El amor es hijo de bohemios y jamás conoció leyes…» repite el coro de Carmen. Desde la terraza, uno a uno van volando aviones de colores. Impulsados con la fuerza de la emoción van colándose en los balcones vecinos. En el de enfrente, la pequeña Manuela espera  a que alguno llegue hasta sus manos. «Somos lo que damos y dar es mejor regalo que podemos recibir», lleva escrito el último avión rojo. Es el que vuela hasta el balcón de la niña. Sultán alza la cabeza y gruñe, desde el cuarto llega la voz implacable del vecino…»ya está bien con los avioncitos…». Abajo, la portera del edificio de enfrente, apoyando la cabeza sobre el mango de la escoba, mira como vuelan los mensajes de colores. Es la hora del ángelus y no me has dicho que me quieres. Entonces él, mientras repican las campanas de la iglesia, le entrega su abrazo cosido a su cuerpo. Un abrazo dado con la delicadeza de la ternura y la fuerza del amor.

A media  tarde todo está en silencio, es la hora del ensayo. Cada palabra de Federico resuena en La Casa de Bernarda Alba…»Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!» Repite en voz alta mirándose con dureza ante el espejo. De cerca Sultán observa su trabajo. ¿Volveré al teatro Sultán? Claro que si, se dice para convencerse, ahora nos necesitan más que nunca, verdad Sultán…y el perro como si pudiera entenderlo todo, se acerca para rozar su mano con su hocico. Me acuerdo mucho de ella Sultán, mucho… A las 20:00 es fiesta en la terraza. Todas y todos aplauden y se saludan. La pequeña Manuela les sonríe. Entre sus manos los aviones de papel recogidos esto días. Cuando empieza a sonar «Que viva España», entran en casa para preparar la cena. Un poco de pasta con pesto que a él le sale deliciosa. Sultán gruñe justo antes de que el vecino del cuarto grite: «Qué pasa, parece que molesta…» Mientras recoge los platos, él toma la correa y sale a la calle para acompañar al perro en una vuelta a la manzana. Arriba, en la casa, hay un silencio de soledad y duelo. Un silencio triste de inquietud e incerteza. El tiempo pasa deprisa y cuando se da cuenta Sultán y él entran por la puerta. Se queda mirándoles y da gracias a la vida por tenerlos cerca en esto momentos. Sultán se enreda en su piernas pidiendo el cariño de una sonrisa. Tienes los ojos rojos, le dice él rozando con los dedos su mandíbula. Saldremos de esta, confía en ti. Costará. Nos dejarán en la cuneta, pero volverás al teatro. Ahí fuera hay mucha gente que os necesita. Sultán se acurruca sobre su manta, él también está cansado de esto. Mientras prepara un café dice en voz alta. Cariño, vosotros si que hacéis falta, cuando esto pase ¿Quién va hacer volar esos aviones tan grandes por el cielo?  Por cierto, ¿Qué tal fue el paseo Sultán? Pregunta al animal sabiendo que ya está dormido. Él, mientras lleva las tazas al salón le responde sin darle importancia:lo de todas las noches, el vecino del cuarto al vernos nos gritó desde su balcón… «Maricones, salís mucho con el perrito, mañana igual llamo a la policía…» Mientras le sirve el café le dice, yo creo que tú también le gustas. ¿Yo? responde él, yo creo que quien le gusta es Sultán. A lo que el perro responde alzando la cabeza al oír su nombre.

Es medianoche. En la habitación suena Manon Lescaut. María Callas canta In quelle trine morbide,  él se acerca y le abraza por detrás. Carlos, en el borde de la cama, se hace el dormido. Él pone un beso de ternura en la nuca y pregunta  ¿Qué pasa, por qué lloras? El actor se vuelve y con los ojos llenos de lágrimas responde. Es que no puedo olvidarme de ella. No pude ni decirle adiós. Ni tocar su mano. Ni besar su frente….y ahora, está allí sola y tan fría…y Sultán que todo lo entiende, lo mira desde la puerta de la habitación y se acerca hasta los pies de la cama y se tumba allí como queriendo velar la tristeza sin consuelo.

AJV

Foto: Victor Grabarczyk

 

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Confinados

En su casa huele a tomillo y lavanda. Se escuchan viejas canciones y se oyen antiguas palabras. El tiempo parece detenido en un reloj que rompe el silencio cada sesenta minutos. Es el aviso de que el día se va doblando la esquina de las horas. Acurrucada en la cama aprovecha el calor de la noche entre las sábanas para estirar el descanso. Hace tiempo que no sueña, quizá porque sus días están llenos de recuerdos. Lleva ya rato despierta. Despacio, sin prisas, se pone en pie y se dirige al baño. La radio la acompaña mientras desayuna. No le hace mucho caso, especialmente a las noticias, le cansan tantas cifras y malas noticias hablando siempre de lo mismo, pero cuando suena una canción de su época, enseguida la tararea. Un café descafeinado con leche y una rebanada de pan con mantequilla y mermelada le dan fuerzas y alegría para empezar la jornada. Cada mañana temprano viene el panadero y le deja el pan en una bolsa, así tiene siempre pan fresco. El panadero es un buen muchacho. Luego retira un trapo que cubre la jaula de Pichí su canario, un timbrado español que salta de una barra a otra en cuanto ve que ella se le acerca. Lo trajo a casa Manuel, su marido, hace 8 años. A ella no le hizo mucha gracia, tenía siempre miedo a que se escapase. Así es el amor, decía Manuel, que necesita de barrotes para que no salga volando. Cuando él murió a ella le tocó limpiar su jaula cada mañana y descubrió que no hay que temerle a nada y que los barrotes no son buenos para nadie, tampoco para Pichí. A veces le gustaría dejarle volar, pero piensa en qué haría el pobre, solo, sin su alpiste y su pluma de calamar para afilar su pico. Ahora ella sabe como se siente Pichí. Encerrada en casa sin poder salir a dar su paseíto, ese que daba cada día, «atravesando el presente casi disculpándose por no estar ya más lejos». Sin poder tomar el café de media tarde con las amigas. Sin poder abrazar a su nieta. Se acuerda entonces de su padre que estuvo cinco años en la cárcel por las cosas de la guerra. Y así, después de perderse entre recuerdos, deja que el sueño le venza y en un duermevela llega la hora de la visita de su hija. Ella no vive lejos y cada cuatro días se acerca hasta el piso de su madre. Deja una bolsa con alimentos y con los guantes puestos toca el timbre. Al poco sale a la puerta. Las dos se quedan mirándose como con cara de sorpresa. Es raro. El cuerpo se les mueve como el de un cachorro que es incapaz de controlar sus impulsos ante una alegría breve e intensa. Se ríen y lloran a la vez. Disimuladamente se miran como escudriñando si ha habido algún cambio. Al poco se despiden y su vida queda detrás de esa puerta que se cierra con dos llaves y un cerrojo. Su mundo se ha ido haciendo pequeño. De la cama a la mesa, de la mesa a la silla, de la silla a la ventana, de la ventana al sillón y así hasta que el reloj suena dos veces y marca su hora de comer. Entre lo que no come porque no le sienta bien, lo que no prueba por si le sienta mal y su escasa pensión se ha acostumbrado a comer de forma muy frugal, eso si, siempre de postre una naranja. Recoge la cocina mientras escucha las noticias. Le conmueve el dolor ajeno y le emociona el esfuerzo de tantas y tantos trabajando por el bien de todas y todos. Aunque sabe que ella tiene el tiempo contado le preocupa el futuro que está porvenir. Su hija se ha quedado en paro y su hijo ha tenido que cerrar su pequeña comercio. Por eso le enfada tanto que los que más tienen no den la cara por los que tanto les han hecho ganar. Sinvergüenzas, dice en voz alta, mientras apaga la radio. La siesta no la perdona, es larga y de pijama y cuando se despierta se queda un buen rato bajo la colcha. Hace tiempo que no pone la calefacción por miedo a no poder pagarla, por eso se tapa bien y estando en casa nunca le sobra una rebequita para no pasar frío. Su hijo le dice que la ponga, pero ella responde que solo lo hará cuando ya no aguante más y su resistencia, a fuerza de años, nunca parece tener límite. Cuando se levanta de la siesta, se lava la cara como los gatos y se arregla un poco. Toma el teléfono y llama a su amiga Felisa. Lo hace todas las tardes para preguntar cómo ha llevado el día. Hoy no contesta y eso le preocupa. No quiere pensarlo mucho y por eso se convence de que seguramente, Feli, no hay escuchado su llamada. Cinco minutos antes de la hora se pasa un cepillo por el pelo, se pinta suavemente los labios, toma la jaula de Pichí y le dice, vamos al balcón, toda esa gente lo merece. Sale y le emociona sentir la unión que late en el corazón de las personas. Tira besos por el aire. En el balcón de enfrente está su hija y su nieta y el estirado de su yerno. El vecino del quinto se ha puesto a cantar y después todos aplauden, ella también lo hace. Luego recoge a Pichí, le pone un trapo por encima de su jaula y ella se sienta en el sillón del salón. Abre el álbum de fotos, las roza con la yema de sus dedos, dejando en cada una de ellas el peso del cariño.. Empieza la ronda de llamadas. Su hija, su hijo, su nieta y su nieto. Su cuñada Carmen y su sobrina Luisa. A todas les dice que está bien, que no se preocupen. Sin poderlo evitar, al colgar la última llamada, una lágrima recorre las arrugas que el tiempo y la vida le ha regalado. Felisa, no estaba en su balcón. Está asustada y aún queda mucho día.

AJV

Foto: Todd Cravens

 

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Ahora es el tiempo de mañana

Ahora es necesario mantener un aprendizaje positivo de lo que está sucediendo para poder afrontar lo que viene después de la pandemia, ese virus social y económico que desgraciadamente se llevará por delante tantas ilusiones y realidades. Sin embargo en nuestras manos está el conseguir que el resultado de todo este tiempo de reflexión, de acción contenida y de solidaridad plena sirva para una apartar hábitos, modos de trabajar y maneras de relacionarnos basados en el consumo irresponsable, la injusta precariedad, la prepotencia del poderoso, la arrogante ignorancia y la cómoda superficialidad y todas y todos juntos digamos NO a la fea enfermedad social, que sin querer darnos cuenta se estaba haciendo crónica entre nosotras y nosotros. Ojalá que este tiempo sirva para eso y no sea solo un paréntesis de dolor y miedo que traiga nuevos días de un atroz sálvese quien pueda. Es tiempo de reflexión y de acción. Es tiempo de solidaridad y de generosa FRATERNIDAD, de justa y necesaria IGUALDAD de oportunidades y de responsable LIBERTAD. Apoyémonos, ayudémonos, confiemos en la honestidad de las buenas personas, en su trabajo y en sus valores. Escuchemos a aquellas y aquellos que comparten su conocimiento sin pretender convencer y apartemos a quienes llevan tanto tiempo haciendo de su propio provecho dolor y sufrimiento de muchas y muchos. No volvamos a equivocarnos, no volvamos a permitirlo. En nuestras decisiones y nuestro corazón está que así sea. #AHORAESELTIEMPODEMAÑANA.

Es la hora de gobernantes pero también de los bancos y de tantas empresas patrióticas del Ibex35 que de manera ruin se llevan parte de sus beneficios a sus sociedades en paraísos fiscales. Ahora es su momento para destacarse de mostrarse como empresas y bancos con valores reales y no con una #RSE maquillada y de conveniencia. Todas y todos nosotros seguimos pagando nuestros impuestos, los servicios que usamos, incluso los que no podemos usar, haciendo un esfuerzo que pone en riesgo nuestros escasos recursos, mientras algunos siguen haciendo caja en nuestras dificultades. Por eso los que más tienen gracias a nosotras y nosotros, tienen la oportunidad de ponerse al lado de las personas y las empresas que ahora tanto les necesitan. Ahora no es tiempo de interesadas moratorias en las facturas, esas que permitirán a las multinacionales españolas seguir mejorando sus cuentas de beneficios a cuenta de la ruina futura. Cuando dentro de 5 meses sus clientes tampoco puedan pagarles. Ni de sacar pecho con créditos blandos y rentables avalados por el estado con los que seguir ganando dinero a costa de la necesidad de muchas y muchos. Ni de presumir de compromiso social cuando algunas empresas están doblando su producción o cobrando recibos mensuales o anuales. Es la hora de demostrar si creen en las personas y las empresas de este país, esas que tanto les han hecho ganar o si a los bancos y las empresas «patrióticas», las de las donaciones mediáticas e impuestos escondidos, las de cara bonita y corazón sucio, como ya pasó hace años, solo les interesa el trato mercantil, la suma de dividendos y ganar dinero con el dolor de la gente. Es la hora de pensar en las personas, la hora de esos que se dicen patriotas, es la hora de apoyar al país y a su gente. #Niunreciboentresmeses

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Libertad vigilada

Entrando por la ventana de las escaleras escuchó el canto que llegaba desde la calle. Era una invitación diaria a reunirse en una liturgia común. Se sabía que a esa hora se hacían un alto en las tareas para acudir a la llamada. Ella acaba de subir de la calle con algo de compra. No se acostumbraba a ese uniforme impuesto que solo  dejaba ver sus ojos. Así había que hacerlo, decía su marido y si lo decía él, ella no podía rechistar. Caminar por la calle así vestida, la hacía invisible pero también objeto de las miradas de todos. Sentía una extraña sensación de protección que marcaba cierta distancia de seguridad pero a la vez una incertidumbre próxima e individual que la asustaba. Por la ventana avisaban de que pronto empezaría el rito. Su marido sin dejar de mirar la pantalla del televisor, le preguntó que de dónde venía y ella, bajando la mirada respondió con voz temblorosa, de la compra. ¿Cuántas veces te he dicho que no salgas sin permiso? dijo él levantándose de la silla. Tengo que saber dónde estás y qué estás haciendo. No puedes salir cuando tú quieras. Ella alzó las bolsas y dijo sin ser capaz de levantar la mirada, «se habían acabado los dátiles y las naranjas para tu zumo, no quería que volviese a pasar que te faltara algo»… Solo te digo que no vuelvas a salir sin permiso, le dijo dejando con fuerza la huella sus dedos sobre el brazo de la mujer. Ella quería liberarse, volver a respirar. Se quitó la mascarilla que se ponía cada vez que salía a la calle, dejó las bolsas en la cocina y se lavó las manos con jabón, canturreando una canción infantil que le recordaba al hijo que él tanto deseaba y nunca tuvieron. En su cara, hasta entonces tapada por la protección, un moratón marcaba su pómulo. Oculta entre las naranjas, la multa de la policía. Un vecino la había denunciado al verla caminar por la calle. El mismo que cuando escucha los golpes que recibe durante las palizas se calla porque son cosas entre ellos. La espuma cubría sus manos. Escondidas entre las notas de la canción brotaban sus lágrimas de desilusión y miedo. Entonces desde el salón él gritó como si no pasara nada, «vamos mujer, que van a ser las ocho y hay que salir a aplaudir al balcón».

Alfredo Jaso

Foto: Uta Scholl

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Del final al principio

Sin alardes ni alharacas debo de reconocer que siempre me he considerado un buen profesional. Es bueno reconocer que en estos tiempos para alcanzarlo no se requiere de mucho mérito, solamente acercarse a la tarea con la curiosidad de quien quiere descubrir, sorprenderse y luego poner amor a cada uno de los procesos que esa tarea nos obligue a emprender. Siempre me ha animado hacerlo todo siempre con el objetivo de crecer como ser humano. Por eso si nos gusta lo que hacemos, no parece complicado convertirse en un buen o una buena profesional. Desde esa perspectiva, cada nuevo proyecto nos enriquece sacando lo mejor de nosotras y nosotros pero también nos exige el compromiso con el aprendizaje continuo. Durante muchos años, mi actividad profesional me ha obligado a acercarme y formarme de manera natural sobre diferentes materias y recursos para poder tratarlas del modo más adecuado y preciso. En ocasiones he tenido que leer infinidad de libros para poder entresacar una idea y en algunas ocasiones al llegar a la mitad del libro, he descubierto que en la materia a tratar el libro recomendado no aportaba gran cosa. Sin embargo ni una sola vez he dudado que ese aprendizaje «inutil», a la larga, le aportaría valor a mis trabajos. Nunca he necesitado una motivación extra para emprender mis tareas. Ni jamás me he planteado más objetivo que aprender y crecer en cada trabajo como profesional y como persona. Tampoco me he preocupado por ir creando una marca personal. He sido siempre el que soy, intentando entregar en cada proyecto y en cada relación lo mejor que tenía con sinceridad y sin miedo pero sin sentirme subido a una palestra desde la que mostrarme. He desarrollado, con mayor o menor fortuna, un camino profesional en el que no he tenido prisa y en el que mi único compromiso ha sido crecer como un buen profesional para intentar llegar a ser una buena persona. Sin embargo resulta curioso que hoy en día pareciera que la gran mayoría de profesionales necesita de una continua motivación que ayude en el planteamiento de unos hitos a alcanzar. Hitos que se convierten en objetivos profesionales. Resulta evidente que para alcanzar esos ambiciosos objetivos se necesita de un apoyo formativo que despierte la motivación y que promueva el compromiso con el logro de esos objetivos. Esos objetivos son los que afirman nuestra marca personal. Esa que va dejando la huella de nuestro paso por una actividad profesional. Haciéndolo así, se desarrollará una carrera profesional cuyo fin es alcanzar puestos de responsabilidad a cualquier precio. Sin embargo, la cruda realidad, indica que para conseguirlo el mercado exige unas condiciones muy claras entre las que destaca sobre otras la necesaria «Flexibilidad». Eso significa que tras varios cursos de motivación y autoconfianza. Tras plantear unos objetivos ambiciosos y plantar la huella de nuestra marca personal, hemos de adelgazar nuestras expectativas y rebajar nuestros altos sueños para continuar el la liza. Esa «flexibilidad» es un duro golpe contra nuestras ambiciones. Afortunadamente, nos han enseñado que entonces debemos de apoyarnos en la resiliencia para levantarnos tras el golpe a nuestras ilusiones y poder seguir caminando como profesionales comprometidos pero también más precavidos, desconfiados, miedosos y flexibles. Que duro llegar casi hasta el final para volver a estar como al principio. .

Alfredo Jaso

Foto:Joanna Kosinska

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Yo te apoyo

 

Anoche, haciendo recuerdos de un tiempo pasado, me recordaron un chiste de borricos, de esos que se contaban cuando éramos niños y niñas decía: «Qué pena mi borrico, ahora que se había acostumbrado a pasar hambre, va y se me muere». Es un chiste con vuelta, de esos que hacen pensar. Enseguida me di cuenta de lo oportuno del rebuzno chistoso. Pensé, en estos tiempos difíciles ¿Cuántas empresas y profesionales se sentirán como ese borrico, que se había acostumbrado al tiempo de la dura precariedad y que no ve más salida que tirar la toalla? Sin duda son más de las que creemos. Entre todas ellas estoy seguro de que hay muchas personas que han puesto todo lo que tenían en un sueño y que ahora despiertan en medio de una cruel e injusta pesadilla. Por eso ahora debemos plantear cadenas de apoyo y ayuda para juntos intentar salir a flote.  Se ha dicho siempre que la unión nos hace más fuertes, por eso en este tiempo de apuro y mientras se va solucionando lo urgente, es necesario que todas y todos estemos unidos y apoyemos y demandemos los servicios y productos de aquellos y aquellas que se esfuerzan por mantener el compromiso diario con la labor bien hecha. Es urgente que apoyemos a quienes hacen del amor puesto en cada tarea, modo de trabajo diario. Que confiemos en quienes saben que lo primero es antes y que siempre lo importante va primero que lo superficial. Es necesario apoyar a quienes crecen alzándose sobre sus valores humanos y éticos. A quienes creen que son los buenos medios los que construyen un mejor fin y apoyar a quienes ponen lo que son, al servicio de lo que hacen. Pequeñas empresas con creatividad y valores. Pequeñas tiendas cercanas que hacen un comercio más justo. Hosteleros que cuidan el detalle y trabajan con productores de cercanía. Profesionales y artesanos honestos y de ley.  Es crítico que cuando solucionemos lo urgente,  contemos con ellas y ellos y contratemos a profesionales y empresas valiosas y con valores, para que después que pase la pandemia, unidas y unidos todos, dejemos de ser como ese borrico hambriento y precario que trabaja sin más esperanza que sobrevivir y podamos crecer de otra manera más justa, más equitativa y armónica, más sostenible y menos precaria para así dedicarnos a lo importante, mantener vivo y fuerte el libre latido de la vida. Porque acabar con la pandemia es cuestión de una vacuna, recuperar la salud de nuestra sociedad, tiene que ver con nuestras decisiones, nuestros hábitos y nuestros compromisos con la vida.

AJV
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El martillo y los clavos

 

Conocimos a Laura hace años. Trabajaba en un centro de Altos estudios dependiente de una universidad pública. Era la eficiencia y la amabilidad personificada. A los diez minutos de estar allí, resultaba evidente que ella era la persona con quien había que hablar si se quería resolver con eficacia cualquier cuestión.  Hace semanas nos sorprendió verla sentada en una exigua mesa en un espacio compartido de esos que ahora llaman pomposamente «trabajo en oficina integrada» o de manera algo más tonta: espacio «Coworking».

Laura tenía uno de los mejores expedientes académicos de su promoción y los catedráticos la animaban a que siguiera su carrera en la universidad, pero a ella siempre le gustó más la brega cercana e ilusionante de la docencia en el bachillerato, que el fatuo ambiente universitario, hecho de servilismos y dependencias. Quizá por eso y desoyendo las recomendaciones de sus mentores, decidió dedicar un año a preparar unas oposiciones que la acercaran al mundo real de la enseñanza. En Laura se unían de manera equilibrada una inteligencia clara. Nobleza de corazón como para no engañarse. Sentido común para no hacerse vanas ilusiones y una incasable y disciplinada capacidad de trabajo, por eso de no ser porque por entonces en su especialidad, las convocatorias eran escasas de plazas , hubiera ganado su oposición a la primera. No obstante aquella primera vez le sirvió para entrar en los primeros puestos de la lista de interinos y eso hizo que durante dos cursos disfrutara, como nunca, de su labor docente. Sin embargo, quiso el destino y la mala fortuna, que antes de comenzar el tercer año, el ministerio cambiara el baremo de puntuaciones y Laura, por 3 días, se quedó fuera de las primeros puestos de la lista y con ello, de la posibilidad de volver a trabajar de manera interina en un Instituto. Volvió a la tarea del estudio y en ello estaba cuando un antiguo y apreciado profesor, comisario de una magna exposición de esas que celebran glorias y centenarios, la llamó para dirigir aquello. Ya les expliqué cómo era Laura, además por aquel entonces ella era valiente y no lo dudó. Era un trabajo nuevo pero se sentía capaz de llevar la gestión diaria de ese encuentro cultural, durante más de un año. Quiso la oportunidad que por entonces, en la universidad se quisiera aprovechar el tirón de la exposición y sus fastos, para prolongar la actividad expositiva y vincularla a  la investigación, creando un centro de altos estudios académicos. La dirección del centro era un cargo codiciado y por el que hubo cierta batalla entre catedráticos, pero sobre quién debía de llevar la gestión del mismo no había duda: nadie mejor que Laura para hacerlo. Así, sin haberlo querido nunca, se vio trabajando para la institución de la que siempre se había querido alejar. Como remacha Rubén Blades en su canción «Pedro Navaja«, «Cuando lo manda el destino, no lo cambia el más pintao, si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos» .

Gestionar la actividad de un centro de altos estudios sin interferir en egos ni vanidades de los que comandan la institución no es cosa baladí. Además de mano izquierda, sentido común y saber hacer, hay que tener dotes y conocimiento para coordinar y facilitar la labor de investigación y sus consiguientes publicaciones. Organizar jornadas, seminarios y congresos. Tener la paciencia de solventar con tacto las petulantes disputas entre presidentes, alcaldes, rectores y embajadores, que tan apegados al medido protocolo y la oscura vanidad del cargo, suelen resumirse en fatuos motivos para rancias pendencias personales. Atender a los asuntos económicos. Agendar citas y actividades de la dirección y los cargos directivos y hacerlo todo ello desde la eficacia y la discreción, no es cosa de poca enjundia.  Aunque seguro que hubo motivos para ello, durante más de 15 años, ni un solo día le faltó la sonrisa, ni racaneó la mejor disposición para hacer su trabajo. Le gustaba su misión y cada tarea la emprendía con la dedicación y la eficiencia que su conocimiento y valía le aportaban y la experiencia que le regalaba todo ese tiempo de trabajo bien hecho. Durante esos años, Laura dejó aparcada su tesis doctoral y una parte importante de su vida personal y la entregó al trabajo y al mejor lustre y esplendor del centro de estudios para el que se dedicaba en cuerpo y alma. Durante esos más de 15 años, Laura desempeño todas estas funciones amparada por una larga ristra de contratos de investigación que la mantenían en vilo cada fin de curso, atada a una promesa de próxima fijeza que nunca llegaba. La renovación de cada contrato de investigación la laureaba de publicaciones, comunicaciones y ponencias. Cada nuevo contrato, la reforzaba un años más  en su capacitación al frente de centro de estudios pero en el fondo, ese tenerla en vilo era la ruin zanahoria que una institución tan noble, como poco agradecida, ponía en el horizonte vital de Laura.

Canta el panameño Blades en su canción «Plastico»:»Recuerda se ven las caras pero nunca el corazón», por eso cuando en la pelea por el rectorado, tras un remedo del aquel «abrazo de Vergara», el ganador decidió quitarse de encima al contrincante, evidentemente no fue a por él, pero si a por quién era el pilar que sostenía la institución desde la que se impulso su antagonista. Así, como los generales comienzan su guerra sin reparar en los soldados muertos, Laura descubrió que ciertas instituciones son un «ente cosificado» al que se le ve la cara pero casi nunca el corazón. Pese a su compromiso y buen hacer de años, al finalizar el año electoral y sin tener arte ni parte en el proceso de candidatos, vio como su contrato de investigación no se renovaba. De poco sirvieron las declaraciones de varios ilustres catedráticos que describieron  y alabaron el trabajo de Laura ante el juez, pues ante la favorable sentencia de magistratura recomendando la readmisión, la universidad, en un alarde de descrédito a la inteligencia y la buena gestión del dinero público, prefirió indemnizar a Laura por los más de 15 años de buen trabajo. En la cortedad de mira la justificación fue la de no sentar un mal precedente que abriese la puerta a otras reclamaciones similares. No se sabe si cuando se referían a un mal precedente este era jurídico o de reconocimiento al buen trabajo. Ahí terminó la carrera profesional de Laura.

Recuerdo el día que nos reencontramos. Sentada a su mesa y delante de su portátil, su mirada triste reflejaba la decepción y el gesto de su cara, la derrota. Su pelo, quizá por los disgustos se había vuelto gris. Me saludó con cortesía y me contó que anduvo un tiempo aturdida y sin saber qué hacer. Que pensó en volver a las oposiciones, y lo intentó, pero después del golpe recibido no se encontraba centrada como para dedicarse al estudio. Decidió empezar a buscar trabajo. Fue entonces cuando desde la oficina del paro, le hablaron de una lanzadera de empleo. No perdía nada con probar.  «Allí aprendí a desarrollar mi marca personal, a preparar un CV atractivo, a gestionar mis redes sociales y a completar un plan de negocio. Con el fin de motivarnos, allí también hacíamos un montón de tontadas, que al parecer estaban pensadas para que visualizáramos un futuro en positivo. Esas cosas chatas y algo ramplonas del «si tu lo deseas con fuerza, se logra» que quizá todos y todas necesitamos, pero que en el fondo y menos a nuestra edad, nadie cree. Cerramos el tiempo de formación con una fiesta. Tras la entrega de diplomas nos hablaron, Faustino, agente de una entidad financiera y Carlos, un chico joven de esos que parecen desaliñados pero se visten con ropa que no baja de los 300€. Uno nos habló de las ayudas que su banco ofrecían a emprendedores. El más joven, nos contó su exitosa experiencia de emprendedor tras salir de la lanzadera. Una tienda virtual y una ingeniosa App, le estaba haciendo ganar dinero a paladas. Para acabar nos invitó a que conociéramos su coworking, una nueva diversificación para sus negocio para la que había contado con ayuda de Faustino y su banco. Al poco volví a buscar trabajo. Pero me encontré con un muro. De nada valían mi formación y mi experiencia. Pesaban más mi edad y mi condición de madre y mujer y en cada negativa, después de haberme pasado mi vida intentando hacer del compromiso con el trabajo bien hecho apoyo profesional, me sentía estafada. Un día me encontré con uno de los miembros directivos del centro donde estuve trabajando más de 15 años, un catedrático de los de cortas miras y mano larga que me dijo: -Te pasaste de lista denunciando a la universidad. Si te hubieras callado, quizá a los pocos meses yo hubiera podido hacer algo para que volvieras a trabajar-. Le miré con despreció y le despedí pidiéndole que no volviese a dirigirse a mi. Al llegar a casa me encerré en mi habitación y me eché a llorar sin consuelo. Con cada lágrima no podía dejar de preguntarme, si en mi vida profesional no he hecho otra cosa que dar lo mejor y trabajar con eficacia y honestidad ¿Qué he hecho mal?

Deberíamos hacer como Laura y preguntarnos qué estamos haciendo mal. En algo nos estamos equivocando cuando dejamos que personas en la plenitud intelectual y en la cima de su experiencia profesional, después de haberlo dejado todo por hacer bien su labor, se borren de las listas de selección. Si desperdiciamos ese caudal de conocimiento y experiencia, que se resume en valores como el amor por el trabajo bien hecho, la responsabilidad y el respeto ¿Quién hará el traspaso de esos valores a los más jóvenes si ellos y ellas no están? ¿No estamos empobreciendo la calidad del trabajo? Estoy seguro de que entre todas y todos no tenemos las soluciones pero no me cabe duda alguna de que todas y todos tenemos la responsabilidad.

Laura hoy, capitalizando su prestación por desempleo y con la ayuda de la entidad financiera en la que trabajaba Fasutino  desarrolla su proyecto de emprendimiento. Su empresa está incardinada en el espacio de Coworking que Carlos les ofreció y por el que suele pasar la gente de la lanzadera. Por 250 € al mes tiene una mesa a su disposición en la que a penas cabe su portátil y unas carpetas con documentos para la aseguradora para la que es mediadora comercial. Tiene que cumplir con unos objetivos comerciales complicados. Hay meses que tiene que poner dinero para poder pagar sus gastos pero piensa que si trabaja duro y lo desea con fuerza volverá lo conseguirá. En su trabajo sigue siendo tan eficaz y honesta como siempre, pero su mirada refleja la tristeza y el desánimo de la derrota.

 

Alfredo Jaso

Foto: Travelergeek

 

 

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Y yo con estos pelos

 

Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces nos vemos una vez al mes. Hablamos. Me escucha con paciencia y arregla los desvaríos de mi cabeza. No le pido milagros, solo que ponga orden en ella, que eso es ya mucho. Por si no lo saben, desde bien pronto empecé a pelearme contra mi propia naturaleza. Intentaron una y mil veces alisar el empeño de rebeldía sin causa. Hasta que un día me miré al espejo y comprendí que por mucho que nos empeñemos en estar siendo, hay que asumir la verdad de lo que somos. En eso Luisa siempre me dio la razón y nunca se puso en contra de mis remolinos. «Lo mejor es no pelearse con uno mismo. Fluir, dejar que el pelo siga su natural condición sin forzarlo y poco a poco ir comprendiéndolo hasta sacar virtud de ello». Luisa siempre destacó por su natural inteligencia y un don especial para manejar cabellos, peines y tijeras. Siempre se ha considerado una artista, efímera, pero artista. Acabados sus estudios obligatorios, se dejó un dinero que en su casa no sobraba, en una academia donde habrían de pulir su oficio. Allí acudía mucha gente a cortarse el pelo a un precio casi simbólico a riesgo de salir trasquilado. Pero eso a Luisa nunca le pasó, es más, aquello le sirvió para hacerse con una clientela que atendía a domicilio y ganarse un dinero con el que ayudar en casa. Sin embargo aquel dinero que entraba limpio pero se volvía negro, no le gustaba. Ella tenía otros sueños y otros compromisos. Quería tener su propio salón. Dar trabajo a algunas buenas compañeras y pagar sus impuestos, que como ella le gusta decir: «para eso están, verdad. Para que con el trabajo de todas y todos mejoren las cosas». Así es Luisa: una buena profesional de lo suyo y comprometida con lo de todas y todos y por eso, después de 7 años, sigo acudiendo a su salón a cortarme el pelo.

Durante estos 7 años de conversación y tijera, he asistido a la consolidación de su actividad profesional. He pasado por tiempos en los que se tenía que pedir cita con muchos días de antelación y en el salón había hasta 4 personas contratadas trabajando a pleno rendimiento, hasta estos de ahora, de penurias y duras incertidumbres. A Luisa es difícil borrarle la sonrisa de la boca. Ni la crisis, esta última que vino para quedarse lo ha conseguido. Conociéndolo o no, desde el comienzo hizo suyo ese dicho chino que recomienda a «quien no sepa sonreír que no abra una tienda». Nunca he visto a Luisa tan feliz, ni tan orgullosa de su éxito como en esos días. Sus redes sociales estaban llenas de fotos de su equipo de trabajo. «Estoy dando trabajo a 4 personas», me decía emocionada. Sin saberlo Luisa era una emprendedora, quizá por eso cuando empezó la gente dejó de arreglarse se aferró al negocio y como no le faltaba visión de futuro, invirtió en una máquina de Rayos Uva y otro de laser de diodos para la depilación. Al principio no le fue mal y parecía que con lo ganado se podría amortizar la inversión pero la apertura de varias franquicias de grandes centros de Depilación y Rayos terminaron por crear la tormenta perfecta y todo fueron pérdidas. Luego lo vio claro, sin que hubiera llegado aún Rosalía ni se le esperase, se dijo, vamos a trabajar la manicura. Y contrató a una especialista en el asunto. Al principio con lo ganado pagaba los seguros sociales y alguna clienta se quedaba para hacer el pelo, pero enseguida llegaron los anuncios de las «Nails» y recortaron su visión de negocio. Luisa me decía: «si yo le veo claro, pero no puedo con esa competencia tan desigual y lo peor es que tengo que aguantar al listo de mi cuñao, que no ha dado un palo al agua en su vida y me dice muy ufano…es el mercado y la globalización cuñada».

De un tiempo a esta parte Luisa no es la misma. Salvo una chica que le ayuda los viernes y sábados, está sola. Ya no sonríe y cuando me acerco a su salón solo escucho su queja. «Viene la gente y me pregunta que cuánto cobro por un corte o un tinte. Así como en los tiempos de mi abuelo, cuando «El corte de París» era la única tienda de precio fijo, el resto al regateo. Les enseño el panel de precios y me sueltan, más abajo me lo arreglan por 7€. Y yo les digo pero a usted le lavan la cabeza, le dan un café mientras espera. El tinte es de calidad y ecológico. Se toman su tiempo para hacer bien su trabajo…y sabes que me responden…7€ y se van.» Ella sabe que no son buenos tiempos para nadie y menos para quien quiere hacer bien su trabajo y vivir con dignidad de ello, por eso resuelve: «Me quedan dos opciones: la primera, competir por precio, bajando la calidad. Cobrar menos por hacer peor mi trabajo. La otra mantener un precio justo y seguir perdiendo clientes y clientas a sabiendas de que con  los más fieles no saco, ni para pagar los impuestos y las dos, como los mandamientos, se resumen en una: llegar a casa triste y derrotada». Y se le nota en la cara y en el animo. Las ojeras ya no se esconden bajo su sonrisa. Están ahí como la muestra de su compromiso con fe y nunca mejor dicho. Al fin y al cabo la fe es la confianza mantenida en algo que difícilmente se puede sostener. Por eso, cuando me pregunta con ingenua resignación que qué ha hecho mal. Me dan ganas de decirle, pregúntale a tu cuñado, ese que no ha templado un tirante en su vida y verás lo que te dice…»es el mercado y la globalización cuñada». Pero yo me calló, porque decirle eso me parece injusto con su tesón y cruel con su laboriosa verdad. Por eso enjugando una tímida lagrima de su rostro le digo lo que siento, Luisa, tú no lo has hecho mal y me responde…»pues eso creo yo. Lo he dado todo para mantener mi sueño en pie. Por darle una oportunidad a otras mujeres, que como yo necesitaban trabajar. He invertido lo ganado y cuando se me acabó, me he endeudado. Me he reinventado, reciclado, ajustado gastos sin perder la calidad de mi trabajo…y cada día llego a casa triste y derrotada. De mal humor, sin ganas de nada ¿Tendré que volver a trabajar en casa y en negro como cuando empecé?»  y entonces desde la cómoda vanidad del observador pienso que el mal de la precarización no es solo una enfermedad sistémica de origen económico, si no que es un mal, un cáncer que permeabiliza el humus social empobreciéndolo, desarraigándolo de valores sencillos que son fundamentales para la convivencia como la confianza y la alegría responsable y termino por creer que quizá ninguna de nosotras y nosotros tengamos soluciones para Luisa, pero sin duda, todas y todos tenemos nuestra parte de responsabilidad.

Luisa siempre se ha sentido una artista, efímera y por los pelos, pero una artista. Por qué no, dice ella. «Quizá con mi arte no cambie el mundo, pero yo puedo cambiar el día de muchas personas…y que no me digan a mi que eso no es compromiso con mi arte y el mundo». Conozco a Luisa desde hace más de 7 años. Desde entonces y una vez al mes, ella se encarga de cambiar mi día.

 

Alfredo Jaso

Foto: AW Cretive

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Agua que no has de beber

Manuel puede que no fuera el más brillante de su curso, pero sin duda de la primera promoción de la politécnica, era el que más claro tenía cual sería su futuro profesional. La mayoría de las y los egresados no tenían dificultad en pasar a formar parte de las plantillas de las industrias de la ciudad. Para ingenieros e ingenieras, no faltaban ofertas para acomodarse en el sector naval y de la automoción, pero él era una persona inteligente y por ello curiosa e inquieta y desde un par de años antes de acabar sus estudios universitarios, una idea le bullía en la cabeza. Entonces él no lo sabía, pero era lo que muy pocos años después se llamó un emprendedor. La investigación, desarrollo y aplicación de la robótica a tareas industriales y su capacidad para mejorar la gestión y calidad de ciertos servicios, le abría un camino que deseaba recorrer. Juntó sus ahorros. Visitó muchas entidades financieras en busca de ayuda, hasta que por fin y pignorando el 60% del capital solicitado, consiguió el carísimo respaldo que necesitaba para poner en pie su proyecto empresarial.

Tener la habilidad para formar un buen equipo y trabajar más horas que nadie, llevó a Manuel a que su proyecto creciese y ya en el segundo año 70 personas trabajaban junto a él. Le invitaban a Foros tecnológicos. Impartía seminarios. Recibía premios y felicitaciones. Su empresa empezó a expandirse, abrir mercados y ganar concursos que le permitían seguir con su departamento de I+D+i orientado hacia nuevos caminos. Por entonces ya tenía claro que a su robótica de uso para riegos, se le debía dar un desarrollo cognitivo, eso que ahora llaman IA.  Manuel era un hombre feliz. En esa felicidad responsable estaba cuando llegó la crisis y las grandes multinacionales, que hasta entonces ignoraban su nicho de negocio por poco interesante, fueron a saco con él. De un día para otro, él y otras empresas como la suya, se vio compitiendo en una mesa de contratos con grandes multinacionales que en su plica realizaban ofertas que rozaban lo temerario. Al fin y al cabo, estas multinacionales más que industrias productivas, son engendros financieros que viven de mover influencias, contratos y cuentas y casi les da igual quién y cómo se haga el trabajo. Lo hacían así a sabiendas de que se llevarían un trabajo que terminaban ofreciendo a empresas como la de Manuel, que tenían el personal cualificado y el conocimiento en la materia, por un precio inferior al contrato y que estas en el apuro, aceptarían. Al principio Manuel se negó a esa práctica de subcontrata. No le gustaba esa manera de hacer las cosas en las que la calidad pasaba a un segundo plano. Sabía que esa manera de trabajar siempre eran migajas de pan para hoy, hambre para mañana y muerte por inanición al poco tiempo. Pero tener que pagar 70 nóminas cada mes, es un duro rebaje contra el orgullo y terminó por aceptar esas draconianas condiciones. Lo primero que mermó en ese nuevo tiempo fue su nómina, cada vez más exigua y cobrada más tarde y lo siguiente, su departamento de I+D. Dentro de él quedó paralizado su proyecto de desarrollo de la robótica cognitiva y con él, muchas de sus ilusiones. Los malos tiempos lo son porque lo urgente se anticipa a lo necesario y en este caso, salvar el día a día de nominas e impuestos era lo principal. La siguiente rebaja llegó, dolorosamente, a la plantilla.

Así pasó otro año de penurias. Las condiciones de trabajo en los nuevos proyectos y la nueva manera de trabajar, cada vez eran más precarias. Así llegó el primer accidente laboral en su empresa, el primero en 4 años. Afortunadamente no fue grave pero si fue una dura llamada de atención. La siguiente llamada que le dio un baño de cruda realidad fue la de su administradora:había que hablar urgentemente con los bancos. En ese momento de urgencia los que ganaron dinero con su proyecto ya no querían financiar su realidad. Exigían más garantías y tuvo que hipotecar su vivienda para poder tener aire al menos para doce meses más, solo doce meses más. A los pocos días fue cuando apareció alguien, que junto a un equipo de inversores dentro del que figuraba una de las multinacionales para la que «subtrabajaba», le proponía comprarle a precio de saldo el 51 por ciento de su empresa, que en esos días ya estaba en quiebra técnica. Veían gran potencial en ella y muchas posibilidades de futuro negocio, eso si sobraba el 75% de la plantilla, de todo aquello solo les valía su departamento de I+D. Se presentaron como unos ángeles que aparecieron para salvar su negocio, pero esa noche Manuel soñó con vampiros. Rechazó la oferta y su teléfono dejó de sonar. Es el mercado, le dijeron. Es el fin, pensó.

En una semana Manuel tomó la decisión y empezó el duro camino de cerrar su empresa. Sepultados bajo la documentación de los avisos de posibles embargos y los despidos, estaban sus sueños. Empañando cada carta de despedida, cada documento de cercano impago, un recuerdo de ilusiones que se volvía doloroso. Entre esas paredes estaban sus valores y sus compromisos. En esas máquinas el esfuerzo y el conocimiento de muchas personas. El proceso resultó angustioso y traumático en lo personal, en lo administrativo y en lo económico, pero salió de ello sin causar un gran daño a nadie ajeno a él y su familia. Fueron muchas noches sin poder dormir bien, hasta que un día se sintió mal y despertó en la cama del hospital.

De todo esto no han pasado más de dos años, pero con cerca de 60 años Manuel ya no encuentra  ni los recursos, ni las fuerzas para alzar un nuevo proyecto. Lee que el futuro está en la robótica cognitiva, bueno, inteligencia artificial le llaman, y sonríe con algo de amargura. Le ofrecieron trabajar para la multinacional que le envió a sus ángeles para salvar su empresa, allí están algunos de los compañeros que trabajaron con él durante 7 años, pero al pensarlo se le revolvía el estómago y terminaba vomitando, así que decidió dedicar su esfuerzo y conocimientos a una ong que trabaja con personas que están en riesgo de exclusión. Allí le veo y por eso sé su historia. No ejerce de «coach», ni hace «mentoring», ni organiza seminarios, ni habla de resilencia. No enreda con frágiles pensamientos positivos a los que poder agarrarse. Solo escucha con atención e intenta comprender sin prejuicios para saber cómo se ha llegado hasta ahí. Luego busca cómo ayudar a encontrar una posible solución. En este tiempo dice que se ha encontrado con muchas personas valiosas que no deberían estar allí. Entonces con cierta tristeza y algo de rabia recuerda aquella sentencia que le lanzaron sus «ángeles»: «es el mercado amigo»… entonces escuchándole pienso en que quizá ninguno de nosotros y nosotras tengamos la solución, pero sin duda en el silencio de todas y todos está la responsabilidad.

Alfredo Jaso
Foto: Frank V.

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