Avioncitos

 

Se despierta con el correr bullicioso de los pájaros haciendo carreras entre las copas de los árboles. El primer día que los escuchó le asustó ese piar raro. Nunca antes lo había escuchado. Seguro que estaban ahí pero no había reparado en ello. Con los ojos aún cerrados se queda un rato en la cama escuchando su canto alegre. Le gusta estar ese rato en la cama, abrir despacio los ojos y sorprenderse con las sombras que el sol, cruzando la persiana, hace sobre la pared. El desayuno está sobre la mesa. Como de lunes a sábado un zumo de naranja, una rebanada de pan y junto al microondas un vaso de leche con Cola-Cao. Enciende la radio. Desayuna despacio. La música le hace compañía mientras moja las galletas en la taza de cacao. Le gusta mucho escuchar las canciones alegres y bailar a su ritmo mientras lleva la taza al fregadero. Luego se asoma al balcón. Le gusta ver la calle vacía. No sabe por qué, pero eso le da una sensación de agradable tranquilidad. Mira los balcones de enfrente. Al señor del cuarto, que como casi siempre, está asomado fumándose un cigarrillo, mirándolo todo pero como sin ver nada. Pilar, la portera de edificio sale a barrer la acera. Hasta la calle llega la música que sale del salón de la casa de los vecinos del tercero, la voz de una mujer que canta muy bonito. Cierra los ojos y deja que esa música le llegue hasta los oídos. Luego, sin saber por qué, siente como una alegría en el corazón que  la hace mover la cabeza al ritmo de la música. Vuelve a la habitación. Estira las sabanas y hace la cama sin prisas. Le gusta poner cuidado en lo que hace, eso le recuerda a su abuela, que cuando la veía hacer las cosas a la carrera, le decía: «Vísteme despacio que tengo prisa». Suena el teléfono. Es su madre que la llama desde el trabajo para recordarle que a las nueve y media tiene que conectarse para sus clases del colegio. Ella se enfada. A pesar de sus 12 años es una persona responsable y no le gusta que le recuerden sus tareas. Cuando termina los asuntos del colegio llama a su padre. Aunque ya no vivan juntos le gusta hablar con él. Le echa de menos y está deseando que llegue el verano para subirse al tren y bañarse en el mar. Luego, como cada día, poco antes de las doce sale al balcón. Espera a que se asomen los vecinos. Le gusta ver cómo los aviones de colores vuelan sobre la calle vacía. No sabe muy bien por qué, pero le da alegría verlos surcar el cielo azul con sus alas de colores. A veces alguno se posa en su balcón y es como un regalo que cae del cielo. Entonces cuando eso sucede, mira a los vecinos y les saluda. Ellos también la saludan con una sonrisa que también vuela de un balcón a otro. No sabe por qué, pero le gusta ver sonreír a la gente. Su abuela siempre dice que los días son un regalo que merecen nuestra sonrisa. Quizá por eso parece que la abuela siempre sonríe, incluso cuando se enfada con ella. En la cocina vuelve a sonar la música. Baila mientras pone los vasos, los platos y los cubiertos sobre la mesa. Luego toma las servilletas de lino y una jarra de cristal llena de agua del grifo. En su servilleta la abuela bordó su nombre: Laura.

Pasadas las tres llega su madre del trabajo. Su madre siempre está preocupada y de mal humor. Trabaja mucho y gana poco. Dice que «es lo que hay y que no queda otra». Antes se consolaba diciendo «algo es algo, poco a poco…» pero ya ha perdido la esperanza y sabe que cuando esto acabe, revisarán a su nómina. Hace años hubiera protestado, pero sabe que si lo hace ahora le recordarán que fuera hay mucha gente en paro dispuesta a trabajar aún por menos de lo que ella cobra. Después de recoger la cocina se sientan en el salón. Su madre se queda dormida viendo la televisión y ella aprovecha para leer un libro. Una de las tareas de la semana. Le gusta leer. Es como viajar pero con la imaginación. Cuando su madre se despierta hablan de lo que han hecho durante la mañana. Le gusta escuchar a su madre. Le dice que quizá puedan salir el domingo a dar un paseo de una hora, pero a ella no le apetece. «¿Tienes miedo a salir?» le pregunta su madre. Pero no le da miedo, es solo que prefiere a que vuelva su abuela para salir de su mano. La tarde se deshace entre tareas y cariños. Su madre está triste desde hace días. Una pena hecha de dolor y miedo. Una pena honda y callada de días, le oscurece el corazón. Además, por la empresa de limpieza corre el rumor de que enviaran a gente al paro y sabe que ella tiene todas las papeletas para quedarse en la calle. Lo han vuelto a hacer, piensa, tanto que decíamos que esto tenía que cambiar, pero ya verás como esto será otra vuelta de tuerca más, para que los que tenemos menos.

Poco antes de las ocho, como casi todas las tardes, toma sus aviones y junto a su madre sale al balcón. Saluda a los vecinos del tercero que le sonríen. A la señora mayor que está sola y que le tira un beso por el aire y a los vecinos de al lado, uno chicos muy simpáticos que le guiñan el ojo y le preguntan como lleva las tareas del cole. Luego hablan con su madre y le dicen que si la niña necesita algo que se lo digan. A Laura le incomoda que la llamen niña. A la hora en punto la gente aplaude a manos llenas, queriendo que ese momento les una en la adversidad inesperada. Empiezan cantar a la resistencia pero enseguida la magia se pierde. Los vecinos gritan «la sanidad no se vende, se defiende» y los del cuarto les muestran el dedo corazón en alto, como si lo dicho pudiera molestar a alguien. Comienza a sonar una canción pachanguera. Los vecinos del tercero se recogen. Los del cuarto les señalan y le hacen un corte de mangas mientras comienza a sonar la voz de Manolo Escobar. Entonces su madre le dice: «nosotras también nos vamos para dentro Laurita, que esto se ha convertido en un teatro».  Laura es una niña con suerte, su vida está llena de cosas que le gustan, sin embargo en menos de un minuto, ha enfrentado dos que no le gustan nada. La gente maleducada que cuando se siente ataca en su razón, ofende llenándose de sinrazones y que la llamen por el diminutivo de su nombre. Ella ya no sé siente una niña y no quiere que la traten como si lo fuera. En casa empiezan a preparar la cena. No hay mucho que elegir. Unos macarrones con tomate y un yogur de postre. Laura y su madre se acurrucan en el sofá. Ven una película. A Laura le gusta sentir cómo su madre se va quedando dormida. No sabe que cae rendida por un cansancio pesado y triste, sin esperanza de futuro. La película ha terminado. Le gusta ver a su madre dormida. Como dice su abuela, Laura es una niña afortunada, está rodeada de cosas que le gustan y personas que la quieren. Laura acaricia a su madre. Le da un beso en la mejilla que la saca de un sueño feo. «Cariño, me quedé dormida. Menos mal que me has despertado. Estaba teniendo un sueño muy feo. Me despedían del trabajo y nos volvían a echar a la calle, como cuando el banco se quedó con nuestra casa y tuvimos que regresar a la casa de la abuela». Laura se acuerda mucho de su abuela Felisa. Según le dijeron, hace 20 días que se fue al pueblo. «Mamá, echo mucho de menos a la abuela Felisa» Y su madre, con los ojos húmedos por la emoción, la abraza con fuerza y acariciando su pelo. Le dice, «cariño, tengo que contarte algo de la abuela». Y Laura, que aunque no le guste que se lo digan, sigue siendo una niña, asustada, con el corazón encogido y sin querer despegarse del pecho de su madre, pregunta: Mamá ¿Qué le ha pasado a la abuela?

Alfredo Jaso

Foto: Reza Rostampisheh