Anteojos

 

Debemos de admitir que lo que queremos que sea no siempre es lo que está siendo. Tomar consciencia de ello forma parte de nuestro aprendizaje vital y nos prepara para la inevitable frustración de asumir que no todo es siempre como queremos que sea. Ya lo dijo Erich Fromm. “La mayoría de la gente no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es solo una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive”. En una sociedad jibariza intelectualmente, desarmada de conocimiento capaz de generar la herramienta del sentido común. Mal educada sin el norte de la responsabilidad y el respeto y agarrada a la vanidad del querer ser sin estar siendo, asumir la frustración de aquello que deseamos que sea, no es, resulta doloroso y por ello complicado. Para paliar ese desasosiego vital de lo inalcanzable y facilitar la construcción de ese imaginario social complacido, trabajan a destajo una patulea de opinadores sin miedo. Una horda de analistas a sueldo. Una grey de publicistas sin escrúpulos y creatividad sin remilgos. Toda una panda de mentores de lo fácil, unas y otros entregados al afán de apuntalarnos el ánimo, el deseo y la displicente disciplina. Para nuestro mejor conformar, nos rodea una banda de gurús del «sisequiere-sepuede». Nos acosa una basca de pregoneros de las pragmáticas realidades con soluciones de estraperlo. Nos aturde una horda de predicadores, iluminados ganapanes del consuelo de una fugaz vida mejor. Unos y otras, puestos al servicio de hacernos ver y convencernos de que aquello que queremos, en verdad está siendo o definitivamente, será así. Por eso, para apuntalar nuestra tesis vital y salvar el pellejo de nuestras circunstancias, nos engañamos o dejamos que nos engañen y lo que es peor, desenfocando la realidad para acomodarla a nuestro interés, con la perversa ingenuidad de la infancia malcriada, engañamos a otras y otros. Generamos así una secuencia de mentirijillas o grandes mentiras, que se expanden como un virus venenoso que nos adormece y que son el lenitivo que necesita nuestro ego para sobrellevar la frustración. Mejor eso que pararse a observar atentamente quienes estamos siendo. Preferimos eso a intentar comprender y comprendernos sin prejuicios, interesados intermediarios, ni expectativas. Aceptamos señalar la culpa en otras y otros, en lugar de aceptar la responsabilidad de nuestras decisiones por acción u omisión. Buscamos una salida a la luz, sin reparar si esta es solo una linterna que nos marca un camino que no es el nuestro. Como escribió el premio nobel José Saramago «El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: unas y otros mirando imágenes y creyendo que la virtualidad imaginada del mensaje, es la realidad». Todas y todos con los anteojos de ver de cerca, concentrados y entretenidos en las vueltas de la pelusa de nuestro ombligo pero fingiendo que un objetivo lejano de retóricas palabras vacías, es el que centra nuestra liviana y complacida atención. Pero en nuestra mano esta ser críticos con nuestra manera de enfocar y mirar la realidad que vivimos. Es bueno hacer del deseo creatividad que nos impulse, pero no parapeto tras el que esconder miserias. No es malo aprender de la frustración y su mensaje de humildad si nos observamos con compasiva generosidad. Con apoyo y ayuda, si es necesario, pero sin gestores de lo ajeno ni intermediarios de lo propio, hemos de ser nosotros los que nos quitemos las lentes desenfocadas para discernir entre lo que somos y lo que estamos siendo, lo queremos ser y en lo que quieren que nos convirtamos. Es urgente aprender a ser honestos y conscientes. A distinguir entre la sinceridad irresponsable de quienes se esconden haciendo ruido y la verdad comprometida de quien sin alardes, se muestra para compartir generosamente y sin miedo lo vivido. Aceptar no es conformarse. Fluir no es desentenderse. Es urgente actuar en nombre propio y de primera mano para que nadie nos lleve del brazo y decida en nuestro propio nombre. Porque ese y no otro es el ser o no ser de la cuestión.

 «Hijos de España»

Alfredo Jaso

Foto: Skeeze