Agua que no has de beber

Manuel puede que no fuera el más brillante de su curso, pero sin duda de la primera promoción de la politécnica, era el que más claro tenía cual sería su futuro profesional. La mayoría de las y los egresados no tenían dificultad en pasar a formar parte de las plantillas de las industrias de la ciudad. Para ingenieros e ingenieras, no faltaban ofertas para acomodarse en el sector naval y de la automoción, pero él era una persona inteligente y por ello curiosa e inquieta y desde un par de años antes de acabar sus estudios universitarios, una idea le bullía en la cabeza. Entonces él no lo sabía, pero era lo que muy pocos años después se llamó un emprendedor. La investigación, desarrollo y aplicación de la robótica a tareas industriales y su capacidad para mejorar la gestión y calidad de ciertos servicios, le abría un camino que deseaba recorrer. Juntó sus ahorros. Visitó muchas entidades financieras en busca de ayuda, hasta que por fin y pignorando el 60% del capital solicitado, consiguió el carísimo respaldo que necesitaba para poner en pie su proyecto empresarial.

Tener la habilidad para formar un buen equipo y trabajar más horas que nadie, llevó a Manuel a que su proyecto creciese y ya en el segundo año 70 personas trabajaban junto a él. Le invitaban a Foros tecnológicos. Impartía seminarios. Recibía premios y felicitaciones. Su empresa empezó a expandirse, abrir mercados y ganar concursos que le permitían seguir con su departamento de I+D+i orientado hacia nuevos caminos. Por entonces ya tenía claro que a su robótica de uso para riegos, se le debía dar un desarrollo cognitivo, eso que ahora llaman IA.  Manuel era un hombre feliz. En esa felicidad responsable estaba cuando llegó la crisis y las grandes multinacionales, que hasta entonces ignoraban su nicho de negocio por poco interesante, fueron a saco con él. De un día para otro, él y otras empresas como la suya, se vio compitiendo en una mesa de contratos con grandes multinacionales que en su plica realizaban ofertas que rozaban lo temerario. Al fin y al cabo, estas multinacionales más que industrias productivas, son engendros financieros que viven de mover influencias, contratos y cuentas y casi les da igual quién y cómo se haga el trabajo. Lo hacían así a sabiendas de que se llevarían un trabajo que terminaban ofreciendo a empresas como la de Manuel, que tenían el personal cualificado y el conocimiento en la materia, por un precio inferior al contrato y que estas en el apuro, aceptarían. Al principio Manuel se negó a esa práctica de subcontrata. No le gustaba esa manera de hacer las cosas en las que la calidad pasaba a un segundo plano. Sabía que esa manera de trabajar siempre eran migajas de pan para hoy, hambre para mañana y muerte por inanición al poco tiempo. Pero tener que pagar 70 nóminas cada mes, es un duro rebaje contra el orgullo y terminó por aceptar esas draconianas condiciones. Lo primero que mermó en ese nuevo tiempo fue su nómina, cada vez más exigua y cobrada más tarde y lo siguiente, su departamento de I+D. Dentro de él quedó paralizado su proyecto de desarrollo de la robótica cognitiva y con él, muchas de sus ilusiones. Los malos tiempos lo son porque lo urgente se anticipa a lo necesario y en este caso, salvar el día a día de nominas e impuestos era lo principal. La siguiente rebaja llegó, dolorosamente, a la plantilla.

Así pasó otro año de penurias. Las condiciones de trabajo en los nuevos proyectos y la nueva manera de trabajar, cada vez eran más precarias. Así llegó el primer accidente laboral en su empresa, el primero en 4 años. Afortunadamente no fue grave pero si fue una dura llamada de atención. La siguiente llamada que le dio un baño de cruda realidad fue la de su administradora:había que hablar urgentemente con los bancos. En ese momento de urgencia los que ganaron dinero con su proyecto ya no querían financiar su realidad. Exigían más garantías y tuvo que hipotecar su vivienda para poder tener aire al menos para doce meses más, solo doce meses más. A los pocos días fue cuando apareció alguien, que junto a un equipo de inversores dentro del que figuraba una de las multinacionales para la que «subtrabajaba», le proponía comprarle a precio de saldo el 51 por ciento de su empresa, que en esos días ya estaba en quiebra técnica. Veían gran potencial en ella y muchas posibilidades de futuro negocio, eso si sobraba el 75% de la plantilla, de todo aquello solo les valía su departamento de I+D. Se presentaron como unos ángeles que aparecieron para salvar su negocio, pero esa noche Manuel soñó con vampiros. Rechazó la oferta y su teléfono dejó de sonar. Es el mercado, le dijeron. Es el fin, pensó.

En una semana Manuel tomó la decisión y empezó el duro camino de cerrar su empresa. Sepultados bajo la documentación de los avisos de posibles embargos y los despidos, estaban sus sueños. Empañando cada carta de despedida, cada documento de cercano impago, un recuerdo de ilusiones que se volvía doloroso. Entre esas paredes estaban sus valores y sus compromisos. En esas máquinas el esfuerzo y el conocimiento de muchas personas. El proceso resultó angustioso y traumático en lo personal, en lo administrativo y en lo económico, pero salió de ello sin causar un gran daño a nadie ajeno a él y su familia. Fueron muchas noches sin poder dormir bien, hasta que un día se sintió mal y despertó en la cama del hospital.

De todo esto no han pasado más de dos años, pero con cerca de 60 años Manuel ya no encuentra  ni los recursos, ni las fuerzas para alzar un nuevo proyecto. Lee que el futuro está en la robótica cognitiva, bueno, inteligencia artificial le llaman, y sonríe con algo de amargura. Le ofrecieron trabajar para la multinacional que le envió a sus ángeles para salvar su empresa, allí están algunos de los compañeros que trabajaron con él durante 7 años, pero al pensarlo se le revolvía el estómago y terminaba vomitando, así que decidió dedicar su esfuerzo y conocimientos a una ong que trabaja con personas que están en riesgo de exclusión. Allí le veo y por eso sé su historia. No ejerce de «coach», ni hace «mentoring», ni organiza seminarios, ni habla de resilencia. No enreda con frágiles pensamientos positivos a los que poder agarrarse. Solo escucha con atención e intenta comprender sin prejuicios para saber cómo se ha llegado hasta ahí. Luego busca cómo ayudar a encontrar una posible solución. En este tiempo dice que se ha encontrado con muchas personas valiosas que no deberían estar allí. Entonces con cierta tristeza y algo de rabia recuerda aquella sentencia que le lanzaron sus «ángeles»: «es el mercado amigo»… entonces escuchándole pienso en que quizá ninguno de nosotros y nosotras tengamos la solución, pero sin duda en el silencio de todas y todos está la responsabilidad.

Alfredo Jaso
Foto: Frank V.